‘Oona y Salinger’: una historia deliciosamente trágica

‘Oona y Salinger’. Frédéric Beigbeder. Editorial Anagrama. Barcelona, 2016. 296 pp.

Tras leer ¿perplejo? ¿Tocado? el punto final de El guardián entre el centeno me puse a teclear las primeras líneas (que luego borré) de lo que ya era “No es otro puto libro de autoayuda y que después fue —un clásico ya en la literatura gaditana— Una ciudad en la que nunca llueve. Se conoce que Mark David Chapman llevaba su ejemplar de El guardián… bajo el brazo en el momento de disparar cinco cartuchazos del 38 Special al cuerpo de John Lennon a los pies del Dakota. También se cuenta que Charles Manson —inductor de la matanza de Sharon Tate, modelo y actriz, señora de Roman Polansky entonces, y amigos, en el 10050 de Cielo Drive, Beverly Hills, Los Angeles— encontraba inspirador el relato en el que un joven Holden Cauldfield se preguntaba a dónde volaban los patos de Central Park al llegar el invierno. El mito relaciona el título con no pocos acontecimientos escabrosos. En todos los casos mencionados, y quién sabe si realmente auspiciados por la obra del enigmático Salinger —disfrutemos pues de lo mítico—, se cometieron crímenes atroces. Sí, servidor, culpable también.

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¿Quién era pues Jerome David Salinger? No es una pregunta fácil de responder. Y no lo haremos. No será aquí. ¿La responderá Oona y Salinger (Anagrama, 2016), la más reciente novela de Frédéric Beigbeder?  Sigamos con las preguntas.

¿Quién es Oona? Sí, además de la hija del Nobel Eugene O´Neill. Sí, además de la esposa ni más ni menos que del inigualable Charles Chaplin. Sí, además de la madre de Geraldine Chaplin “nacida en Santa Mónica el 31 de julio de 1944, para que, al cabo de veinte años, pudiera actuar en El doctor Zhivago y su hija, Oona Castilla Chaplin, pudiera un día morir apuñalada con un hijo en el vientre en —apunto: la boda roja— Juego de tronos“.

Oona O'Neill.

Oona O’Neill.

Para no responder a ninguna de las preguntas formuladas o a todas Frédéric Beigbeder nos traslada al Stork Club en Nueva York, año 1940. Tres muchachas ríen frívolas las ocurrencias de un jovencísimo y rubio (16 ó 17 años) y también frívolo —a su modo particular— Truman Capote, procedente de Nueva Orleáns. Ellas son sus cisnes y los cuatros se sientan a la mesa 6. Ellas son El Trío de las Herederas: Gloria Vandebilt, Oona O´Neill y Carol Marcus. Es el número 3 de la Cincuenta y tres Este. Desde el final de la barra, Jerry, 21 añitos, todavía no es nuestro J. D. Salinger; tampoco él sabe que desembarcará en Normandía (Utah Beach), cuando toque; es escritor en ciernes, eso sí, y dentro de muy poco, un hombre enamorado. De quién, está claro.

Beigbeder se vale de lo histórico y lo mítico para contarnos una deliciosa historia de desamor. Salinger y Oona mantienen una relación sentimental que como todas, de un modo u otro, en su mayoría, ha de acabar mal. Es una novela deliciosa, posmoderna, eso sí —qué le vamos a hacer—, pero deliciosa. Chico conoce a chica, “enamorarse es tener un nuevo problema por resolver”; chico y chica —el talento de Beigbeder mediante— comparten romance centrado en un inolvidable y etílico diálogo en paseo por un boardwalk, “las noches son cortas en las playas de Nueva Jersey”, sobre el antes de la tragedia; chica —menos frívola de lo que pudiera parecer y más jodida de lo que vamos a descubrir— calienta la bragueta de chico por encima de lo que ambos pueden permitirse; y finalmente, chico, como Mambrú, se va a la guerra, y desde allí escribe a chica, vete tú a saber para qué, porque el porqué sí que Beigbeder nos lo concede, sea o no producto de la ficción, ya no nos importa. Es una novela.

