¿Qué tiene la molinera?

Habla el folklore desde hace siglos de una mujer que, al margen de leyes, obligaciones y composturas, campea a sus anchas por nuestras fantasías: la molinera. Manuel de Falla la hizo protagonista de un hermoso ballet, El sombrero de tres picos, estrenado en Londres en 1919 con escenografía de Picasso. Allí está la molinera dando de comer a los pájaros, cogiendo uvas, bailando el fandango y burlándose de los hombres que la miran embobados.

Figurín de La Molinera creado por Gori Muñoz en 1947 para el estreno de la obra de Casona en Buenos Aires.

No era nuevo, sin embargo, el asunto cuando Falla —animado por Diaguilev, empresario de los ballets rusos y entusiasta de las canciones populares españolas— lo subió a los escenarios. El propio compositor gaditano habla de que estuvo años rondando la idea de convertir en pieza musical una novelita de tremendo éxito en el siglo XIX, El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón. Y Alarcón, en los preliminares de su relato, sitúa a su vez el origen de su inventiva tanto en los viejos romances de El corregidor y la molinera que desde 1810 se venían publicando en pliegos y colecciones, como en la “historieta vulgar” que en su niñez había oído referir a Repela, “un zafio pastor de cabras que nunca había salido de la escondida cortijada en que nació”. Más atrás, la filología autorizada remonta la historia de la procaz molinera al Decamerón, en uno de cuyos cuentos se habrían inspirado los poetas populares desde el siglo XVII.

La molinera —como todo el que quiso seguir siendo libre a partir de 1939— salió de España camino del exilio y se encarnó de nuevo en Buenos Aires, donde Alejandro Casona, transido de melancolía, estrenó en 1947 La molinera de Arcos (“tonadilla en cinco escenas”) e hizo hablar así sobre las tablas a la que bautizó como Frasquita: “Sí, sí, ya sé; que si entro y salgo sola, que si voy con los brazos al aire, que si soy alegre de genio… Pues entro y salgo sola porque para hacer bien no necesito guardia; llevo los brazos al aire porque trabajo con ellos; y soy alegre de genio porque, como tengo buen pan y buen marido, siempre me levanto con el corazón por delante y me acuesto en gracia de Dios. ¿Hay algo malo en ello?”.

Casona conocía el mito de la molinera promiscua y seductora, ladrona y mentirosa, perpetuado en el folklore desde tiempos inmemoriales; en los preliminares de su tonadilla escénica evoca precisamente a esas molineras del romance tradicional (“Respondió la molinera: / -Vuestros favores admito / pero temo que mi esposo / nos atrape en el garito…”), de peor fama aún en ciertas coplas de la tradición oral (“Tiene la molinera en su molino / la perdición del hombre: tabaco y vino. / Tiene la molinera ricas pulseras / de la harina que roba de las fanegas…”), en las que el disimulo y la astucia subrayan su perfil: “Vengo de moler, morena, / de los molinos de arriba, / duermo con la molinera, / no me cobra la maquila; / vengo de moler, morena, / de los molinos de abajo, / duermo con la molinera, / no me cobra su trabajo; vengo de moler, morena, / de los molinos de en medio, / duermo con la molinera, / no lo sabe el molinero…”

Pero la molinera exiliada inaugura un nuevo modo de ver a la mujer de libre albedrío. La Frasquita de Casona hace un desplante a la deslealtad y a la ambición astuta, y un desplante mayor todavía a los poderosos (el corregidor que cree tener derecho de pernada sobre cualquier mujer, el militar que se relame, el cura que lo aplaude), de modo que, aliándose con otras mujeres de similar honradez a la suya, desbarata con su talento el cómodo pesebre patriarcal de los varones.

La tonadilla argentina de la molinera culmina cuando Mercedes, la ultrajada esposa del corregidor, animada por Frasquita, arrebata el bastón de mando a su marido y proclama: “Los hombres lleváis demasiado tiempo haciendo justicia y ya tenéis callos de costumbre. Ahora, por una vez, vamos a hacer justicia las mujeres. ¡Prevengan sillas!”.

Sucedía en Buenos Aires, en 1947… ¡Cuánto nos hubiéramos ahorrado de no haberse ido la molinera al exilio!

Imagen de portada: Figurines de Picasso para El sombrero de tres picos.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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