Mortadelos con ceniza

Vuelvo a Malasaña, veinticuatro años después, y las suelas de los zapatos tiemblan bajo los mismos adoquines. Resbalan. Qué lejos el agarre de las Martens. Ni un garito igual. No reconozco El Laboratorio. Allí tocaron cierta vez Los Elementos, aquello de hey Carburo no tienes un duro. El solista entraba en el backstage, fumaba un chino de caballo y volvía a salir. Su novia, rubia, aplaudía quedamente, chocando las manos sin fuerza, y la mirada en los ojos estrellados de su cantante frente al micrófono, que no aguantaba la juerga sin fuel. Sin otro tiro más. Sin un chino antes. Tras salir del Mercurio, me dolía el cuello de tanto agitar la cabeza cuando sonaba Steppenwolf, la Creedence. Pero la licencia en Nirvana, Red Hot Chili Peppers, Rage Against the Machine, Green Day la obtuve en otro garito, con el calor de la chimenea y el olor de la resina y la maría cabeceando en cada rincón. Estaba en la sierra. Lo destrozamos cuando la propietaria subió el alquiler.

Quisiera entrar en La Vía Láctea.

Estoy fuera de lugar.

Hoy evito mirar la hora, a comienzos de diciembre, pero la noche hace tiempo que embadurna con su pesadez invernal este resquicio de vida y pérdida. No hay nadie.  Al Carburo le cayeron nueve años por tráfico de cocaína. Cuando sea rico y famoso, decía. Anduvo de cunda en cunda después de que le dieran la blanca. Con veinte años, pesaba el costo que subió de Chaouen en una balanza metálica con los brazos un poco oxidados. Le entalegaron a los treintaidós. La burbuja de los noventa. Nuestra patria, la juventud. Nuestra juventud. La que nunca más devolverá el espejo.

Escombros de diversión.

Acaban de publicar la secuela de Kronen.

Yo conocí en su momento a varias personas con los mismos valores morales que el narrador de esta novela. Que se comportaban de una forma similar. Que participaban de la misma cosmovisión del mundo. De los otros.

Tenía colegas músicos que de lunes a viernes trabajaban de mensajeros.

Me pasaba las noches en el Café Berlín.

Garitos, despolitización y farlopa

A mi juicio, la publicación de Historias del Kronen, la conocida novela de José Ángel Mañas, supuso un revulsivo generacional en un campo literario polarizado por los mandarinatos estéticos y editoriales que representaban las respectivas obras de, por un lado, Cela y Umbral, y, en el otro lado del ring, Benet y Marías, apologistas estos últimos de la gran novela anglosajona, el Grand Style, que reivindicaron en diferentes escritos, como La inspiración y el estilo. Ambas cofradías rechazaban el legado principal de Galdós.

Una escena de la película ‘Historias del Kronen’, dirigida por Montxo Armendáriz.

Es gratuito apuntar por conocido que Kronen, con una voz que narra en primera persona cercana al crook o thought story, visibiliza, quizás con un tono un tanto costumbrista, el universo representacional de los jóvenes que durante los noventa vivieron una nueva oleada cultural sin parangón en España desde la malhadada y controvertida “movida madrileña”, un movimiento que a nosotros, cuarenta años después, se nos antoja ciertamente conservador, aun cuando apuntilló un aire de reforma en la gris y castiza biopolítica del franquismo. El potencial innovador de Kronen intentó desactivarse con argumentos que circunscribía su valor estético al registro idiomático o destacaban la arrogancia de la juventud del autor, que entonces contaba con veintitrés años, y la contrarreforma no tardó en hacerse oír en ese autor que Javier Marías etiquetó con el irónico sintagma “arrastrado siervo de Dios”.

