Con Ginsberg a través de cuatro intermediarios

La última vez que releí Aullido de Allen Ginsberg (1926-1997) fue tras la lectura del capítulo que Félix Ovejero dedicaba a la beat generation en su libro Escritores delincuentes (2011) y en el que se ocupaba también con cierta amplitud del casi ágrafo Neal Cassady, que debe su fama casi en exclusividad al hecho de que Ginberg le dedicara el mencionado poema. Cosas de la vida, que se rige fundamentalmente por el azar, que es el mismo factor que, según me recuerdan las viejas notas de lectura que estoy revisando para armar estas lecturas extemporáneas, quiso que el libro de Ovejero me sirviera de acicate para releer también, por ejemplo, el relato “El policía y el salmo” de O. Henry, que recordaba haber visto en Joyas del cuento norteamericano, la antología que mi paisano Fernando Quiñones preparó para Selecciones del Reader’s Digest.  En la nota previa recordaba Quiñones que Charles Laughton había interpretado al protagonista de ese cuento, el vagabundo Soapy, en la película O. Henry’s Full House (1952), que en España se llamó Lágrimas y risas en el momento de su estreno y luego Cuatro páginas de la vida y fue dirigida por un excelso quinteto de cineastas: Henry Hathaway, Howard Hawks, Henry King, Henry Koster y Jean Negulesco…

Pero yo quería hablar de Aullido, y no me habría dejado llevar por la digresión anterior si no fuera por el hecho de que también este título se me une en el recuerdo, como se verá, a otros referentes de mi entorno literario y vital más inmediato. Cosas de la vida, decía, que parecen avalar esa especie de axioma estadístico que afirma que entre dos personas cualesquiera de las muchas que habitan el ancho mundo puede establecerse una conexión a través de no más de cuatro personas interpuestas. Y a eso iba: voy a explicar mi conexión más o menos directa –quiero decir, a través de mi cuota estadística de intercesores– con el poeta beatnik norteamericano.

Allen Ginsberg.

De beatnik, como cualquiera que me conozca puede deducir, siempre he tenido más bien poco –ahora quizá algo más, por las barbas que me estoy dejando–. Pero dice algo de nuestra posición como meros lectores el hecho de que, incluso respecto a un autor más bien alejado de la práctica literaria de uno, pueda yo ahora trazar un itinerario de mi relación con él y una retrospectiva de las ocasiones en que me he visto impulsado a leerlo. Era, recuerdo, uno de los escritores de cabecera de Jesús Fernández Palacios, poeta gaditano al que confié la lectura de mis primeras probaturas poéticas y al que todavía me une una buena amistad. Uno de sus poemas más celebrados, “Treinta monedas de pus”, debía mucho, al decir de su autor, a la influencia del norteamericano; dato que yo entonces no podía corroborar porque no había leído aún a Ginsberg, pero que ahora puedo afirmar que resultaba un honesto reconocimiento de una deuda cierta.

En el poema de mi amigo, en efecto, se alternaban, como en Aullido, las ráfagas de descripción realista con los momentos de arrebato visionario; había versos que consistían en la repetición insistente de una sola palabra, a modo de mantra; e imperaba en él, como en el archiconocido texto de Ginsberg, un cierto aliento elegíaco, porque el pretendido desgarro del poema se proyectaba más hacia el pasado que hacia el propio presente del poeta: en ese sentido, tanto Aullido como “Treinta monedas…” eran textos tranquilizadores, a su pesar, porque daban a entender que sus autores habían sobrevivido al caos que ensalzaban; y por eso mismo, quizá, podían ser leídos con simpatía por un veinteañero cuyos afanes disolventes –que los tenía, como cualquiera a esa edad– se orientaban más bien a un simple vitalismo ávido de experiencias… Quiero decir que leí aquellos textos con la misma mirada arqueológica con la que por entonces abordaba, pongo por caso, los discos de Hendrix y Zappa: sabiendo que aquello alguna vez implicó un riesgo, pero que ahora el mero paso del tiempo había desactivado todo su peligroso potencial. (Debo decir que ahora no estoy tan seguro y que muchas de esas cosas de entonces que me parecían ya inoperantes tienen ahora para mí más vigencia que nunca.)

Kerouac, Ginberg (centro) y Burroughs en el techo del departamento de Ginberg, Lower East Side, Manhattan, 1953.

