La muerte de Prince Rogers Nelson el pasado 21 de abril a los cincuenta y siete años en su casa-estudio de Paisley Park en Minneapolis colocó el último clavo en el ataúd de los grandes iconos del pop. Tras la desaparición de David Bowie el pasado enero, contados creadores gozaban de un estatus similar en la crónica de la música popular de las últimas cuatro décadas y Prince era uno de ellos. Su capacidad para asimilar los más distintivos rasgos de la mejor música negra y relanzarlos desde un impresionante catálogo de composiciones, un espectacular directo y una estética ambigua y provocadora, su potencial para convertirse en epicentro de un sonido activo y en evolución o la defensa de su autonomía artística, al enfrentarse con el sello Warner y forjar su propia compañía con un nuevo nombre artístico (una decisión, por otra parte, de discutible rentabilidad promocional), lo convirtieron en un personaje único en cuyo haber figuran muchos de los discos indispensables del pop contemporáneo: Dirty Mind (1980), 1999 (1982), Parade (1986) o esa perfecta síntesis de su talento que supone el inmenso Sign ‘O’ The Times (1987) constituyen inestimables gemas en cuyos contenidos se reivindica, canción a canción, la dimensión del genio de Minneapolis.
Cierto es también que, desde aquellos días de gloria, su regularidad había mermado, acuciada sin duda por un exceso de productividad e incluso por una reclusión personal del músico, paulatinamente alejado de sus otrora fuentes de inspiración. Aunque su ritmo de trabajo nunca decayó, Prince desgastó energías en cambios de identidad o en batallas industriales mientras que su antes visionaria música era absorbida, e incluso reciclada, por flamantes nombres y tendencias que ahora recuerdan su influencia mientras lloran su perdida.
En realidad, a estas alturas casi nadie esperaba que Prince recuperara la plena forma, a pesar de que estos lustros de retroceso habían dibujado una más que decorosa estela jalonada por algún que otro reflejo dorado como 3121 (2006). La cabeza del Príncipe Púrpura parecía más pendiente de gestionar su imagen y música, fijando una barrera entre ambas y un público joven al que no le resultaba fácil tropezar con su rastro en plataformas como YouTube o Spotify, más allá del baqueteado “Purple Rain”. Tampoco fue un lince en lo que se refiere a la regulación de un catalogo discográfico ausente de las rentables reediciones deluxe con las que casi todos sus colegas llevan años engordando sus cuentas de jubilación.
Al la postre, en su vertiente personal, terminó descendiendo a la misma reclusión que sometió a ídolos de su porte como Elvis Presley o Michael Jackson, también interesados por las religiones al igual que él lo hizo al confesarse testigo de Jehová. Y, para incrementar analogías, cuentan que falleció en su torre dorada a causa del abuso de Percocet, suministrado por su médico personal para atenuar dolencias.
Eso sí, queda una fortuna valorada en 300 millones de euros y, sobre todo, un inmenso legado musical, en estos momentos mucho más visible gracias a su desbloqueada presencia en plataformas como YouTube: su desaparición parece haber disipado el control mediático sobre una música fascinante, también ahora más accesible que nunca.


Gracias a ti, Salvador, por atender a la frágil intuición de mi comentario. No me he explicado muy bien. No me refería a la «creatividad» en general, sino a la que inoculan esas musas especialmente hechiceras de la música, la poesía, la pintura… Aunque haya excepciones -muchas- me atrevería a afirmar que entre los artistas predominan las mentes que no se interesan por el razonamiento racional, por la ciencia, por la coherencia de unas argumentaciones construidas sobre una objetividad que evite contradicciones, etc; mientras que predominan los aficionados a magias, a espiritualidades orientales de mercadillo, a misticismos pijos, a pseudociencias, a dogmatismos desatinados… como si lo profundo, lo trascendente, sólo pudiese surgir de lo falso y lo irracional.
Las conexiones entre el rock y religión son muchas y, de hecho, existe un potente mercado en Estados Unidos – con bibliografía incluida – que atiende esta demanda. Creo que la propia forma de vida de muchas estrellas, volcada en sus principios en el puro hedonismo, también anticipa, en algunos casos, un posterior recogimiento, más reflexivo y espiritual. George Harrison (Beatles) o Bob Dylan constituyen otros ejemplos de esta ruta hacia lo interior. Aunque, la verdad, no creo que se produzca en esa incompatibilidad entre creatividad y racionalismo. Gracias por tu comentario, Juan Pablo.
Muchas gracias. Y estupendo, sí, el Sign O’ The Times. También es curioso ese asunto de la credulidad religiosa y la predisposición irracional de tantos músicos. Me gustaría saber si se ha «estudiado» ese fenómeno. Yo siempre he pensado que es algo tan frecuente que quizás obedezca a ciertos condicionantes genético-cerebrales: si se tiene una mente especialmente dotada para la creatividad -con toda su bendita locura, sus desequilibrios y sus incoherencias- es menos probable que al mismo tiempo esté dotada para la lucidez científica, el análisis racional y la coherencia del escepticismo. Que así sea y que nosotros lo sepamos disfrutar. Aunque seguro que hay magníficas excepciones.