El estribillo de Bares de putas contra las paredes del bar, el garufa estribillo, y los gestos de asco en la cara de las dos treintañeras que toman una caña, el road-pop que ruge sobre los jubilados que maltratan su mucho ocio hablando de Ayuso y Pedro Sánchez y el Atlético y el Madrid, los cincuentones canosos que aguantan mal cien rondas de botellines y porros del mañaneo fuera del bareto, los críos que no pueden revolotear más, y cabrean a la peña, los padres a sus cañas, veinteañeras que llevan a sus matchs, mazados, sonrientes, bien vestidos y turbios, y hablan con la intensa falsedad, ambos, de algo que saben apenas continuará, la canción que acompaña el tamborileo de la palma de la mano contra la barra metálica, y una carcajada agotada, rota de alcoholina y fantasía dominical, una hilaridad destemplada y añeja, burlesca y fatal, como de otra época, los ochenta, de otro tiempo, el garito Cañí de la calle Santiago durante el Madrid de La Movida. Bares de putas. El road-pop que entona al cuarto y quinto botellín, al segundo vermouth Antonio Bartrina.
Canta. Está cantando. Han aparcado unos minutos las birras enteras, a la mitad, con dos sorbos, con tres. Van pasados de bielas. Hay dos notas alegres, joviales igual que niños traviesos. Hay un par de tías también, de la misma edad, cuarenta y tantos largos, que al dictar el final de cada estrofa, chimpún, y al escuchar las imágenes soeces, emplazadas en versos breves, un condón recauchutado, un condón de garrafón, se les escapa una breve y contenida risa que apenas entorpece el ritmo de la canción, como preparando el aplauso final, adelantándose a la explosión de felicidad, desparrame, vida que seguirá cuando Bartrina calle, tras aguantar las vocales de la palabra bares, de la palabra putas, durante unos segundos como chulería que suena a feliz desafío, a paso de todo, me lo estoy pasando bien, al igual que mis colegas.
Canta. Canta rodeado de esta panda que hasta conocerle en el bar nunca habían oído un solo tango de Malevaje, ni sabían que él mismo es el vocalista de este grupo que en cada concierto homenajea a Gardel versionando alguna canción de las muchas que compuso el intemporal porteño, uruguayo nacionalizado argentino, o francés nacionalizado argentino. Malevaje, la canción del maestro Gardel.
Canta. Canta por la cara. Hoy invita. A tercios. A botijos. A vermouth. A vino. Es generoso. Jodidamente generoso. Como la amistad. Como la juerga. Hasta el derroche.
Canta. Pero no es un tango.
–Qué es un road-pop, Antonio?
–Pues eso, música pop y carretera.
Bares de putas. Como una queja entre insultante y cansada que advierte del insaciable y cabrón paso del tiempo, las ferias de masculinidad que antes hacían gracia en los garitos, incluso a las tías, y ahora desprenden ese olor agridulce de la gente que se sabe en retirada, y por ello cornea. Nostalgia de los ochenta. De los noventa. Lujurias decadentes. Se han equivocado de bareto las dos chicas que se quejan airadamente en alto y juran jamás volver, flipando bastante, estamos en otra historia y en otro lugar, cómo es posible, qué asco, qué gentuza, aquí no vuelvo, tía, no vuelvo, porque hay que ser políticamente inclusivo, políticamente correcto, feminista confeso, de pensamiento, palabra, obra y omisión. No es sitio para ellas. La sororidad aquí tiene la forma del comercio, la fachada del mercado, la atención que te presta la tendera tras su puesto en la galería comercial. Porque el tema apenas desentona en un bar donde a diario hay nenas que devoran langostinos con las manos coronadas por uñas postizas, blancas y rosas alternas, gritan hijueputa a los clientes más atentos a la televisión que al falso derroche de una sexualidad femenina que escala con cada copazo, y las camareras arrugadas que en sus ratos libres se rocían cocidas como pulpos el escote con el vino blanco de otros clientes, y coquetean con gitanos analfabetos cuyo vientre embrutecido por la mala alimentación explota contra la camiseta moteada de caspa. Pavas entradas en edad, pavas del otro lado del charco y con una falsa lascivia presionándoles la campanilla que fanfarronean, vociferando a lo bestia, abriendo los morros, profiriendo interjecciones sin rumbo, dicen que van a enseñar las lolas. Que van a quitarse el ajustado top que defiende un pecho prominente y deslenguado, ácido y disuasorio, producido por la cirugía barata de un compatriota compasivo.
