Paisaje y conciencia propia

El paisaje vivido tiene como materia poética una gran tradición. Se ha defendido el marco referencial desde una forma de protesta, una crítica y también se ha mitificado. En la relación del poeta con la poesía han devenido en belleza y nostalgia a la par, se ha visto con el prisma de la memoria, conectándonos a momentos vividos. En la tierra quedaban vertidos y proyectados los sentimientos de Antonio Machado en el célebre poema “A orillas del Duero”: “Veía el horizonte cerrado por colinas / oscuras, coronadas de robles y de encinas; / desnudos peñascales, algún humilde prado / las márgenes del río / lucir sus verdes álamos al claro sol de estío / y bajo las arcadas / de piedra ensombrecerse las aguas plateadas / del Duero”. Y de la tierra proviene la conciencia; la humanidad en el apego, en Miguel de Unamuno: “Tú me levantas, tierra de Castilla, /en la rugosa palma de tu mano, /al cielo que te enciende y te refresca, /
al cielo, tu amo”. Huellas de la conciencia de la tierra pueden hallarse en Jorge Guillén, Rafael Alberti, Francisca Aguirre, Diego Jesús Jiménez, Wislawa Szymborska, Nazim Hikmet, T S Eliot, etc. Bien señalado por Eugenio Rivero “Francisco Castañón, como ellos, da voz a los silenciados, en busca de su restitución poética”.

Algunas de ellas forman parte del aparato paratextual contenido en Tierra llana, la sexta entrega lírica de Francisco J. Castañón, es un canto que perfora en el misterio de la realidad aunque en ocasiones sea doloroso. Los enclaves son miradas con amor y desde la libertad de espíritu, acaso sea una forma de realizar lo desrealizado.

El discurso poético de Castañón es realista. Una poética de la identidad derramada en la contemplación y en las reflexiones que generan al contacto con las tierras castellanas. De acuerdo con el prologuista, Alfonso Berrocal, “estos poemas, al modo de la luz y las indescifrables llanuras castellanas —hechas siempre de tantos matices— se dicen a sí mismos y se dicen tan netamente que pronto advertirá el lector que parecen paisaje y conciencia propia”.

Tierra llana aparece agrupada en tres secciones, siendo la primera la más extensa, titulada “Vistas a un presente afilado” se constituye por poemas en torno a veinte versos hasta sobrepasar los setenta. Castañón alterna composiciones de verso contenido, pasando por versículos hasta poemas en prosa. En ellas se van perfilando distintas coordenadas espaciales reales dando buena cuenta de lo esencial. Así, se sustancia en “Camino a Barbatona”, “sobre este amable territorio, / mientras somos ya horizonte, / materia y lenguaje de esta tierra llana”.

En poemas como “Se fue la gente”, “Salinas de Imón” o “Serenidad de la piedra”, se evidencian aspectos como la despoblación en el éxodo a las ciudades, y el abandono sufrido por parte de las administraciones; con todo son lugares que resisten el paso del tiempo. El paisaje es encontrado por el caminante, y en ocasiones el paisaje asalta sobre el caminante, como sucede en el hipnótico “Alcarria”: “Tierra que en estas horas / hago mía, / donde busco palabras inéditas / con las que rehabilitar el mundo”. En el peregrinar por distintos lugares emblemáticos, como las Tablas de Daimiel, Corral de Comedias, la severidad del frío, de la aridez, del pasado…, pese a todo resiste. El poeta horada el paisaje y se lo lleva al terreno íntimo. Más que simbólico halla un halo mágico, espiritualmente ineludible. Versos que comprenden la musicalidad, como los presenten en el magnífico “Toledo en la mirada”: “Aquí, busco hoy aquella armonía extraviada, / cuando una brújula imantada de luna / guiaba mi camino”.

En la sección central,Pistas en el pasado (evocaciones calculadas)”, contiene en unas pocas composiciones en prosa como recuerdo y evocaciones históricas y literarias, desde Fray Luis a Machado, pasando por Beatriz Galindo, María de Zayas y Luisa Carnés —en su reivindicación de un cabal feminismo— hasta llegar a Cervantes y su inexcusable don Quijote, o desde El Greco al sedente Doncel de Sigüenza. Asimismo la crítica es despiadada en “Club Dulcinea, elegía por un sueño”, donde puede leerse: “Donde la meseta, un grito ahogado de sombras reclama auxilio y redención. Pero nuestro ánimo, alcanzado por un cáustico dios, pasa de largo sin dejar que apartemos la vista del parabrisas”.

Francisco J. Castañón. (Foto: CAL).

Por último, “Un mañana agitado de futuro”, nos regresa al cauce del verso con una visión reflexiva de nuestro mundo: “Henchir el alma de confianza. / Cuando aún el día es prólogo, / Cuando aún el silencio de la madrugada / grita lo que el mundo calla”. Todo se rompe por dentro mientras el ser se rodee de un consumismo atroz, especulación inmobiliaria, desastre ambiental, el uso impúdico de las tecnologías… Así pues, los poemas emergen de la conciencia y se convierten en denuncia existencial. El poema “El grito del árbol” nos alerta de nuestro devenir difuminado. En “Herrero” la entrega al trabajo artesanal y analógico destinado a perecer. Así llegamos a los versos que culminan el poema de título homónimo al libro: “Tierra llana: silencio, viento, / misterio resplandor que da respiro / y conforta todo empeño por seguir / abriendo senda si la tiniebla / y el espino cierran el paso a un andar / abiertamente desprendido”.

En suma, Tierra llana es un canto al territorio castellano que se sabe eterna pese al deterioro caótico y espiritual. Francisco J. Castañón trata elementos esenciales del paisaje que ha quedado fuera de las grandes ciudades, elementos esenciales de la realidad manchega extrapolable a otras regiones, donde el desaliento y la zozobra es común, trascendente.

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