Roma, luz y sombra

Como el flujo de los nasoni, las fuentes que vierten agua potable sin descanso sobre sumideros de piedra gastados, así de escurridiza se escapa Roma por los dedos. Qué ingenuo fue pensar que una estancia de tres meses sería suficiente para atraparla. Porque esta ciudad esconde más de lo que muestra, silencia más de lo que anuncia. Siendo Jano uno de sus dioses queridos, sus dos caras no bastan para representar su multiplicidad: Roma Celeste, Roma Marmórea, Roma Arbolada, Roma Fluyente, Roma Convexa, Roma Subterránea… Pero sobre todo es ciudad de contrastes.

Los pinos piñoneros y las cúpulas recortan un cielo de azul inesperado en una gran urbe devorada por el tráfico. Suenan campanas celestiales por doquiera y por doquiera pasan aullando sirenas mundanas. De pronto se hace el silencio arriba, un silencio pacato, como un beso tímido, y de inmediato un estertor de máquinas sacude el suelo abajo, en la ciudad subterránea. Una calle del barrio de Regola se ofrece generosamente desierta, pero a la vuelta de la esquina cascabelea la serpiente del turismo. Muchos se creen peregrinos, romeros a la vieja usanza, como si el alma se confortase con cientos de fotografías digitales. Peregrinos de esa trinidad disfrazada de sublime condumio que constituye la Triple P: pizza, pannini, pasta. Ay, debería castigarse con siglos de Purgatorio sin derecho a indulgencias haberse marchado de esta ciudad sin haber probado unas buenas puntarelle, unos carciofi alla romana o un guiso de abbacchio alla cacciatora.

Nasone.

Pero no seamos injustos. También hay muy otras trinidades, gozo de muy otros visitantes. Como la Triple B: Bramante, Borromini, Bernini. El Tempietto de San Pietro in Montorio bramantino, allá en la cima del Gianicolo, es maravilla del Renacimiento que funde dos muertes: la del martirizado San Pietro y la prematura del príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos. ¿Y qué decir de los otros dos genios en pugna de vanidades? Al arrimo de papas y nobles florecieron Bernini y Borromini, el primero más tradicional y resultón en sus obras; el segundo, un ángel de las curvas y las elipses. Otra B con mitra cardenalicia, Barberini, supo sacar partido a tan industriosa rivalidad y hoy ascendemos y descendemos en su palacio por sendas escaleras en competencia: la cuadrada de Bernini y la helicoidal de Borromini.

Si estos son escalones nobles, salvadores de alturas aristocráticas, en la ciudad de las colinas yacen otras escaleras más humildes. Como la lapidaria que comunica la basílica de Sant’Agnese fuori le Mura con el mausoleo de Costanza. En un extremo el templo de origen paleocristiano con los restos de la mártir; en el otro, el mausoleo que fue tumba de la devota princesa romana, hija de Constantino, decorado con mosaicos que celebran el poder de la uva y sus jugos. Poco festivos son, en cambio, los tres escalones tristemente famosos de Regina Coeli, la cárcel romana, fundada en el siglo XVII como convento de monjas carmelitas y todavía activa. Los presos difundieron unos versos que son todo un desafío a los lugareños: «A via de la Lungara ce sta’n gradino / chi nun salisce quelo nun è romano / nun è romano e nè travertino» («En la via della Lungara hay escalones, / quien no los sube no es romano, / no es romano ni travertino»). He aquí la experiencia carcelaria como prueba de valentía y blasón de raza. Por más que uno recorra el perímetro de sus altos muros e incluso oiga un rumor de voces en el patio, cuesta creer que tan funesto edificio comparta fama en la via della Lungara, en pleno Trastévere, con dos soberbios y hermosos palacios cercanos: la Villa Farnesina y el Palazzo Corsini. Las celdas de esta cárcel junto al Tíber albergó, en tiempos de las persecuciones políticas mussolininias, a Cesare Pavese y Leone Ginzburg.

Escalera de Borromini. Palazzo Barberini.

Eran los años treinta del siglo XX y una década después Italia entraba en la guerra hitleriana. Pocos pueblos siguen honrando hoy, pasados tantos años, a los caídos en las dos guerras mundiales. A iniciativa de los barrios, cuelgan numerosas placas con el registro de los nombres de los combatientes. Si estas sobrecogen al paseante, tampoco dejan indiferentes las que recuerdan el exterminio de los judíos. La memoria del gueto, situado entre via Arenula, el Tíber y el Teatro di Marcello, sigue viva en la gran sinagoga y museo hebreo cuya cúpula cuadrada compite con las cristianas en los cielos.

Frontera entre la luz y la sombra, umbrales tiene Roma que guardan sus secretos. Una fuente risueña, tributo a Ceres, detrás de un portalón cualquiera. O el artificio de Borromini, ese mágico umbral-túnel que admira al visitante en el Palazzo della Spada. Pasar al otro lado está prohibido, acaso porque nada bueno cabe esperar de esta arcada ilusoria, de este trampantojo arquitectónico. Y como quien desciende por boca del Hades, a la Roma del subsuelo se llega por umbrales de sombra sagrada. Bajo la basílica de San Clemente in Laterano fluye un agua misteriosa que parece elevar una oscura letanía en honor de Mitra, o de Cristo, dos divinidades que confluyen, en el fondo, en las aguas mistéricas del mismo dios solar.

