‘Still’

El confinamiento es insólito; todo resulta familiar, y, a la vez, extraño. Las calles son las mismas, el cielo es el mismo, pero todo parece teñido de ficción. Las nubes pasan sabiendo que no va con ellas. Los pájaros se están haciendo con el aire y desde las ventanas escucho un trino diáfano. Incluso los olores se vuelven más definidos. La naturaleza sabe que, ahí fuera, no molestamos.

La vida entre las paredes de la casa no es tan diferente de la que me gusta llevar. Parece una enfermedad en la que empezamos a encontrarnos mejor. Tareas domésticas, leer, trabajar en el ordenador, intentar concentrarme en lo que escribo. Casi podría decirse que el contacto humano se ha perdido en la memoria de las películas. Se va desvaneciendo en la conciencia como si quedara a la espera. Pausado en el sentido de los aparatos electrónicos. En pausa, still.

La vida entre las paredes de la casa queda en suspenso. Los planes, arreglar algo, buscar un libro, recoger cualquier cosa, salir, hacer cualquier gestión se van posponiendo hora tras hora, día tras día. Los plazos van cada vez más despacio. Nos estamos dando cuenta de que el tiempo no nos pertenece como no nos pertenece el espacio donde movernos. Las horas se parecen unas a otras porque es la misma hora que se repite. Las noches se espesan y abrir o cerrar los ojos da la misma oscuridad y consciencia.

La vida fuera de las paredes de la casa se siente imaginaria, con un viso de irrealidad, como en un sueño vívido en el que dirigimos nuestros pasos a la farmacia o a las escasas compras. Avanza un escenario casi desolado. Sin ruidos, sin pasos, pocos automóviles hasta acercarnos al lugar de destino. Semáforos que cambian de color sin que nadie aguarde. Extrañamiento en las tareas cotidianas, comprar en un supermercado con el aparataje apocalíptico de una película de bajo presupuesto, mascarillas de cualquier tipo, silencio, desconfianza, líneas pintadas en el suelo para separar a las personas, guantes. Sospechas ante cualquier caminante. Lo que antes hacíamos sin saber siquiera que lo hacíamos ahora es extraño. Las imágenes de la televisión o de la ficción en la que vemos multitudes, muchedumbres, abrazos son tan anómalos como si nunca hubieran existido.

Las noticias acentúan esta sensación de estar en vilo. Repitiendo día tras día, noticiario tras noticiario el número de contagiados, de fallecidos, de reducción de uso de los transportes. Los aplausos, las críticas, la esperanza casi como obligación. Los días se van pareciendo como si tuvieran un resorte que se hubiera quedado atrancado, aguardando para saltar en cualquier momento, y ese momento no llega. El peligro, la amenaza está presente. Es lo único que está presente mientras todo lo demás se difumina al aviso de la realización. El miedo del portero al penalti, el momento en el que el abismo te mira, la serenidad del ojo de una tormenta.

Los angloparlantes llaman a los bodegones still life. Lo que nosotros denominamos naturaleza muerta para ellos es todavía vida, una vida en pausa. Un intersticio entre lo que se mueve y lo que está quieto, lo biológico y lo inerte. El mismo intersticio en el que vivimos esta cuarentena. Seguimos vivos casi a la espera, en pausa para todo lo demás. Nos hemos acostumbrado a reducir los plazos, nos hemos acostumbrado a lo inmediato. Vivir lo inmediato, eliminar pausas, capacidades multitarea para simultanear presencia y ausencia. Desgranamos el tiempo para que esté ocupado infinitesimalmente, para que cada porción tenga su actividad en un continuo rizoma que se entretenga atravesando las paredes de una sala de espera, de una cola, de una cita. Estamos y no estamos. Un libro, una revista para llenar el tiempo hasta que el doctor nos da paso. Un móvil conectado para simultanear la escucha con otra conversación. Y, de repente, todo está vacío.

La vida dentro y fuera de las paredes de la casa se hace más extraña cuanto más familiar resulta. No es la claustrofobia del confinamiento, no es el dolor de la pérdida, no es la nostalgia de los abrazos, es la pieza pequeña que se va encajando para que nuestra vida tome cuerpo en las pequeñas proporciones seguras. Lo terrible es cómo nos vamos adaptando, mimetizando con las paredes, cómo resistimos cada vez con menos resignación a las paredes, cómo seremos parte de la decoración de lo que eran nuestras paredes. Ahora, poco a poco, perteneceremos a los muros, a los tabiques, a los cristales sabiendo  que el mal está ahí fuera. Sabiendo que la vida volverá. Sabiendo que estamos todavía vivos, en calma, quietos y enmudecidos, en pausa, como una foto fija, a la espera.

 

 

Imagen de portada: La persistencia de la Memoria de Salvador Dalí.

Autor

  • Javier Gallego Dueñas

    Francisco Javier Gallego Dueñas. Rota (Cádiz) 1968. Poeta, columnista y crítico literario (profundamensuperficial.blogspot.com.es), doctor en Sociología y profesor de secundaria. Editor y miembro fundador de la revista 'Voladas', ha publicado en diversas revistas literarias y aparecen textos suyos en varias antologías. Su primer libro de poemas fue 'Las gramáticas del tiempo' (Takara, 2017).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *