Amanecer en el polígono industrial. Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.
Hace ya muchos años que vengo escribiendo sobre lo que escribe José Manuel. Rastreando en mis archivos han aparecido alguna presentación y un buen número de entrevistas, fechadas desde mediados de los 90 del siglo pasado, en las que los dos fuimos contando en las páginas del Diario de Cádiz la aparición de sus poemarios y novelas. En una de estas entrevistas, hace ya la friolera de 20 años, con motivo de la publicación de su sexto libro de poemas, Cuatro nocturnos, José Manuel me reveló algo que me conmovió y que con frecuencia rememoro. A propósito del poema que cierra ese libro, “El coro del alba”, y que representa el primer canto matinal de los pájaros, me explicaba que había leído en algún lugar que algunos científicos piensan que ese canto constituye una señal con la que los pájaros al despertar se comunican unos a otros que aún están vivos, que han sobrevivido a la noche.
En esa misma entrevista José Manuel confirmaba una vez más que su experiencia personal cotidiana es el sustento de su obra, que nunca intentó deslindar su vida de ella como hacen otros escritores. Pero hacía referencia al “doble tiempo” en el que trascurre nuestra vida y que definía con estas palabras: «Hay un tiempo social que es ese de la prisa, de buscar el triunfo, de hacer lo que se espera de ti, algo que todos padecemos pero que no deja poso. Con ese tiempo apenas aprendemos, sólo nos desgastamos. Hay otro tiempo, el de la convivencia, la percepción, la reflexión, la lectura y la contemplación, que es el tiempo que realmente sentimos pasar por nuestra conciencia, dejando su huella y la sensación de pérdida que supone sentir que se queda atrás”.
Pues bien, estas acuarelas que hoy nos rodean son el reflejo de ese “otro tiempo” de la vida de José Manuel, el fruto de la contemplación, la reflexión y la emoción del poeta a través de un código menos rígido, más libre y más abierto a las múltiples sugerencias, la imagen del instante vivido en los lugares cercanos, cotidianos, a modo de diario íntimo: La luz atrapada en los paseos por distintos escenarios de Cádiz con su padre o con su hija o camino del café con los amigos en la calle Libertad. La de después de la tormenta y su rastro de espejos en los charcos; el paisaje de azul intenso con La Casería de Osio al frente contemplado junto a Mari Ángeles desde el balcón de su casa en Puerto Real ; el campo, las lomas cercanas a su otra casa, la de Benaocaz y sus andanzas por el pueblo para comprar el pan o para revisitar su barrio nazarí, las copas de los árboles…y, de entre todos ellos, las palmeras, de las que destaca la tremenda diversidad que ofrecen sus penachos, lejos de la tópica e infantil representación en abanico.
No faltan en este friso de momentos vividos las imágenes captadas en Barcelona, ya casi otra ciudad propia al reclamo de su hija Carmen, ni la de otros lugares de experiencias queridas, como Punta Umbría con su increíble cita literaria Edita propiciada por Uberto Stabile, el jardín de Aranjuez convertido en ilustración de libro o la admirable ciudad barroca de la Braga portuguesa.
Un sugestivo diario plástico, en fin, en el que nuestro artista, tal y como él mismo lo expresa, no busca reflejar lo bonito sino hacer propio y amable lo que para un ojo poco avezado y menos amoroso pueda parecer insignificante o feo. Y así, José Manuel consigue atrapar, como lo hiciera con su cámara el mítico fotógrafo Cartier Bresson, sus instantes decisivos.