La gente del antro de Bares de putas, de carretera
No. No es lugar para que dos chicas a punto de entrar en la cuarta década de su vida hablen de sus maridos, de sus hijos, del curro, del último notas con quien han tonteado en aplicaciones de contactos, y les hace gracia. No. Aquí, Virginia Díez habría bailado con insumiso desparpajo de tanguista una de sus coreografías de espalda encorvada y rodilla doblada al pecho, la falda abierta que muestra un momento más arriba para después recogerse en un compás esquivo que dice este es mi territorio y aquí mando yo, sígueme un momento, y luego vete.
En este antro huele a letrina de las áreas de descanso que salpican las autopistas, una mezcla de sudor, gases provocados por el vino y la cerveza y coles cociéndose. Casi al atardecer. Tiene algo de Margot. Es Margot. Y hay poesía, como en esta canción de Gardel que versionó Malevaje, elevándola a otro estadio de expresión artística en la cual el novio despechado arma un resentido reproche contra la chica que le ha abandonado para disfrutar de las ventajas de liarse con un gil con plata, un magnate de yuguillo, el canto a la secuencia de sentimientos excesivos y traiciones, desquiciamientos temerarios y alegrías intermitentes, pasiones desmedidas, ira y desprecio que antecede y sucede entender el emparejamiento como vehículo de progresión económica, matrimonio, el noviazgo como antagonista del amor pasión.
–El tema viene que ni pintado aquí.
–Y tanto.
Fuera, en la plaza, un pavo de unos sesenta palos dentro de su monovolumen de alta gama espera a una de esas mujeres para hacer qué, y yo qué sé para hacer qué, ir a comer, tomarla en otro lado, sobarse en el asiento delantero, y la matriarca del clan, la supervisora de los hábitos de desubicación y euforia alcohólica de su manada, tan destemplada, tan violenta, tan febril los sábados y los domingos, aprueba la decisión con un rictus en sus labios operados que algo tiene de eh, ese ñolpi te interesa porque tiene plata, las estrategias de supervivencia y de progresión en la vida, el ascensor social de quien viene de abajo y aspira a vivir en un piso bien comunicado, delirantemente céntrico, con muebles de roble y salón rococó. Como Margot.
Este es el antrazo donde escuché Bares de putas.
De carretera.
Hace cuánto.
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Vi por primera vez en directo a Malevaje no tengo claro si en 2000, pero es seguro que en la inauguración de Amor Brujo, un garito de Príncipe de Vergara donde paraban opositoras a jueza y flamantes publicistas con don de gentes y esa verborrea comercial de quien intenta colártela, abogados y abogadas en primeros años de ejercicio, monadas de perfil frágil embellecidas por vestidos de noche comprados con la idea de salir las noches de los jueves, profesionales de desplantes y aciertos que eran habituales de esos locales que inundan Alberto Alcocer donde los beneficiados por la burbuja inmobiliaria buscaban suerte en el mercado de parejas, y cerraban al amanecer, antes del reinado total de Liberata y Mármara. Muchos iban de palo. Otros se habían criado entre algodones, sin problemas de dinero y un MBA en ese país que no es tal sino una casa de apuestas, un casino, una subasta permanente, como Madrid lo llegó a ser años después.
Yo iba de gorra. Me había pasado una camarera con la que estaba enrollado, pero ahí yo pintaba poco, o no pintaba nada. Nada.
Esa noche la clientela parloteaba sin descanso, gritaban con saña interrumpiendo el concierto, pasando de la música, despreciando el tango, poniendo de los nervios a Antonio Bartrina, y Antonio Bartrina, el cantante de Malevaje, los mandó callar con un exabrupto amplificado por el micrófono que puso contra las cuerdas los modales de escuela de negocios del personal, macarra como solo puede ser macarra un cantante de tangos que habla de farras y días sin dinero y neveras vacías y las estimulaciones en el bajo vientre que provoca el revoloteo de la pollera, el perfume de mujer que deja un rastro de ilusión y lejanía, e invita a cruzar dos palabras con ella, aunque haya que encajar otro fracaso. Los mandó callar.