A Ginsberg terminé leyéndolo, claro: primero en los poemas suyos incluidos en Contemporary American Poetry, una antología que compré hacia 1982 en la hoy desaparecida librería Turner de la calle Génova, en Madrid, al pie de lo que ya entonces era sede de Alianza Popular (hoy Partido Popular). Lo curioso de la inclusión de Ginsberg en esa antología era que su compìlador, el también poeta Donald Hall, negaba la existencia del grupo poético que se conoció como beat o beatnik y decía que los mejores poetas encuadrados bajo esa etiqueta eran más bien nuevos exponentes de una “tradición coloquial” rastreable en la poesía americana a lo largo de toda su historia; idea en la que creo que no andaba descaminado. El descreimiento de Hall llegaba hasta el punto de haber omitido a Ginsberg en la primera edición de su antología y haberlo admitido muy a regañadientes en la segunda… Con todo, a mí me gustaron poemas como el muy whitmaniano “A Supermarket in California” y, sobre todo –era mi favorito– el titulado “First Party at Ken Keseys with Hell Angels”, un breve texto de andadura clásica en el que se describía una fiesta descontrolada en casa del autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, y que terminaba con dos versos en los que se daba cuenta de la discreta presencia de cuatro coches policiales tras unos árboles cercanos… Un desarrollo parecido, creo recordar, constituía el argumento de una canción de Frank Zappa, supongo que posterior al poema.

Y llegué a Aullido, por supuesto, que es un poema menos complaciente con el pasotismo hippy de lo que podría pensarse, y cuyo máximo valor reside hoy en los anticipos burlones del desenlace que tendría todo aquello, con los viejos contestatarios convertidos en vegetarianos y propietarios de tiendas de antigüedades… Y creo que no supe nada más de Ginsberg hasta que encontré, ya en los años noventa, unos poemas suyos en la gaditana Revista Atlántica: entre ellos, una desopilante versión burlesca de La Internacional y un incalificable poema titulado “Sphincter”, dedicado, como su título anuncia, a cierta non-sancta zona de la anatomía de su autor… Lo que no excluía, en fin, que en un texto tan breve hubiera espacio para algunas melancólicas consideraciones sobre el sida, por ejemplo.

Carlos Edmundo de Ory.

Por entonces, creo que procedente de un mismo botín, resultado de algunos de los contactos norteamericanos del director de la revista, llegó a mis manos un libro de mi también paisano Carlos Edmundo de Ory publicado en edición bilingüe en Nueva York, y en el que el traductor al inglés de los poemas del gaditano era el propio Ginsberg. El encuentro entre los dos viejos poetas debió de ser un memorable choque de egos. A Ginsberg poco antes lo habían recibido de malos modos en el aeropuerto de Praga, a donde acudía como invitado a un encuentro literario: algo debía de haber en su aspecto que no debió de gustar a las autoridades del régimen comunista que entonces regía en el estado, hoy disuelto, que entonces se llamaba Checoeslovaquia: la policía obligó al poeta a montar de nuevo en su avión y lo mandó de vuelta a casa… En aquella época el mundo era todavía bipolar y esas leves contravenciones del orden imperante a uno y otro lado del Telón de Acero provocaban, a la vez que un cierto escalofrío, un sano estremecimiento de placer. El libro de Ory –Angel without a Permit / Sin permiso de ser ángel– fue reseñado por mí para la revista Renacimiento. Y recuerdo que, aunque no pude evitar poner algunos peros, tanto al poeta como a su ilustre traductor, hice ese trabajo bajo la impresión de estar tocando materia perteneciente ya a la mitología literaria del siglo próximo a su fin. El viejo beatnik se materializaba en alguien con quien habían confraternizado mis amigos y eso le prestaba una cierta cercanía, inimaginable cuando yo hojeaba sus poemas en los estantes de Turner.

Recordé esas cosas a propósito de las rápidas páginas que Ovejero dedicó al poeta en su libro sobre “escritores delincuentes”. No creo que Ginsberg encaje en este marchamo, a pesar de sus ocasionales roces con la ley. Fue, si acaso, un poeta golfo. Y un pícaro, que todavía nos hace gracia, y en cuya poesía seguimos encontrando una desusada capacidad de emocionar, amén de este rosario de recuerdos que he tratado de desgranar y que concierne exclusivamente a mi historia personal. Y quién puede prescindir de la suya cuando lee a un autor de algún modo vinculado con sus años formativos, que son, a la postre, los que deciden el rumbo de nuestros gustos, aunque uno se empeñe en ir a la contra.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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