¿Y tú no tienes nada estropeado?

Esa noche, Marcelo sale del despacho a las once y diez. Está exhausto. No ha comido desde el mediodía y un hambre feroz le muerde el estómago. Pasa por delante del McDonald. Odia ese lugar —nunca entendió cómo podía gustarle tanto a Manu ni cómo él accedió a almorzar cada sábado esa comida insana—, pero sabe que a esa hora no tiene mucho donde elegir, así que, venciendo sus reparos, entra y se pide un wrap de pollo y una Coca-cola.

A dos manzanas de su casa está el bar de Nacho. Antes solía ir mucho por allí, pero desde que su amigo decidió hacer de su local una cafetería de reparación a la moda del Repair Café de Madrid, le fastidia el bullicio que hay. Nada que ver con la tranquilidad que se respiraba en el Luna Azul antes de que esa legión de manitas se apropiara de él. «Hay que innovar, Marcelo —le explicaba su amigo Nacho— y mirar por el medio ambiente. La idea de reunir a gente que arregla cosas con la gente que las tiene estropeadas es muy buena». «Pero esto no es Madrid, esto es una mierda de ciudad en el culo del mundo. Aquí la gente no va a venir a tomar una copa mientras le arreglan los cacharros. Además, eso de arreglar lo que se estropea es una antigualla. Lo que no funciona, se cambia y punto». «Ya. De eso sabes tú mucho, ¿no?». Ahí Nacho le dio. Lo conoce bien, demasiadas decepciones ensopadas en whisky en su bar.

Un par de meses después, Marcelo tiene que darle la razón, el café va viento en popa y, aunque se alegra por su amigo, siente haber perdido su rincón de paz. Y hoy necesita volver; ha tenido una jornada agotadora. El caso de la mujer que ha demandado al Servicio Andaluz de Salud por el homicidio imprudente de su marido le trae de cabeza. Demasiado emocional. No debió aceptarlo, pero ya no hay vuelta atrás. Una copa le vendrá bien, no le apetece meterse en la cama aún —desde que terminó con Manu, la soledad lo recibe cada noche como un perro hambriento que le hinca los dientes en los tobillos— y a esa hora, la gente de los arreglos ya se habrá marchado.

—Carajo, ¿cómo tú por aquí? ¿Tienes una enfermedad terminal y vienes a despedirte o qué? —El tonillo de sorna de Nacho le fastidia.

—¡Mira qué graciosito él! Si no hubieras montado el tinglado ese, habría seguido viniendo, pero te empeñaste en echarme.

—No te creas; estuve tentado en convertirlo en una librería para que el señorito viniese a leer a gusto y sin interrupciones. ¡No te jode!

—Ponme un Chivas y no digas más pamplinas, anda. Pero de los de verdad, ¡eh!

Nacho se vuelve y se dirige al estante donde están los whiskies, se empina ligeramente y alcanza una botella de Chivas de doce años. Marcelo se sienta en un taburete junto a la barra. Tamborilea con los dedos en el mostrador mientras espera que le sirvan. Se percata de que el tipo que está a su lado lo observa. Gira la cabeza y reconoce a uno de los voluntarios que va por allí a reparar cosas.

—Hola, soy Raúl. —El joven le extiende la mano sin dejar de mirarlo.

—Mucho gusto. Marcelo.

—Es curioso, precisamente ayer le pregunté a Nacho qué había sido del tipo que se sentaba en la mesa del fondo. La última vez que te vi, leías un libro de Chirbes. Me encanta Chirbes, es mi autor favorito. Describe como nadie la corrupción de este puto país. Un gran tipo, un marxista de los buenos, de los que no se venden por la fama ni los premios literarios.

A Marcelo le sorprende que ese tío con rastas, barbita de chivo y camiseta negra de Quenn le hable de Chirbes. El valenciano es su autor favorito.

—¿Ya no vienes por aquí, Marcelo?

—No me gusta el ambiente, la gente que hay… Bueno, la gente, no. No es la gente la que no me gusta… —Se le enredan las palabras, titubea antes de seguir—. Es el jaleo y las aglomeraciones las que no me gustan.

—Vaya, lo siento. Se te echa de menos. Eras parte del atrezo.

—Este atrezo tiene casi cincuenta años, ¿me estás llamando viejo?

—No, no, qué va. Perdón, me estoy explicando como el culo. —Ahora es Raúl el que parece nervioso—. Quería decir que me fijé en ti porque siempre ocupabas la misma mesa. Ya sabes, se asocia la gente a los sitios… Cada vez que pensaba en ti, me venía a la mente tu imagen leyendo absorto ahí al fondo.

