Para celebrar el centenario del nacimiento de Ingrid Bergman nos acordaremos, no de la bobalicona muchacha sin rumbo que encarnó en Casablanca (1942), ni de las atormentadas mujeres que interpretó para Hitchcock en Recuerda (1945) y Encadenados (1946), sino de las espléndidas mujeres maduras a las que dio vida en Indiscreta (1958) de Stanley Donen y Flor de cactus (1966) de Gene Sacks, en las que reconociblemente está basada el personaje que interpretó para Bergman en su última película, Sonata de Otoño (1978), cuatro años antes de su muerte.
No abundan, dicen, los buenos papeles para actrices maduras, y menos los que las muestren como mujeres atractivas y dueñas de su destino. Pero éste es justo el caso del personaje que Stanley Donen ofreció a la Bergman para su película de 1958, cuando la actriz contaba con cuarenta y tres años. Donen conocía sus clásicos y sabía que reunir de nuevo a Cary Grant y a la actriz sueca era invocar la perturbadora Encadenados, filmada doce años antes. Para conjurar ese fantasma, el director presentó a su actriz de un modo típicamente hitchcockiano: en primer plano y a punto de emitir un grito de horror. Pero no hay de qué preocuparse: el susto obedece sólo al sobresalto que le produce a la protagonista –una actriz madura llamada Anna Kalman– tropezarse con su ama de llaves en el piso al que ha vuelto sin avisar a nadie después de un fallido romance en Mallorca. Conjurado el fantasma de Hitchcock, Donen se adentra en un terreno que llegaría a dominar a la perfección: la comedia de la sentimentalidad adulta, con su mezcla de cinismo y romanticismo, inadvertencia y desfachatez, desenvoltura y elegante respeto a las convenciones.
Indiscreta, a diferencia de Dos en la carretera o Lío en Río, es anterior a la revolución sexual de la década de los sesenta, pero se adelantó a ésta al enunciar una verdad tan evidente como soslayada hasta entonces: que dos personas adultas se bastan y se sobran para establecer entre ellos los términos en los que quieren basar sus relaciones, aunque desplieguen ante los demás una delgadísima cortina de disimulos. Anna Kalman cede a sus impulsos y acepta mantener una relación con un hombre casado. Y lo que desencadenará la comedia será el descubrimiento de que el amante en cuestión ha mentido al respecto: no está casado, sólo lo finge para evitar que la mujer quiera llevarlo al matrimonio… A partir de aquí, quedan progresivamente desmontadas todas las convenciones vigentes: lo que antes era un trato caballeroso (el amante presuntamente casado había declarado lealmente su situación a la actriz) se convierte ahora en una situación ligeramente incómoda para esa misma mentalidad cínica, pero respetuosa al fin y al cabo de las convenciones… Un hábil juego de bambalinas precipita el desenlace. Y lo que permanece en la memoria del espectador, en vísperas de una década que iba a exaltar hasta el empalago el don de la juventud, es el maravilloso espectáculo de dos adultos disfrutando libremente de su madurez.
Gene Saks forzaría una variante del argumento ocho años después, en Flor de Cactus, cuando la Bergman tenía ¡cincuenta y uno! y era todavía una mujer plena de atractivo, que hace que no dudemos en ningún momento que el protagonista masculino de la película, un dentista maduro interpretado por Walter Matthau, la terminará prefiriendo a su amante veinteañera.
Doce años después, el director sueco Ingmar Bergman reparará en esta faceta de su compatriota –el atractivo incluso sexual de la madurez– para oponerla a la fragilidad juvenil en el drama Sonata de otoño, en el que una madre en la plenitud de su atractivo y su carrera desencadenará las inseguridades y resentimientos de una hija desatendida e inmadura. La opinión general ha preferido mantener lo contrario: que esa plenitud vital corresponde en exclusiva a quienes apenas han rebasado los límites de la adolescencia. Pero es mentira.


