Conozco a tanta gente que detesta el cine de Eric Rohmer que casi me avergüenza poner aquí cuánto he disfrutado volviendo a ver Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud, 1969), quizá el mejor de sus Cuentos morales, por ser el más sutil, el menos obvio, el que menos se presta a la rápida enunciación de una moraleja. Qué hermosa esa aventura de una noche sin sexo, pero en la que no cabe imaginar mayor intimidad entre un hombre y una mujer. Y cómo entendemos su desenlace, la idea de que hay recuerdos que bastan para iluminar toda una vida, por más que sobre el núcleo mismo de lo recordado se imponga una cierta penumbra en la que quizá es mejor no indagar.

La historia es la siguiente: Jean-Louis, un hombre maduro y netamente conservador –la película insiste, por ejemplo, en su religiosidad– se deja arrastrar una noche a una especie de encerrona amistosa que le prepara un viejo conocido, a quien divierte la idea de confrontar al convencional Jean-Louis con Maud, una atractiva viuda de costumbres y actitudes más abiertas y mundanas. El planteamiento parece corresponder, como se ve, a la particular tesitura moral e ideológica de una Francia que acababa de conocer la conmoción revolucionaria de mayo de 1968 y se aprestaba, como todo Occidente, a asimilar el proceso de liberación de costumbres en el que se resolvió esa particular crisis de valores. La idea subyacente parecía ser ésta: ya que no podemos hacer la revolución, hagamos el amor de todas las maneras posibles y con todo el mundo que se preste, y ese gesto de liberación personal valdrá por todas las revoluciones aplazadas o perdidas… Ya sabemos cómo acabó aquello: un cierto desarme ideológico, que todavía arrastramos, unido a la generalización de unos modos quizá no del todo sensatos de administrar nuestras posibilidades de felicidad personal. Rohmer, que no era precisamente un reaccionario, acertó a retratar esa peculiar encrucijada casi en el momento de su nacimiento. Jean-Louis representa al sector más timorato de esa burguesía desconcertada. Como tantos, intentó dar la espalda a ese tiempo de cambio y apostar por la vieja manera de administrar los afectos. Y su encuentro con Maud representa un momento de duda, de puesta a prueba de sus convicciones.
Quizá el mayor acierto de la película sea que entre Maud y él no haya otra cosa que una larga noche de conversación. Sutilmente, Rohmer nos da a entender que la licencia para dormir con cualquiera que acababa de otorgarse la burguesía liberal europea no era quizá sino el aspecto más superficial del cambio de mentalidad en marcha. Jean-Louis duerme con Maud, se acurruca junto a su cuerpo desnudo, experimenta la posibilidad de una comunicación humana más intensa y sincera que la que deparan las relaciones convencionales. Eso es todo. Y quizá lo que causa la honda impresión de melancolía que deja la película sea precisamente eso: habla sólo de posibilidades; es decir, del ilimitado reino de la Imaginación.

