La celebración del cincuentenario del comienzo, en 1966, de la serie de televisión Star Trek ha traído también consigo la reemisión en algunos canales televisivos de la saga cinematográfica que se inició en 1979 con Star Trek: La película (Star Trek: The Motion Picture), dirigida por el veterano Robert Wise. Que se estrenó, recuérdese, apenas dos años después del inicio de otra renombrada saga galáctica, La guerra de las galaxias (Star Wars), a cuyo poderoso influjo, sorprendentemente, logró mantenerse ajena, tanto en su concepción estética como en su planteamiento argumental.
Distinta fue su relación con el otro gran hito de la ciencia ficción del último tercio del siglo XX, el que supuso el estreno de 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odissey, 1968) de Stanley Kubrick, a la que debe la concepción coreográfica de su puesta en escena –a la que tampoco escapa, por cierto, la saga que inició y produjo George Lucas–. Como en la de Kubrick, el rasgo visual más llamativo de la película de Wise es el continuo subrayado, mediante lentos movimientos computerizados de cámara, de la inmensidad de las naves –al fin y al cabo, celebración de la capacidad tecnológica de la humanidad, por más que, como irónicamente indicaba el prólogo de la película de Kubrick, tuvo su origen en el momento en el que nuestros antepasados simiescos empuñaron un hueso y lo utilizaron como arma contra sus semejantes–, al mismo tiempo que se pone de manifiesto, por contraste, la precariedad del esfuerzo humano en su enfrentamiento a los retos y enigmas procedentes del espacio interestelar.

Pero lo verdaderamente peculiar de Star Trek: La película no fueron sus parentescos tácitos o explícitos con otras obras de ciencia ficción de aquellos años, sino su llamativo entronque, en plena era de las superproducciones millonarias, con las modestas películas de ciencia ficción de serie B de las décadas anteriores. No fue ajena a este hecho la elección de Robert Wise (1914-2005) como director: una decisión estética de calado, por el contraste que cabía establecer entre la veteranía de este eficaz artesano, capaz de desenvolverse en todos los géneros, desde el musical (Sonrisas y lágrimas, West Side Story) a las películas de acción (Tempestad en Asia, El Yang-Tsé en llamas), pasando por el drama carcelario (Quiero vivir) o el wéstern (Sangre en la luna), y el estatus de genio con ínfulas filosóficas y grandes pretensiones estéticas del que gozaba Kubrick o el marchamo de joven de la nueva ola del que todavía podía presumir Lucas.
Más que por las películas de gran espectáculo antes nombradas, Wise, que se había estrenado en el mundo del cine nada menos que como montador de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) de Orson Welles, era casi secretamente admirado en ciertos círculos como realizador de Ultimátum a la tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), una modesta producción de ciencia ficción que, como era característico de las películas de ese género estrenadas por entonces, recogía los miedos y ansiedades de una humanidad conmocionada por los efectos de la bomba atómica y la posibilidad de que la creciente rivalidad política y militar entre los Estados Unidos y la Unión Soviética culminase en una guerra nuclear. Como ocurría con otros clásicos del género, Ultimátum a la tierra debía su eficacia no tanto al sutil encanto naïf de su precaria puesta en escena y sus aún más precarios recursos artísticos –ingenuas maquetas, caracterizaciones que son poco más que disfraces, animaciones elementales–, como a su capacidad de sintonizar con las expectativas del público desde un tono de urgencia sociológica que parecía traducir perfectamente las preocupaciones del momento: la posibilidad de que una humanidad abocada a la autodestrucción fuera percibida como amenaza para todo el cosmos por alguna poderosa civilización extraterrestre. En parecidas premisas se basaba la otra gran aportación de Wise al género, La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971), tardío fruto de las ansiedades de la Guerra Fría, materializadas esta vez en un extraño virus extraterrestre que amenaza con exterminar a la humanidad.

Tal era el bagaje de Wise cuando recibió el encargo de dirigir Star Trek. Llamativamente, la reseña que de esta película hizo el reputado crítico Roger Ebert en el momento de su estreno ni siquiera mencionaba el nombre de su director, aunque sí el hecho de que, durante su realización, fue necesario un cambio del responsable de efectos especiales. Aun así, la primera parte de la película contenía algunas puestas en escena llamativamente falsas (“phony”, escribía Ebert): ocurre con el segmento en el que vemos al vulcaniano Spock –sin duda, el rostro más icónico de la serie, al que prestaba sus extrañas facciones el eficaz actor Leonard Nimoy– despedirse de su planeta natal, materializado en un ingenuo decorado de cartón piedra con estatuas, altares, columnas, etcétera, que recuerdan extrañamente las escenografías de las películas de romanos. El motivo de que Spock abandone su lugar de origen y se reincorpore a sus tareas como tripulante de una nave terrestre es no haber alcanzado el Kolihnar, un deseable estado mental en el que no concurre ninguna “impureza” sentimental… Como quiera que Spock es un mestizo de vulcaniano y humana, no puede evitar que esa “imperfección” le lleve a compartir las preocupaciones de la humanidad y a participar en el esfuerzo de la nave terrestre Enterprise por conjurar una extraña amenaza para la Tierra procedente del cosmos. A la manera de Kubrick, Wise se las arregla para dotar a esa amenaza de una cierta pertinencia filosófica: la extraña y casi inabarcable nave que se acerca a la Tierra con intenciones poco claras resulta ser –y discúlpesenos por no ser lo bastante explícitos, para no desvelar del todo ese detalle argumental a quienes no hayan visto la película– un inesperado avatar de una creación humana más o menos contemporánea del año de estreno de la película, y que regresa a su origen casi tres siglos después.

El camino de Spock desde su planeta de cartón piedra al cosmos en el que campea la amenaza a la que ha de enfrentarse, y cuya inmensidad sobrehumana sí logran transmitir adecuadamente los renovados efectos especiales de esa parte de la película, es también el de Wise: desde las precarias puestas en escena de los años 50 a la sofisticación computerizada que era ya norma a finales de los 70; desde el mero ilusionismo óptico a la postulación de una realidad virtual de posibilidades ilimitadas. A diferencia de Lucas, no obstante, que aprovechó ese potencial para entregarse alegremente a la creación de todo tipo de entornos y a dotar a cada uno de ellos de una loable fisicidad, Wise quiso que la primera aventura cinematográfica del Enterprise resulta tan claustrofóbica como una película de submarinos –y tal vez no sea descabellado afirmar que la serie televisiva original había nacido como una variante de otra serie de éxito de los años sesenta, Viaje al fondo del mar (Voyage to the Bottom of the Sea)–, sin apenas otro entorno visible que el interior de la nave y el negro espacio interestelar, donde no hay lugar para los numerosos y variados planetas extrasolares, llenos de luz y vida, que se nos permite ver en La guerra de las galaxias.
Fue el último vuelo de la vieja ciencia ficción conceptual, así como todo un manifiesto a favor de un modo de hacer cine que muchos consideraban ya periclitado. Las muchas secuelas que tuvo dan fe de que la fórmula conservaba su vigencia. Cabe pensar incluso que, en términos de continuidad con una tradición no del todo olvidada, ha ganado incluso la batalla a la movida juguetería coyuntural de Lucas.


Que estupendo análisis. Nunca había sentido tanto interés por volver a ver (con otros ojos) las películas de Star Trek. Gracias, José Manuel.