Mabuse el malo

Veamos: los cineastas de antes sí sabían quiénes eran los malvados por antonomasia. El padre de la protagonista de La calle sin alegría de G. W. Pabst (1925) pierde sus modestos ahorros en una crisis de la Bolsa provocada por especuladores. En el preámbulo de El arca de Noé (1928), Michael Curtiz muestra los paroxismos bursátiles de su tiempo como continuaciones directas del culto orgiástico al Becerro de Oro que ya denunciaba la Biblia. Etcétera. Desde luego, lo que no encontramos en estas películas es la moderna exaltación del as de las finanzas como encarnación de un cierto tipo de rampante masculinidad agresiva, según hemos visto más recientemente en filmes como El lobo de Wall Street (2013) de Martin Scorsese, por ejemplo.

Nada de esto encuentra uno en las películas que rozaron el tema en torno a los años de la Gran Depresión. O casi. Porque no hay duda de que el cineasta alemán Fritz Lang sintió alguna clase de fascinación hacia el malvado a quien dedicó nada menos que tres películas en un intervalo de casi cuarenta años, y a quien presenta, en su primera aparición, como instigador de un pánico bursátil. Nos referimos, naturalmente, al Doctor Mabuse, un personaje de novela barata en el que el reputado director encontró una especie de encarnación del espíritu de los tiempos.

Una escena de 'El testamento del Dr. Mabuse', de 1933.
Una escena de ‘El testamento del Dr. Mabuse’, de 1933.

El comienzo, en efecto, de la película de 1922 en la que Lang presentó a su archimalvado muestra cómo un sicario de Mabuse asesina a un diplomático para robarle el borrador de un tratado comercial cuyo contenido no debe hacerse público antes del momento de su firma. La sola amenaza de que el asesinato pudiera obedecer a la intención de violar esa cláusula desencadena el pánico entre los inversores, imaginamos que porque más de un turbio negocio dependía de esa condición de opacidad. Mabuse, que ha comprado esas acciones malvendidas, devuelve el documento sin desvelar su contenido, lo que provoca la inmediata revalorización de esos valores adquiridos de modo fraudulento.

Luego averiguaremos que el malvado Mabuse tiene otros poderes y habilidades; entre ellos, el de controlar telepáticamente las voluntades de sus víctimas. Pero, como hemos visto, para dirigir el flujo del dinero a sus bolsillos no ha tenido que recurrir a ellos: le ha bastado recurrir al viejo truco de manipular los terrores ajenos, en la seguridad de que quien aguanta el tipo en una situación de pánico indefectiblemente gana lo que los otros pierden. Y cómo no mantener la calma cuando uno es el causante de lo que aterroriza a los otros.

Los historiadores del cine han querido ver en estos siniestros malvados más o menos de fantasía que tanto abundaron en el cine alemán de entreguerras prefiguraciones del gran malvado por venir: el dictador Hitler y su régimen de terror. Es posible. Pero los directores de entonces no presumían tanto de poseer el don de la clarividencia como el de retratar realidades muy cercanas. Lo que Lang parece querer decirnos es que, entre la avidez ilimitada del especulador y la ambición también sin límites del megalómano con aspiraciones de poder no hay apenas escalones intermedios: si acaso, una progresión a mayor. La triste historia social, económica y política de los cien años posteriores no ha hecho otra cosa que confirmarlo.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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