Salmos del siglo XXI

Leí por primera vez a Gregorio Dávila de Tena (Quintana de la Serena. Badajoz, 1959) con motivo del Premio de Poesía García de la Huerta en 2017. Desde entonces, no ha dejado de publicar y de ser reconocido. Hace unas semanas, sin ir más lejos, se hacía con el Premio de Poesía Ricardo Molina que convoca el Ayuntamiento de Córdoba por La limosna de los días. Y cuenta también con los premios Pepa Cantarero y Eladio Caballero, entre otros. Fue finalista del Premio de Andalucía de la Crítica en la modalidad de poesía en 2022. Cultiva, además, el haiku y mantiene varias bitácoras en internet dedicadas a la poesía y a la fotografía.

Entre el diamante y la penumbra es un cuaderno de 150 salmos que, a imagen y semejanza del texto bíblico, recorren el camino desde la oscuridad existencial al intenso consuelo de alcanzar un sentido. Este camino transcurre simultáneamente en la experiencia más personal o biográfica y en la trascendental u ontológica. A lo largo de sus cinco secciones (cinco son también las unidades en que suele dividirse el Libro de los Salmos), el poeta explora los distintos géneros (el himno, la súplica, la alabanza, la queja, la acción de gracias) y traza las etapas de su metamorfosis. Los versos de esos poetas a los que tanto admira, las imágenes que regala la naturaleza, el afecto de ida y vuelta, serán los andamios que apuntalarán la confianza y la transformación. Los propios títulos de cada sección actúan de luminarias para indicarnos hacia dónde se dirige la lectura.

“Todavía la noche” (verso tomado del poeta J. Manuel Martín Portales, con el que comparte no pocos elementos de la concepción poética) recoge los miedos, las angustias, la “tristeza antigua” y los “enemigos interiores” que no dejan de acechar al hombre, llevándolo a pozos, abismos, precipicios de insomnio, dudas y tribulaciones. Sin embargo, hay un aliento, una ternura que empujan desde la conciencia más recóndita, una naturaleza conjurada para abrazar los anhelos de las oraciones: “El sol recorre la alcoba/y las nubes pregonan la lluvia/ ¿No oyes su húmedo silbido? / Las hormigas abrazan un himno sin palabras. / La alegría del páramo/ al presentir el aguacero”.

Un verso de Juan R. Jiménez, “Los olivares de la madrugada”, da inicio a la segunda sección del libro. Remite al desconcierto de lo perdido al tiempo que anuncia un horizonte vital renovado. En paralelo a su referente bíblico, esta segunda parte es la que más se detiene en lo contemporáneo, en la crítica social, de modo que encontramos alusiones a la naturaleza amenazada, a los centros de menores, a los refugiados, a la violencia policial, al racismo y al machismo, a la ambición desmedida o al afán de popularidad a través de la tecnología. Los poemas se titulan significativamente “tristeza”, “opulencia”, “corrupción”, “violencia”. Junto a ellos, el enlosado del camino también se compone de “compasión”, “refugio”, “gracia” o “justicia”. Es decir, el poeta deja marca en el lenguaje de cómo tironean las fuerzas interiores y exteriores para acomodarse en la paradoja que es en sí misma la vida. “¿Puedo escribir, Señor compasivo, / sin tocar la piel del indigente, / sin rozar el lecho del dolor?”, se pregunta el poeta en esa lucha constante. El título y oxímoron, Entre el diamante y la penumbra, latiendo como un eco en cada poema.

El santuario del Libro de los Salmos corresponde en este cuaderno de Gregorio Dávila de Tena a la sección “Las mujeres que me habitan”, un conjunto de poemas dedicados al universo femenino y maternal, imprescindible sustento y lugar de acogida para el hombre (ya en su libro Madre del agua homenajeaba ampliamente a la madre como núcleo y centro de la vida). Los versos se llenan de animalillos para la nieta, de lluvia para las amigas, de risa para la hermana, de hambre y sed saciadas para la compañera. El poeta se dirige decidido y en plena confianza, con constantes poemas de gratitud, por el camino abierto y la esperanza concedida, que se materializan en la fluidez y el gozo de la escritura, a la vez motor y anclaje del cambio. Mujer, literatura y fe se escriben fundidos en el salmo 84, dedicado a María Zambrano:El bosque te salve, María, / llena eres de lluvia y madreperlas/ el Señor deja sangre de granadas/ bendito tu amor por la poesía/ entre las veredas de la razón/ y bendito es el fruto de la paz”.

Gregorio Dávila de Tena.

Los poemas de la cuarta parte (“El silencio de Dios”) presentan un tono muy cercano a la oración, a la letanía, a esa sucesión repetitiva de enunciados que, en este caso, detallan las bendiciones divinas que el poeta percibe, o anhela, o solicita. El paralelismo y la anáfora se convierten en los protagonistas retóricos de esta sección, sin abandonar las imágenes y personificaciones, presentes desde el pórtico del libro (leemos en “Antífona”, el texto inaugural, “El salmo es el consuelo/ de este corazón desolado, / la eternidad en la hoja de bambú”. Y ya en el salmo 1: “Hoy el viento es avena estéril/ pero el río germina los frutos del manzano”). Aquí tampoco cede el impulso metafórico, que se desborda de creatividad como los propios sentimientos del creyente en su relación viva y dinámica con Dios: “el campanario de los abrazos, el silencio se hace crisálida, en la fragua donde se funde el miedo, sandalias de arena y nostalgia…”.

Culmina el libro con la palabra sanadora, la alegría conquistada tras el dolor y la gratitud por la huella divina que la mirada registra constantemente. Belleza, plenitud, dicha, alabanza y agradecimiento son los temas de esta última parte. Como a lo largo de todo el libro, encontraremos en cursiva referencias a los salmos bíblicos, así como a los versos de poetas insoslayables: Machado, Hierro, Valente, Claudio Rodríguez, Rilke, etc. Los motivos naturales se erigen en transmisores del encuentro, tan perseguido y por fin alcanzado, del poeta con su propio lugar de calma en el mundo a través de su vivencia religiosa vehiculada por la poesía. El fructífero maridaje entre la tradición enraizada de forma poderosa en su formación y el impulso creativo y renovador del talento poético dan como resultado un texto de gran hondura y asombro para el lector.

Salmo 47

CANTO

Aprendo el arte del bramido

en la partitura de las olas

la sagrada aritmética del canto:

sumo las armonías, resto las disonancias,

multiplico los tonos

y divido el tiempo de las matrices.

Sí, aprendo el arte y el canto

del petirrojo.

Salmo 148

ALABANZA

Todas las palabras te nombran

todas las fuentes te bendicen.

Hoy te alaban las primeras galaxias

los cometas que pasan cada siete mil años

y la voz antigua de las espigas.

Hoy te alaban las mitocondrias

los minotauros de la sangre

y los delfines que derrumban

los abismos del mar.

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