Que vuelvan los abrazos, aunque sean rotos

Debo confesar que no llevo mal el confinamiento, excepto por la falta de abrazos. Por eso, cuando oigo que durante una larga temporada habremos de respetar ciertas medidas de distancia social, siento como si me dieran una coz en el estómago. Saber que cuando nos desconfinen va a pasar un tiempo, aún por determinar, hasta que podamos abrazarnos, besarnos o tocarnos como hacíamos antes, me aflige. Y así, voy como Quevedo: «A fugitivas sombras doy abrazos;/ en los sueños se cansa el alma mía;/ paso luchando a solas noche y día/ con un trasgo que traigo entre mis brazos».

Leí que la piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo (en las personas adultas ocupa aproximadamente dos metros cuadrados y pesa unos cinco kilos) y, el tacto, el sentido más desarrollado. ¿Entienden por qué necesito tanto las caricias?, ¿tanto, los abrazos?  No me voy a morir sin ellos, qué duda cabe, pero la vida no es lo mismo en su ausencia porque, como decía Jorge Guillén: «La caricia adormece,/ y a una región conduce/ más cercana  a la tierra,/ a su silencio y sueño,/ bien tendidos, dichosos».

Yo necesito el contacto físico, la mirada próxima, las sonrisas en directo —con las mascarillas podemos sonreír con los ojos, pero ya ni eso. Muchos ni te miran, como si hurtar la mirada agrandara la preceptiva distancia social. ¡Qué triste!—. Para mí el abrazo es un artículo de primera necesidad. Los abrazos son medicina para luchar contra el miedo, las ausencias y los desengaños que, lamentablemente, se multiplican en situaciones excepcionales, como las que estamos atravesando, en las que sale lo mejor, pero, también, lo peor de cada persona. Los abrazos me ayudan a mantener el inestable equilibrio que los mensajeros del miedo  intentan romper vertiendo ríos de mentiras; también, a conjurar el espanto que me provocan los tibios y los necios que, en su inconsciencia, contribuyen a esparcir mensajes cargados de odio que dificultan la necesaria convivencia. Los abrazos,  al fin, son una buena muleta en la que apoyarme en este tiempo de futuro incierto en el que los sueños agonizan y la primavera está al otro lado del cristal. Ajena a nosotros.

Por eso hoy, lidiando con mi desnudez, mi vulnerabilidad, mi fragilidad y mi miedo, más que nunca, ruego para que vuelvan los abrazos. Aunque sean rotos…

 

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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