Y se acabó el buen rollo.
Descojonándome, esa noche comencé a respetarle.
Quiero decir que comencé a respetarle más. Llevaba escuchándole una década.
Quiero decir que le admiré. Comencé a admirarle.
***
En las heladas aguas del desencanto, mientras el rock radical vasco imponía un ritmo celebrado y odiado según te movieras por los bajos de Aurrerá o el barrio de Salamanca, mientras las varias movidas eclosionaban, mientras Camarón emprendía un cambio en su estilo, cosechando críticas de los puristas del flamenco y alabanzas de la crítica más partidaria de lo mestizo, Malevaje pasó del patrioterismo musical y se sacó de la manga una correcta exportación del tango que descolocó al personal, y también gustó. Tango cuando nadie hacía tango, cuando los vinilos de Polaco Goyeneche, Edmundo Rivero, Fiorentino, Julio Sosa, Roberto Rufino, Adriana Varela y, claro, Gardel, los guías que Bartrina considera influencias claras, estaban olvidados, cubiertos por capas de polvo, al fondo del cajón superior del viejo armario donde guardan en las casas la ropa inservible, sobre abrigos protegidos por plástico y polil, y camisas pasadas de moda. De dónde le venía a Batrina esta pasión por la música que encarnaba, como afirmó Ernesto Sabato, el desajuste, la tristeza, la frustración, el ser dramático, el descontento, el rencor y lo problemático de haber nacido en Argentina. Y qué tenía que ver el Madrid de los ochenta con Argentina.
Germán Pose dedicó una serie de perfiles a homenajear al personal de los ochenta donde dejar hablar a los entrevistados con sus giros, sus expresiones, sus obsesiones y sus vicios, pura palabra viva, un libro más para ser escuchado antes que leído y que lleva por título La mala fama. Fue publicado por la editorial Berenice en 2017. Antes, las piezas aparecieron en El Estado Mental. Aquí se retrataban a sí mismos Jorge Ilegal, Enrique de Castro, Fernando Estrella, Johnny Cifuentes, Mariví Ibarrola. Uno de los perfiles publicados lo dedicó a Bartrina. En una de las fotos que ilustran el texto, el cantante, sonriente y con gafas de sol, abre los brazos en actitud entre chulesca y simpática, como presentándose ante un público ausente, un público que no puede estar, derribando su imagen pública de farrero, de macarra con el que hay que andarse al loro.
–Ese libro está de puta madre. Sale un montón de gente.
–Algo he visto.
En ese perfil, el vocalista de Malevaje cuenta que creció escuchando a todos ellos, que su abuela iba por la calle, en el Barrio Maravillas, cantando, aun cuando no fuera capaz de descifrar el sentido de las letras hasta la adolescencia, los dieciséis años, y al decirlo, parece sugerir que interpretar a los tangueros en la edad adulta significó para él una vuelta a la infancia, la patria de cualquiera, y a la primera juventud, cuando la guerra cotidiana se hace contra las emociones ajenas, y las propias.
–Luego, los cantaba cuando nos mamábamos.
Malevaje y Antonio Bartrina. Malevaje rastrilló los márgenes de la movida madrileña con un ruedo de tangos que cantaban a la farra y a la porteña que desvía la mirada o sonríe con suficiencia, actriz de alfombra roja, y también al erotismo de la horquilla que, al doblegar un mechón rebelde, vuelve a la madura, a la casada, a la soltera una temeridad de vino y delicadeza, una estatura de coquetería y rubor. Antonio Bartrina deshoja el tango, verso a verso, con su voz garufa y cañí, y en el escenario se tira a la calle, entra en garitos, se emborracha por desesperación, se queja porque no tiene nada para comer, recorre calles amenazadas por el blandir de broncas, le susurra canciones a esa chica loca por que le canten al oído, le pasen la mano por la cintura, le acaricien los labios con el cuello de otro botellín, simulando un beso que tardará tiempo en darse. Como hace cuatro décadas.
–¡Joder, así estaba el patio entonces!
Así era el patio.
