El Misterio y la Constitución

El discurso de Nochebuena del llamado monarca tenía cinco folios y medio, alrededor de mil seiscientas palabras y en torno a diez mil caracteres (con espacios). Lo iba leyendo en una pantalla, cosa que no dejaron de delatar los movimientos de sus aristócratas ojos azules, reflejo de su sangre (azul y, por tanto, más dura que mármol a mis quejas, que diría Garcilaso) y a juego con su corbata. Cada paso de página (cada trescientas palabras, para ser más exactos) cambiaba de cámara, en un movimiento exquisito en el que apenas se notaba el giro del cuello (¿pilates?) y para el que no necesitó sillón rotatorio, como igualmente él no necesita puertas rotatorias, puesto que su trono es un perfecto y milenario bucle.

Las escenografías que enmarcaban cada uno de los dos planos alternativos eran (por este orden): una, el llamado popularmente Misterio, o sea, la representación de la Sagrada Familia en el momento del nacimiento del Mesías; otra, un (supuesto) ejemplar de la Constitución en cuyo lomo se podía leer con suma claridad (no hacían falta gafas) el título del volumen, ajustadamente colocado junto a una fotografía del llamado monarca y de su heredera (también de ojos y sangre azules), ambos con mascarilla (negra, sobria). Fuera de cámara se intuía (pero eso son meras suposiciones mías) un bote de gel hidroalcohólico poco constitucional, pero de un poder desinfectante feroz, con el que el llamado monarca se había lavado las manos, no ya antes de empezar a grabar el entrañable episodio navideño, sino desde el momento previo en que abordó –junto a su asesor de más confianza- la redacción de los cinco folios y medios del discurso.

Sonrió casi exageradamente al decir buenas noches, pero ya no sonrió más durante el resto del tiempo, quizás porque advirtió que no había modulado bien la sonrisa inicial (alegre en demasía para los tiempos que corren) y alguien le hizo señas desde detrás de la cámara para que aflojara esa alegría insulsa del primer momento. Culminó su fugaz aparición en nuestros hogares felicitando la navidad en euskera, en catalán y en gallego, también lo hizo en castellano, pero un minuto antes y con sintaxis más compleja, cosa disculpable en todo caso, puesto que es su lengua vehicular.

Felipe VI durante su mensaje navideño. La Constitución y el Misterio, al fondo.

Hasta aquí todo en orden, sin ninguna sorpresa. De hecho, como en años anteriores, yo perdí el hilo del discurso a los dos o tres minutos de comenzar, pero esta vez no por aburrimiento, sino porque me dediqué a desentrañar el significado de las escenografías paralelas, sí, la del Misterio y la de la Constitución.

Cuando tocaba el folio del Misterio me preguntaba qué hacían allí, en el salón del llamado Jefe del Estado, la Virgen, San José y el Niño. Reconozco que algunos ateos y demás gentes de poca fe (como es mi caso) montamos el belén en casa, en parte por devoción vintage y en parte por recrearnos con esas desproporciones tan divertidas que suelen darse entre un caganet que mide cinco centímetros y la palmera que tiene al lado, que difícilmente le supera en altura; pero una cosa es eso y otra sacarlo de fondo cuando, por ejemplo, practicamos la teledocencia o tenemos una reunión virtual con desconocidos. Me preguntaba, pues, qué hacía allí la Sagrada Familia, presidiendo el escenario oficial de un discurso oficial de un monarca oficial de un país regido oficialmente por una Constitución que en su artículo 16.3 establece el principio de aconfesionalidad del Estado (“Ninguna confesión tendrá carácter estatal…”).

Cuando tocaba el folio de la Constitución, me preguntaba por qué aparecía como un libro cerrado: ¿quizás para que se le apreciaran bien las letras doradas del lomo?, ¿quizás para que guardara silencio en fecha cristiana tan solemne y no se pusiera impertinente con su artículo 16.3? La aparición de la Constitución cerrada en escena me pareció muchísimo más misteriosa que el propio Misterio. Y así se me pasó el rato, yendo y viniendo de mi corazón a mis asuntos. Siento mucho no poder dar más detalles.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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