Nuestro sistema métrico emocional

Hay un pequeño texto de Alejandro Casona especialmente delicioso, se titula “Sistema métrico espiritual” y forma parte de las charlas radiofónicas (“Charlas de un fumador”, las tituló él) que el escritor emitió desde varias emisoras de radio de Argentina y Uruguay entre 1955 y 1962.

Comienza así: “Un día tiene 24 horas, un kilo es el peso de mil gramos, y un metro es la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano. Perfectamente. Mientras se trate de medir pesos y superficies y distancias reales, todos los sistemas métricos son exactos… Pero en cuanto se trata de ideas o sentimientos, ya no nos sirve ninguno. Nuestro sistema métrico espiritual está sin establecer todavía. Por eso nadie puede responder con certeza a ninguna de sus preguntas más elementales: ¿cuántos minutos dura una hora de angustia?, ¿por qué es tan corto el camino de ir y tan largo el de volver?, ¿cuánto pesa una lágrima desesperada?”.

Para Casona eran tiempos de exilio, que vivió laboriosa y animadamente, pero también con una profunda y persistente melancolía que le llevaría a regresar a España –pese a todo– para morir aquí en 1965. En sus charlas habla asiduamente de la soledad, pero niega buscar en ellas la soledad proverbial del estudio radiofónico pues “no son monólogos, sino una larga conversación que mantengo con ustedes”.

He regresado estos días a la lectura de esa charla de Casona al sentirme algo abrumada por las peticiones bienintencionadas que llegan a mi correo electrónico instándome a participar en encuestas que se proponen medir el impacto psicológico del confinamiento. Sesudos investigadores de neuropsicología y psicología experimental se han puesto manos a la obra para extraer la información de un público al  que, se supone,  le sobra tiempo para prestarse a estas cuestiones y que, sobre todo, parece estar ansioso de que alguien le mida sus niveles de nerviosismo, preocupación, miedo, cansancio, irritación, esperanza, amargura y felicidad.

Confieso que respondo a estas encuestas (llevo cinco), pese a que mi hija afirme estar segura de que soy la única loca que lo hace. Creo que lo hago porque me irritan muchísimo esas otras pruebas psicológicas que pululan por las redes sociales en las que, según tu nombre, tu fecha de nacimiento o tu color favorito te diagnostican qué fuiste en una vida pasada, con qué animal te identificas o qué heroína literaria serías en una futura reencarnación…

Pero sobre todo creo que mi gran razón para someterme a estos test tan cansinos (y con frecuencia de una redacción bastante pobre y ausente por completo de empatía) es la curiosidad por ver si alguno de estos neuropsicólogos me pregunta, por fin, qué era de mí en la otra vida, es decir, en la vida de antes del confinamiento, cuando yo era capaz de medir milimétricamente el volumen de mi soledad sin que hubiera nadie para enviarme un test y así consolarme, convenciéndome de que tampoco era para tanto.

Cuando todo esto acabe se publicarán investigaciones extraordinarias que ofrecerán una fotografía muy nítida de nuestro estado emocional durante los cuarenta días y las cuarenta noches del confinamiento, pero será un retrato falso e inmóvil, como la belleza de Dorian Gray. Guardado en el armario del silencio y del desinterés de los científicos y de los políticos quedará nuestro retrato verdadero, aquel que muestra con exactitud los trazos de nuestra desesperanza, de nuestro envejecimiento y de nuestros pecados, aquel en el que puede apreciarse el dibujo en movimiento de la soledad y la miseria que llevó a muchos a perecer bajo el virus, sin que nadie nunca se interesara por el impacto psicológico que la propia vida les produjo.

La ciencia avanza que es una barbaridad, pero la pregunta lanzada por el hombre desterrado sigue sin respuesta: ¿Cuánto pesa una lágrima desesperada?

 

Alejandro Casona (Archivo de Luis Miguel Rodríguez).

 

Imagen de portada: Detalle de La columna rota. Autorretrato de mujer sufriendo de Frida Kahlo.
María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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2 Comentarios

    • María Jesús Ruiz

      Muchas gracias

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