Y Virginia Díez bailando al ritmo de Margot, asumiendo la personalidad de Margot, reventando el escenario con una sensualidad que captura la última rama de sensatez y hace enloquecer por deseo y por urgencia. Hay en esas canciones rotas donde la desesperación le hace el juego al deseo apasionado, la mala ostia a la alegría, algo que, inevitablemente, es nostalgia por un tiempo y una gente que ya no está. Se han ido.
Cantar con ternura
La decoración del salón guarda la claridad de un orden como falsamente improvisado, pero resuelto con el estilo propio de un tiempo en clausura, los cuadros de un kitsch que sugiere viveza y melancolía al tiempo, los libros apilados en la estantería blanca, el optimismo y la farra flotando, los módulos del sofá en torno a una mesa baja donde se sentarán colegas, músicos y periodistas y fotógrafos y acaso Jorge, que regentó Tararí hasta que traspasó este club ponferradino hace no tanto y les visita de cuando en cuando, mano en el bastón, boina en la cabeza e idea de quemar la tarde y toda la madrugada con energía adolescente, hasta florecer. Una ilustración de Torpedo agarrando una pistola y gesto chungo de no andarse con gilipolleces. Un aguafuerte de medio cuerpo de su pareja. Semblanzas de una historia donde veo lírica y color, mucho color, y algo de reivindicación contra un presente que apesta a naftalina.
El cielo tan claro de Madrid chorrea por la ventana anegando la casa de una luz que mima los lomos de los libros en la estantería, la mesa de cristal donde han desparramado papeles sobre unas gafas y utensilios de costura. Atrás queda la rectitud franquista que desprende el vecino cerca de los ochenta que mira como disculpando que tu presencia le incomoda, y entre breves y dudosas zancadas se pierde por el recibidor del edificio, rumbo a la calle. Pero también sorprende la gratitud y la amabilidad de la portera que sonríe al saludarte y te pregunta dónde vas, y te acompaña hasta la puerta del inmueble. En otro de los pisos, vivió hasta su reciente fallecimiento Ramón Masats, este inimitable fotógrafo que espoleó el franquismo con sus retratos de lo cotidiano, de la periferia del espanto, y es en cierto sentido maestro de García-Alix, o al menos un antecedente sin el cual es difícil interpretar esas fotografías de yonquis chutándose, travestis en servicios públicos y mujeres meando. García-Alix es buen amigo de Antonio Bartrina. En la Clamores, junio de 2022,a la hora del aperitivo, como un aquelarre golfo y diurno donde los nostálgicos de la contramovida pedía una ofrenda que les devolviera la idea de libertad sepultada ahora bajo un estercolero de desechos y derechos de propiedad, ansiedad por acumular caprichos y aspiración por ganar más dinero, allí, ante un púlpito fiel, Malevaje continuó con su gira, a punto de cumplirse sus cuarenta años en la carretera. Durante siete u ocho años, tocaron casi todos los meses en la sala Clamores. Luego la cosa se cortó, y volvieron a llamarlos hace unos años. Eso dice.
Estaba Ana Matías, Premio Nacional de Grabado. Estaba el periodista Germán Pose. Estaba el mismo García-Alix, que en ese momento inauguraba una exposición en el Botánico que llevaba por título Fantasías en el Prado y se perdió después del concierto con su voz ronca y el petardeo de la Harley por la calle Alburquerque. Una profesora de yoga que ya no daba clases de yoga y que en su juventud estuvo anónimamente fascinada en la multitud por el joven y muy atractivo Antonio Bartrina, con esa morenez que encadena pérdidas y sueño, colgada de mi brazo.
La portera me indica con una sonrisa cuál es el portal donde vive el cantante.
–Es aquí.
Aquí.
Dentro del apartamento hay flor y hay claridad, mucha luz, quietud y al tiempo juerga, apertura al mundo y cerrazón al presente, un presente de dictadura digital y ritmo prefabricado que tan poco le hace gracia.
Me siento. Pregunto.
–Lo que hacíais vosotros era tango rock.
–Lo que hacíamos al principio. Los músicos no sabían tocar tango, solo rock, por eso nos salía con un cierto roquerismo. Era una cosa extraña lo que hicimos. La gente estaba muy abierta a todo lo que salía.
–¿Cómo fue al principio?