Mosaico. Mausoleo de Costanza.

Sí, luz y oscuridad también en lo urbano, en el trasiego cotidiano de romanos y residentes. Porque esa claridad diurna a la que me refería, ese cielo azul poblado de campanas, tiene su contrapartida en las tinieblas de la noche. Más allá de los monumentos y edificios emblemáticos (como el Castel Sant’Angelo), que lucen para arrobo de los turistas, a poco que te alejes un par de vías, no hallarás luz suficiente ni siquiera para leer tus pensamientos. Como los señores de la Roma antigua salían de noche acompañados de esclavos que iluminaban su paso con antorchas, para poder descubrir con tiempo a los ladrones emboscados, así hoy sería menester portar una luz propia. Mientras tanto, en el silencio nocturno de los templos cristianos refulgen los ángeles, como el bellísimo Angelo della Luce que se encuentra en la basílica Santa Maria dei Angeli e dei Martiri, obra que el napolitano Ernesto Lamagna esculpió con motivo del Jubileo de 2000.

Ponte di San Sisto.

En esa Roma espiritual, de peregrinos sin cuento (o con algún cuento), tiene especial participación el ponte Sisto, construido por mandato del papa homónimo allí donde una crecida del Tíber desbarató un puente romano en el siglo VIII. Inaugurado en el año del Jubileo de 1475, para desahogo del puente Sant’Angelo, colapsado por peregrinos y romeros, el puente posee sobre sus cuatro arcadas un gran ojo de cíclope, un occhialone que funciona como desaguadero en las grandes crecidas del río y el resto del tiempo ejerce como ojo espiritual que mira la cúpula de San Pietro, meta última del peregrinaje. Espiritualidad que uno asocia al silencio interior, a la plegaria en el más absoluto recogimiento, y cierto es que entre las más de 900 iglesias de Roma aún cabe imaginar esta estampa de devoción en templos alejados del centro, como Santa Sabina all’ Aventino y Santi Giovanni e Paolo en la colina Celio, lugares que no decepcionan al visitante inquieto. O incluso en pleno bullicio, en templos pequeños y más que recomendables como San Benedetto in Piscinula, en el Trastévere, o Santa Barbara dei Librai, muy cerca del depauperado Campo de’ Fiori. Ocupa esta iglesia el hemiciclo del antiguo teatro de Pompeyo, igual que Santa Maria la Maggiore puso planta sobre un templo de Cibeles y otras muchas fueron edificadas sobre los despojos de ritos rivales. Porque no nos engañemos: la gloria coeli de la Roma cristiana se alza sobre la gloria mundi de la Roma pagana y hedonista.

Procesion dionisiaca. Cementerio del Verano.

Basta afinar un poco el oído para percibir cómo bajo los sampietrini, el gastado adoquinado de las calles del centro, pugnan por dejarse oír las voces de entonces. Sátiros rijosos, ménades delirantes, Dioniso-Baco coronado de pámpanos, amorcillos alados, la Venus pagana, máscaras teatrales… El goce de la vida con el amor y el vino no sólo en los relieves, frescos y estatuas de los museos convertidos en ferias multitudinarias (Capitolinos y Vaticanos), sino también en otros mucho menos frecuentados (Palazzo Barberini, museos de las Termas de Diocleciano, Palazzo Massimo y el siempre admirable Museo Etrusco de Villa Giulia). E incluso donde menos se espera: en el cementerio del Verano. Quiso un cristiano que su eterna morada fuese un sarcófago (copia del original que se encuentra en el museo Pío Clementino del Vaticano) cuyo relieve vibra con una procesión dionisíaca y amorcillos domadores de leones. Qué feliz despedida, qué eterna lección para los que quedamos.

Colosseo Quadrato.

Cuánto queda de Roma en el tintero. La ruta eclesial de los Caravaggio en Santa Maria del Popolo, San Luigi dei Francesi y Sant’Agostino in Campo Marzio; la ruta de las fuentes de Barberini, donde revolotea la abeja símbolo de la familia del cardenal; la ruta de las placas literarias que celebran a escritores nacionales o extranjeros que, como Stendhal, Joyce, Keats o Gogol, tuvieron residencia romana; y esos barrios alejados del centro a los que apenas llegan los turistas, como Coppedè, donde el modernismo y el art déco arquitectónicos han configurado un rincón mágico; Garbatella, con su trazado de jardines estilo inglés aromando de tranquilidad sus calles; Pigneto, el barrio de Pasolini, provisto de bares y locales de ambiente alternativo; y E.U.R. (Esposizione Universale Roma), donde perviven varios edificios del proyecto con el que Mussolini pretendía conmemorar los 20 años de fascismo y que quedó truncado por la guerra. Allí asoma majestuoso el Colosseo Quadrato (o Palazzo della Civiltà Romana), un monumento consagrado a la virtud del pueblo romano.

Cuánto queda, sí, de Roma. La inagotable. La escurridiza. La que seduce con sus luces y enamora con sus sombras.

Fotos del texto: Antonio Serrano Cueto.
Antonio Serrano Cueto

Autor/a: Antonio Serrano Cueto

Antonio Serrano Cueto es profesor universitario, narrador y poeta, con varios libros publicados y participación en revistas y antologías. Su último título publicado es ‘París en corto’ (Valparaíso, 2015).

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