Dos programas narrativos, uno que invocaba la tradición del preciosismo y la superada concepción de la obra de arte en cuanto belleza, desoyendo las acertadas reflexiones de Max Weber en su célebre conferencia, y una segunda, o primera, que actualizaba a Galdós y Céline con concesiones transatlánticas a Easton Ellis, que no sé si leyó Mañas, al contrario que los otros dos literatos: durante alguna entrevista, reconoció haber leído muy joven los Episodios Nacionales, y un pasaje de Muerte a crédito aparece citada bajo el título del capítulo primero de La última juerga, la novela con que Mañas imagina la vida del narrador de Kronen veinticinco años después.

Dos programas narrativos. No me resisto a citar aquel pasaje de La ciencia como profesión, la famosa conferencia de Max Weber, dictada en enero de 1919, hace más de cien años: “Desde Nietzsche sabemos que algo puede ser bello no sólo aunque no sea bueno, sino en cuanto que no es bueno, y antes de Nietzsche lo encuentran ustedes formulado en las Fleurs du Mal, título que dio Baudelaire a su libro de poemas. Y es de sabiduría popular el que algo puede ser verdadero aunque no sea bello ni santo ni bueno y precisamente en cuanto que no lo sea”.

Las conclusiones, para el lector.

El texto seminal de Mañas tiene un valor indudablemente literario tanto desde un punto de vista estilístico, al recuperar la deliciosa oralidad que consagró al indispensable Ángel Vázquez como uno de las grandes voces de la literatura española, así como también sustantivo, cartografiando la atmósfera finisecular de una generación cuyos referentes tardodopostmodernos comportaban una despolitización al alza y un carpe diem estupefaciente, los resultados de aquel consenso político que abortó toda posibilidad de transformación social, la entrada en escena de los imaginarios ultraliberales del otro lado del Atlántico, el endiosamiento del yupi y el pelo engominado, la cancelación en suma de la historia precedente, que ahora fue sustituida por la fiesta, el renacimiento del rock por la vía de Nirvana y Red Hot Chili Peppers, el sexo por placer, la instrumentalización del otro. El declive, en suma, de los grandes relatos y la apoteosis de un individualismo excluyente y casi solipsista donde el otro aparece como un simple medio para conseguir la consecución de unos fines siempre patrocinados por la insatisfacción constante, la orgía del consumo, la exuberante irracionalidad de los mercados, tal y como sentenció el presidente de la Fed Alan Greenspan. Quizás esta obsesión por rechazar la interpretación de un texto desde un punto semántico, centrándose en los aspectos estrictamente formales, sintácticos, sea una de las consecuencias de una dictadura de determinada crítica heredera de aquellos consensos, donde la impugnación de los modos de narrar y de los imaginarios de la Transición quedaron arrinconados en los baúles de la pequeñas editoriales, y, por tanto, insignificantes, carentes de interés para ser juzgados. Para ser analizados.

Quiero pensar que es ignorancia, y no maledicencia, las críticas al texto que dio lugar a una generación, popularizada gracias al trabajo del sociólogo y director de documentales Luis Mancha.

Consultor de heroína

Hace una década, la aparición de After, película dirigida por Alberto Rodríguez, supuso la primera tentativa cinematográfica de testar los contradictorios imaginarios de una generación que había crecido sobre la ruina de los consensos constitucionales del desencanto, juerguista e insatisfecha, incapaz de madurar, nostálgica de las madrugadas de marcha, y vacía, y materialista. Máquinas deseantes. En este universo representacional hay que situar la última novela de Mañas.

Han pasado veinticinco años. Kronen, el garito, es un restaurante japonés. Un paseo por Malasaña certifica este cambio, una vuelta de tuerca neoconservadora que gentrificó barrios de Madrid, estalló en una locura inmobiliaria, creó zonas residenciales como Sanchinarro o Las Tablas, chapó bares emblemáticos –Angie–, y devolvió el ocio hacia los platos de autor, el estilo de chaquetas y faldas-pantalón, y un silencio que aturde entre el placer de las páginas de contactos, los locales swinger y las discotecas para mayores de cuarenta.