–Fue una serie de causalidades. Pensábamos que iban a ser cinco o seis conciertos, y la cosa se alargó. Luego, Dro nos propuso grabar un disco. Les pareció una cosa curiosa. Y el disco se vendió bien. Ahí empezó el lío. Después de eso, nos ofreció un contrato para hacer otros tres.
–O sea, que hicisteis eso, tango rock, hasta que conociste a Osvaldo Larrea, el bandoneísta.
–Osvaldo fue quien nos enseñó a hacer las cosas bien, con sabor a tango. Aprendimos a hacer las cosas como hay que hacerlas.
Parece sugerir que la colaboración con Larrea fue determinante en la evolución de Malevaje, que hay un antes y un después de Larrea.
–Hemos aprendido mucho. Ahora tocamos un tango más clásico. Al comienzo, era un ritmillo, como de marcha, como de rock. Estaba Eddy a la batería.
Todo esto lo ha contado bien Germán Pose en su perfil.
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La grabación que sortea el pulso al que le reta la débil realización que gobierna la sucesión de imágenes, como antigua, manual y rudimentaria, los rótulos pasando bajo los músicos con letra sin serifa, la letra blanca, Bartrina con una pierna doblada sobre el amplificador rasgando la guitarra, Edy Clavo a la batería, Fernando Gilabert con la cabeza agachada sobre las cuerdas del contrabajo marcando la melodía que Virginia Díez contesta con diapasón tirano, cómo puede alguien seducir tanto, las patillas, sobre todo las patillas, y la desmesura de ella, la bailarina, la impostora, una medusa que arde, humea.
–Virginia se comía el escenario.
Está también Ramón Godes, otro de los fundadores de Malevaje que provenía de Los Coyotes, y que Bartrina define como “un tipo serio y competente, elegante y fino guitarrista”, con quien dio su primer concierto en El Salero, un 13 de febrero de 1984, junto a Gilabert y Clavo.
Osvaldo Larrea enfocado en picado por la cámara tocando el bandoneón. Sobre los tres pivota todo el vídeo. Bartrina, la Díez y Osvaldo Larrea. El bandoneísta, sentado, pliega su cabeza alopécica donde resisten rizos canosos sobre el instrumento. No solo aparece en esta grabación. También interpreta un papel breve, pero divertido, tocando encima de una nevera, en Arroz blanco, el tango compuesto por Bartrina que es un homenaje a las noches de farra y tango, bebida y diversión, de garufa consumado, cuando el cantante subía con precariedad alcohólica los escalones de su casa, y se cruzaba casi a diario en el rellano con un vecino talludo que se dirigía al curro, más allá del amanecer.
–Me interesa bastante el video de Margot.
–En aquella época, los ochenta, hacíamos mucha televisión. Televisión empezamos a hacer enseguida. La primera vez creo que en el 85.
–Y es cuando conocisteis a Osvaldo.
–A Osvaldo le conocimos en un estudio. Estábamos grabando Margot, y yo entonces conocí a un cantante de tangos, de los pocos que habían, que cantaba en un restaurante argentino, se llamaba, cómo se llamaba, no me acuerdo ahora, y entonces él sabía que estábamos grabando, y era amigo de Osvaldo, y Osvaldo estaba de gira por Europa, de gira turística.
–¿Y tocaba en un grupo, él?
–Él tenía una orquesta. Tuvo una orquesta en Buenos Aires. Dos orquestas. En la radio. Y él era el director de las dos orquestas.
–Y él tocaba ahí el bandoneón.
–Claro.
–Y os fue a ver y flipó.
–Y entonces este hombre, que no me acuerdo ahora cómo se llamaba, bueno el caso es que le llevó al estudio, para que nos conociéramos, porque le comentó que había un grupo de gente joven, porque en aquella época en Argentina a los jóvenes no les gustaba el tango, porque lo identificaban con el régimen militar. Y entonces lo trajo, al estudio, y nos lo presentó. Y le liamos para que grabara un par de temas con nosotros, y grabó un par de temas con nosotros.
–Entre ellos Margot.