—¡Era broma, hombre! —Marcelo le palmotea la espalda y el otro respira aliviado.

—¿Y desde cuándo te dedicas a reparar cacharros?

—Desde siempre. Ya de chico le rompía a mi madre las cosas para poder arreglarlas. —Lanza una carcajada que a Marcelo le resulta muy tonificante para su cansancio—. Por eso me hice ingeniero mecánico.

Y mientras hablan de Chirbes, de mecánica, de las últimas elecciones y de algunos recuerdos de infancia, la madrugada se les ha echado encima. Alrededor de la una y media, Nacho los echa del local. El joven se ofrece a llevarlo en su coche, pero Marcelo declina la invitación:

—Vivo aquí cerca.

—Pues entonces, te acompaño. Es pronto para meterme en la cama. Soy como los murciélagos, se activan de noche. —Marcelo no se atreve a decirle que no, tampoco lo desea…

Al llegar al portal, parece que ninguno de los dos quiere despedirse. Se quedan hablando un rato más. Marcelo está tentado de invitarlo a subir, pero siente que es demasiado pronto; aún flota en el aire el perfume de Manu…

—¿Volverás por el café?

—No sé. Buscaré a ver si tengo algo estropeado para llevártelo.

—No hace falta que te traigas nada, solo ven a tomar una copa. Me ha gustado charlar contigo. —Marcelo asiente con la cabeza en un gesto que quiere significar que a él también—. Bueno, me voy.

—Sí, será lo mejor.

El joven se gira sobre sus talones y se aleja. Marcelo se lo queda mirando hasta que dobla la esquina y desaparece de su vista. Tiene buena planta el tío, piensa, y unos ojos azules como dos océanos feroces. ¡Y le gusta Chirbes! Demasiado bueno para ser verdad. Esa madrugada, por primera vez desde hace semanas, encuentra al perro de presa de la soledad dormido. Se acuesta pensando en lo que le ha dicho Raúl: «Cada vez que pensaba en ti…»; esas palabras revolotean por su cabeza como cientos de mariposas ejecutando un bello y sincrónico movimiento que invita a la esperanza.

La tarde siguiente, sale pronto del despacho. Durante toda la mañana no ha podido dejar de pensar en Raúl. Se dirige al Luna azul que, como esperaba, está atestado de gente. A punto de entrar, su mano ya agarra la maneta de la puerta, le asaltan las dudas. «¿Qué haces, tío? ¿No estás escarmentado? ¿No has tenido ya bastantes rupturas? Este llegará y se irá, como todos… Lárgate, aún estás a tiempo». Se da media vuelta y se va, pero no ha recorrido ni cincuenta metros, cuando vuelve sobre sus pasos. «¡A la mierda!», se dice. Entra en el café, pregunta quién es el último y un tipo calvo de ojos saltones como un pequinés le da la vez. Le pide a Nacho un cortado, se dirige a la primera mesa que ve libre y allí aguarda su turno. Al verlo, Raúl estira el cuello, le sonríe y le saluda con la mano. Y como si una llamarada solar le hubiera alcanzado el estómago, un calor de incendio le sube hasta la garganta. Deja pasar a todos los clientes que esperan detrás de él y cuando ya no hay nadie más, se acerca a la mesa donde Raúl tiene las herramientas y saca una Turmix de la bolsa.

—Joder, macho, ¿y esto? —Se le nota la juventud por su gesto de asombro.

—Esta batidora era de mi madre. Cuarenta años después, sigue funcionando a la perfección. —A diferencia de mi vida, está a punto de decir, pero se calla.

—¿Y para qué la traes entonces?

Marcelo se encoge de hombros y sonríe con timidez.

—No me creo que no tengas nada estropeado en casa. —Raúl esboza una sonrisa que Marcelo interpreta como la luz verde que venía buscando.

—Puedes subir a casa comprobarlo. —Se hace un silencio que lo intranquiliza. Tal vez ha sido demasiado directo.

—Pensé que no me lo ibas a decir nunca. —El joven le da un trago al whisky y sin despegárselo de los labios, clava su mirada en la de su acompañante.

 

Esa noche, Marcelo se lanzará en los ojos azules del joven como un clavado en las aguas de Acapulco. Esa y las siguientes. Noches de amor, de mostrar, sin pudor ni miedo al juicio, todos los estropicios de la vida, de comprender que arreglar las cosas que no funcionan, las relaciones, la vida, el amor… no solo no es una antigualla, sino una buena manera de insuflar aliento a la existencia. Nada como un ingeniero mecánico para eso. Y para otras cosas…

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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