Metamorfosis

La novela con la que Juan José Millás ganó el Premio Nadal de 1990 (La soledad era esto) se abre con una cita de La metamorfosis de Kafka: “¿Es que deseaba de verdad se cambiase aquella su muelle habitación, confortable y dispuesta con muebles de familia, en un desierto en el cual hubiera podido, es verdad, trepar en todas las direcciones sin el menor impedimento, pero en el cual se hubiera, al mismo tiempo, olvidado rápida y completamente de su pasada condición humana?”. Así se anuncia la lenta transformación que, a raíz de la muerte de su madre, va a experimentar Elena, la protagonista del relato.

La muerte tiene siempre ese poder. Puede que sea un cuento eso de la resurrección de los muertos, pero de lo que no cabe duda es de que la muerte de unos transforma siempre y a veces resucita a otros: a los que quedan vivos. Nuestra pandemia es muerte, solo en eso se parece a la guerra, y observar la metamorfosis de los vivos empieza a ser interesante.

He conocido a un hombre al que el encierro le ha dado alas. De momento, tras cuatro semanas de confinamiento, son perfectamente apreciables algunas grietas en su envoltura sedosa, de la que se desprende un aroma a flores muy distinto del olor a reptil que antes tenía la crisálida. Pronto será mariposa y revoloteará por su biblioteca haciendo honor, al fin, al nombre que le pusieron los amigos adolescentes que le recriminaban su obsesiva afición a la lectura: polilla.

Mientras que definitivamente se hace mariposa, el hombre habla con conocidos a los que había olvidado y con desconocidos que le hacen llegar un amor y una compañía que jamás le habían brindado los conocidos. De esta manera a ratos es feliz y a ratos siente incluso un entusiasmo por la vida que solo puede interpretar como resquicios de la felicidad que un día tuvo y que le arrebató la muerte. Brasas. Y regresa a la melancolía.

Me cuenta que cada tarde, tras los aplausos, contempla extasiado el silencio de la calle y que entonces se siente como aquel monje gallego cuyo milagro una vez leyó en las Cantigas de Santa María: San Ero, quien fundara en 1149 el cenobio de Armenteira. Dice la leyenda que el monje salió una tarde a pasear por el hermoso bosque que rodeaba el convento y que, seducido por el sonido del agua de un arroyo y el canto de un pájaro, se quedó dormido durante trescientos años, al cabo de los cuales regresó a su comunidad para sorpresa y admiración de todo el cenobio.

Porque ocurre que él no quiere bajo ningún concepto que termine la cuarentena, no anhela, como los otros, salir fuera, porque ahí fuera no tiene amor a quien abrazar y teme que si ve los abrazos de los que se aman se vendrá abajo, perderá el don de volar y se volverá otra vez crisálida, es decir, recuperará su triste condición humana.

 

 

Imagen de portada: El Cíclope. Odilon Redon.
María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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