–Margot y Aquella cantina de la ribera, me parece, que salieron en el disco Margot. Y entonces, nos gustó mucho, claro. Y entonces ya le hablamos de que se vinieran a tocar con nosotros a España. Entonces cuando acabó, se fue a Argentina, acabó su gira turística y se fue Argentina, y volvió, a tocar con nosotros, y se quedó en Madrid, estuvo seis o siete años, estuvo con nosotros. Y luego ya es que estaba muy mayor. Ya se ponía los zapatos cambiaos de pie, y su mujer le dijo que se iban. Y se fueron.
–Él, ¿qué edad tendría? ¿Sesenta años?
–¿Él? Más. Tendría sesenta y muchos. Y cuando se fue tendría setenta y varios. Y nada, y se fue. Luego iba yo a Mendoza. Él vivía en Mendoza. Y luego fui yo varias veces. A Mendoza, a trabajar con él allí. En música, discos.
–Parece afable en los videos.
–Era muy alegre. Muy afable. Hablaba con todo el mundo. Era muy amable. Muy gracioso era, además. Filosófico. Decía, a mí me llamaba Tucho, decía Tucho, no hay milagros. O sea que las cosas había que hacerlas, había que trabajarlas, que no hay milagros. Vivíamos en la misma casa todos. Él vivía en el cuarto, me parece. Celestino Albizu, que era el percusionista, vivía en el tercero, y yo vivía en el quinto. O sea que la casa era, la habíamos tomao, ahí, en la plaza de los Moscences, y ahí hacíamos las cosas.
–¿Porque cambiasteis de músicos?
–No. Edy, el de Gabinete, se fue con Gabinete, porque ya no podía mantener las dos cosas, y entonces vino Celestino Albizu, que era un percusionista muy bueno, vamos, sigue siendo un percusionista muy bueno, y es el que se quedó con nosotros, con el que empezamos a viajar por Europa.
–El único que ha estado contigo desde el principio es Fernando.
–Sí, llevo con Fernando toda la vida, ¿sabes?
–¿Desde los tiempos de El Salero?
–Sí.
Tengo que soltar la imagen, y me siento patoso tras hacerlo.
–Fernando Gilabert no sé si es un contrabajista que adora el instrumento que toca o es un contrabajo que se toca a sí mismo.
–Es la ostia, el Fernandito.
Al menos en los últimos conciertos, le he visto arrancarse con un par de rancheras, donde también asume la voz, Bartrina detrás del escenario, del cual vuelve con un botellín o un vino cuando Gilabert finaliza su solo.
–¿Falta mucho?
–¿Para qué?
–Para que acabes con las preguntas.
Quizás, en otro momento, hubiera contado más anécdotas, historiado su narración, quizás me he equivocado en la estrategia que planeé para la entrevista, pero hoy no quiere hablar más. Cruza y descruza los dedos, apoya los codos sobre la mesa, mira al techo, a las paredes, se desentiende de mis preguntas. Lejos queda el gesto optimista de otras ocasiones serpenteando por su cara como una cicatriz cuando evocaba los bolos en Clamores, Café Berlín, los primeros de El Salero. Son más ricas las entrevistas informales, sin grabadora, en los bares.
–No, qué va.
–Pues vamos a tomar una cerveza, ¿no?
Tango errante y sentimental
Volvemos al bar donde escuché por primera vez Bares de putas, y recuerdo al resto de la parentela tamborileando la barra metálica, observados por las dos chicas que hablaban de sus cosas, los jubilados acodados en una mesa alta junto a una montaña de cajas de cartón vacías, alguna mujer que se sienten interpelada, y en cierto sentido cómoda al oír el estribillo de la canción, y la sonrisa congelada de Carmen que anega el ambiente festivo, la sonrisa que apenas se tuerce, limpia, y descubre una dentadura de cerámica sanitaria, el perenne buen humor que festeja la vida, bendice la fiesta, aplaudiendo, riendo como quinceañera cuando todos repiten el título de la canción, tras la estrofa final, alargando la a, alargando la u, enfilando la ese hacia el destierro definitivo, la estrofa final:
«Hoy os canto con ternura
Porque se me pone dura
Cuando escucho esta canción».
Y recuerdo la palabra que salpica el tema, «chimpún», la única que pronuncian los colegas.
