De la infancia procede la interpretación poética de la realidad, el afán por mirar sin ser visto y de no atenerse a consejos o reglas previos para interpretar lo mirado.
(Carmen Martín Gaite, “La mirada del escritor”)
El tiempo que Angelika Kaim vivió con nosotros fue el más luminoso de mi infancia, también el último porque con su partida a mí se me echó encima la adolescencia –esa sombra de saber la verdad de las cosas-, a mi hermana la madurez y a mi madre la soledad.
Angelika vino de la mano de mi madre. Literalmente. Una mañana de domingo mi madre, que había salido a comprar los churros que acostumbrábamos a desayunar los días de fiesta, apareció en la cocina llevando a Angelika de la mano. «Va a estar una temporada con nosotros, no sabe hablar español, así que la tendréis que ayudar», se limitó a decir. Mi padre, por su parte, apartó sus ojos ya entonces casi ciegos de la ventana, nos miró y sonrió. Sonrió como lo hacía siempre ante las ocurrencias de mi madre, ya se tratara de que ella apareciese con un perro o un gato abandonado, de que improvisara una excursión hasta el río o de que nos ordenara, sin previo aviso, dedicar el día a encalar el patio. Yo creo que sonreía porque la amaba y que la amaba porque las certezas de ella lo rescataban de su temeraria tendencia a la melancolía.
Angelika no tendría más de dieciséis o diecisiete años, una delgadez extrema, una trenza de pelo limpia, sedosa y larguísima y un embarazo incipiente que habría de culminar, meses después, en una niña rosa y rubia a la que bautizaron con el nombre de mi madre.
Angelika estuvo con nosotros un año, justo un año. Lo recuerdo con esa precisión porque, a los pocos días de llegar ella, fue la feria del pueblo y yo, otra vez, le rogué a mi madre que me permitiera visitar la barraca de la mujer serpiente. «Todavía eres muy pequeña», me contestó, «el próximo año», y mi tía Lucrecia, que cuando andaba por allí metía baza en todo: «¿y para qué quieres tú ver serpientes?, ¿no sabes que las serpientes le roban la leche a las mujeres que están dando de mamar?, mira, cuando vivíamos en el molino, a veces las mujeres que tenían niños chicos y se les había ido la leche nos pedían harina para esparcirla por el suelo de su casa por la noche; si por la mañana había huellas, eso era que una serpiente había entrado». El caso es que, aunque estaba dispuesta a desobedecer a mi madre, no pude ver entonces a la mujer serpiente porque, cuando me llegué hasta la barraca, vi decepcionada que habían cambiado el espectáculo por el de “Las hermanas Colombinas”, dos gemelas de unos doscientos kilos cada una que, sentadas en unas butacas gigantescas, contaban al público sus anécdotas y penalidades.
Eso fue, como digo, al poco de llegar Angelika. Un año después, esta vez al poco de que Angelika desapareciera de nuestras vidas para siempre, volvió la feria al pueblo. Mi madre entonces me permitió entrar en la barraca de la mujer serpiente. Y así fue como supe la verdad.