Susan Sontag y el eufemismo, las metáforas: el narrador de La última juerga está enfermo, bastante enfermo, muy enfermo, terminal, y quiere pegarse una fiesta de despedida. El niño de papá sin escrúpulos que nunca tolera que alguien le lleve la contraria, frustrando sus deseos más peregrinos, consiguió un puesto de trabajo en una consultora gracias a un enchufe proporcionado por sus padres y siguió creciendo profesionalmente hasta convertirse en representante del mundo literario y audiovisual. Ahora sabemos que estudió Económicas. En ningún momento de Kronen lo dice. Ha salido con centenares de mujeres. Se ha acostado con ellas. Ha vivido al límite. Con cabeza. Sin cabeza. Disfrutando cada instante, exprimiendo cada día con el ansia de un condenado a muerte que disfruta de un permiso penitenciario. Pero está enganchado. Y apenas se le levanta.

José Ángel Mañas.

La última juerga es una crónica disparatada sobre este viaje hacia ninguna parte que recuerda a la obra maestra de Alberto Cavallari sobre Tolstoi: consciente de la inminencia del fin, el genio ruso se fugó de su casa Iasnaia Poliana y falleció en la estación de Astápovo. La novela de Mañas revisa la autoficción, imaginando al narrador como una persona real, juega con la primera persona y con la tercera, y anuncia a lo largo de las cerca de cuatrocientas que componen el texto una reflexión sobre la vida de un tipo con rasgos psicopáticos, los propios de nuestro tiempo, que lo tuvo fácil, y fue presa de su propia ansiedad por satisfacer en cada momento su codicia más baladí sin pensar jamás en el otro, en la otra, y con ello, Mañas nos ofrece un fresco de una generación que, lamentablemente, nos resulta familiar.

Si Carlos Pérez Merinero, en su primera etapa de narrador, cuando renovó el curso de la novela negra –etiqueta de la cual abjuraba– supo tomar el pulso a un momento histórico dominado por las contradicciones del segundo franquismo, Mañas reflexiona sobre los despojos que permanecieron en la sociedad madrileña tras los años del yupismo, continuados por esa aberración económica que fue la burbuja inmobiliaria del período 1998-2008. Los antecedentes, en Kronen. Los consecuentes, en La última juerga. Y al fondo, una sensación de vacío. De extrañeza. De enajenación.

Esta última novela es cruel y condicionada por un humor negro colindante con la sevicia. No está exenta quizás de una suspendida moralina, el destino previsible, fatal, de aquel incapaz de controlar sus impulsos pasionales, y hay una inverosimilitud que, no obstante, pienso que cumple la función narrativa de retratar a un personaje que se reconcilia con el amor y la empatía cuando todo está ya perdido. Cuando ya no hay salvación. Cuando el fin es un hecho. My only friend, the end.

Describe bien la cobardía. Describe bien la estupidez.

En el rango entre Kronen y su secuela se levanta el acta notarial de una generación que no supo jugar un papel respetable en la historia, ni quiso. Se conformó con sacar provecho de las migajas que les dejaron sus mayores, estrellándose con el tiempo en un mar de sargazos de polución y desnortamiento. De mierda.

He ahí el valor de las dos novelas. Un valor lingüístico, sí, pero también sustantivo o semántico, histórico y, por tanto, político.

Carlos Rodríguez Crespo

Autor/a: Carlos Rodríguez Crespo

Carlos Rodríguez Crespo (Madrid, 1971) se doctoró en Periodismo en la Universidad Complutense. Trabaja como periodista, investigador y profesor. En febrero, fue publicada su obra de ficción Ventanas cerca de Mireia (Garaje Ediciones, 2017).

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1 Comentario

  1. Fabuloso artículo, en mi opinión. Se ve que hay un buen escritor detrás.

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