Es una mañana fría de septiembre que poco a poco ha ido templándose, después de un agosto incendiario, y buscamos el calor en el interior, junto a los jubilados y los abuelos que maltratan su tiempo con botellines en la mano y la mirada fija en las imágenes publicitarias que retransmite la televisión, la chica que cruza el plató de ese programa de entretenimiento. Antena 3. Vaya coñazo. Los últimos compases de la semana laboral imponen su ritmo y hasta la tarde el bar no estará concurrido. Apenas hay gente, pero sí muchos taburetes libres, de color celeste con respaldo, asientos que simulan madera, y nos acomodamos sobre un par de ellos junto a la barra.
–La canción es de Julio Bullón. Tenía un bar, el Cañí, en la calle Santiago. Allí cantaban gamberradas una pandilla.
Julio Bullón, tabernero y pintor, era el vocalista de Los lamentables, un grupo que se fraguó durante los años de la movida madrileña, y de quien apenas ha sobrevivido un puñado de canciones, entre ellas la coreada Bares de putas.
–Tocaban antes de las peleas de boxeo, pero solo sacaron un disco, 25 años sin éxitos. No quería que su hija pensara que era alguien ridículo.
Bullón falleció en 2011, pero Antonio Batrina evita decirme a causa de qué enfermedad, y sonríe como si no hubiera pasado años, ni siquiera horas, y la farra continuara siendo esa ética que guía actos de vida.
–Era todo un personaje –lo dice con esa mezcla de alegría y nostalgia, sueño y vitalidad que define el afecto y tal vez la admiración– Tenía otra canción, Me sabe mal, que dice así:
«Me sabe mal
Ponerme el albornoz de tu marido.
Que pague
Los dos gramos que nos hemos metido.
Nunca sabrá
Lo que hago cuando estoy aquí contigo.
Pero da igual,
Al fin y al cabo es mi mejor amigo».
Sonríe consciente de la boutade, de la provocación que, sin embargo, anima carcajadas o, en el menor de los casos, muecas de complicidad, antes de entonar en voz media el arranque del tema. Aún pueden encontrarse en la red la actuación que Los Lamentables contrataron con TVE, sin fechar, donde un Julio Bullón vestido con traje, corbata y sombrero negro, y gafas de sol también negras, canta con otros compañeros del grupo, los mismos que le ofrecieron el homenaje tras su muerte en la Sala del Colectivo La Latina, donde Batrina también interpretó algún tema.
Hay un escándalo de conversaciones, vasos y platos contra las mesas y anuncios de televisión, el quejido de luces y ritmo punzante de la tragaperras, odiosamente comercial, odiosamente casinero, que a unos repugna y a otros engancha, y salimos a la calle para echarnos un cigarro. El cigarro que no podemos fumar.
–¿No llevas demasiada ropa?
Es el tiempo variable de septiembre en Madrid, como el humor de la conversación, que aguijonea para volverse con el paso de los minutos amable. Hartazgo y risas. La mañana fría ha cedido ante los veinte grados de las dos de la tarde, y sobra la chaqueta. El otoño tan solo se ha asomado por la puerta entreabierta, ha saludado y ha vuelto al colchón hasta dentro de unas semanas, cuando castigue con lluvia intensa un día y catorce grados con cielo despejado el siguiente.
Salimos. El chasquido del mechero promete jarana, pero la primera calada estropea el sabor suave y afrutado que el vino antes ha dejado en el paladar, el final largo en notas dulces y tostadas, vainilla y ligeros tostados, como dice la ficha de cata. Terroir de Ribera del Duero.
Luego, el silencio entre los dos, la pasajera sensación de fauna y cotilleo y simas de soledad compartida. Una vecina se acerca a saludarnos. Como cierta brisa de conformidad da lucidez a su cara escondida tras las arrugas. Presume, con la temeraria desenvoltura que imprime la dictadura de la adicción, que lleva varias semanas sin probar una gota de alcohol, que solo bebe cero cero tostada, con algo más de azúcar que la normal, y yo, para mí, dirigiendo la mirada a los estantes repletos de botellas de ron y whisky y ginebra y vodka, le deseo suerte. Mucha mierda.
Ahora quiere arreglarse la boca.






Espectacular
Se te olvida algo importante, Ramon Godes, guitarrista, compositor, miembro fundador y parte fundamental del grupo…
Venía de Los Coyotes y tiene una trayectoria impresionante como compositor, guitarrista y pianista.