A lo largo y ancho de las páginas de Oona y Salinger los mitómanos empedernidos, los amantes quizá de la literatura, el cine o el arte en general, tenemos la oportunidad de contemplar el paisaje y el paisanaje elitista de la parte más favorecida del Nuevo Mundo a la vez que el Viejo se resquebraja. Allí estará Hemingway, en el París liberado, fanfarroneando sobre su papel entonces, cómo no (¿y por qué no? ¡Es Hemingway!), en el Ritz de la Place Vendome: “Jerry siente fascinación por Hemingway. En el fondo, si se ha metido en ese berenjenal es para convertirse en…”. Sin saber quizá que el horror de la guerra exige enormes pagos a plazos de por vida: “Salinger es un romántico en 1940, un espía en 1943, un bipolar en 1945, y luego un agorafóbico y un gerontófobo hasta la muerte”. Oona nos llevará al Chaplin de El gran dictador, “A Charlie le bastaba con mirar a Oona para sentirse ligero. Quizá la belleza sirva únicamente para alejar la infelicidad”, pasando por el Orson Wells de Ciudadano Kane. Cómo no, sabremos un poquito más del autor de A sangre fría, no sin mencionar la estupenda interpretación que del mismo hizo el ya desaparecido Philip Seymour Hoffman.

Jerome David Salinger.

Jerome David Salinger.

Dice Beigbeder que “el judío Jerry Salinger vio lo que nadie debe ver”. Lo que nadie debe ver puede que nos lleve a la pregunta del joven Cauldfield sobre los patos de Central Park, quién sabe.

“Como las princesas de los cuentos de hadas, Oona vivió feliz y tuvo muchos hijos. Por una vez que esta fórmula suena a cierta…”

¿Qué veía o miraba Oona mientras Jerry se batía el cobre en el bosque de Hürtgen? (Busquen si no lo saben qué ocurrió allí) ¿El peso cada vez más insoportable de su apellido? ¿La decadencia del viejo cineasta del que sí se enamoró hasta las trancas? “Charlie Chaplin y Oona O´Neill almorzaban juntos en su casa del 1085 de Summit Drive”. Ni ve, ni mira, ni piensa en Salinger, eso desde luego, el hombre que nunca dejó de escribirle monumentos de patetismo vía postal; desde el frente: “Esta mañana se ha celebrado una misa. El capellán ha distribuido el cuerpo de Cristo entre los obuses y los heridos. Ha hecho comulgar a los muertos”. Todo el periplo existencial de Oona Chaplin —la belleza—, en el que caben comportamientos autodestructivos y el personaje público y cuanto alberga de musa pero también de un refinado gusto por lo estético, parte quizá —nos lo sugiere el perfil trazado por Beigbeder— de la máxima: “A lo mejor habría que prohibir tener hijos a los escritores depresivos”. En clara alusión al siempre ausente/presente Eugene O´Neill.

Cada nombre propio en Oona y Salinger desbroza el sendero de un espíritu creativo ajustando el tajo de machete en función de la historia que ha de contar. No queda punto en el viaje que no sea disfrutable. Hay una excusa que justifica bordeando casi de un modo invisible toda la obra. Si los mitos tratan de explicar, después de las muchas preguntas aquí formuladas, cabría quizá una última cuestión que licencioso recomiendo no tratar jamás de responder: ¿A dónde se van los patos de Central Park cuando llega el invierno?

Eduardo Flores

Autor/a: Eduardo Flores

Eduardo Flores (Cádiz, 1981). Autodidacta en el mundo literario ha sido soldado, estibador portuario y operativo de seguridad privada en África, entre muchos otros trabajos de lo más diversos. Es autor de los blogs literarios en internet 'La muerte del suspiro' y más recientemente 'La victoria de la carne'. En 2009 sus poemas formaron parte del libro colectivo 'Estrofalario' (Quorum Editores). Con la novela 'Una ciudad en la que nunca llueve' (Ediciones Mayi, 2013) hace su primera incursión narrativa en el mundo editorial.

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