Los conocidos

Quizás la diferencia entre una sociedad culta y una inculta pueda comprobarse en cómo se trata a los desconocidos y en qué uso se hace de los conocidos.

Las sociedades incultas rechazan lo extraño, les aterra la otredad, desprecian al desconocido, así los indígenas americanos que corrían asustados ante los primeros colonizadores españoles montados a caballo, y así los propios colonizadores de aquélla y otras épocas, que por lo común han procedido a exterminar al indígena hasta convertir el territorio conquistado en territorio conocido.

En las familias de la Cosa Nostra –según todos pudimos aprender en películas como El Padrino (1972) o Uno de los nuestros (1990)- se decide sobre quién vive y quién muere según sea, respectivamente, conocido o desconocido: “Nunca vuelvas a decir lo que piensas a alguien que no sea de la Familia” (Don Corleone a Sonny); “Para ser miembro, había que ser cien por cien italiano y tener parientes en la madre patria. Era el honor más alto que ofrecían. Quería decir que pertenecías a una familia. Quería decir que nadie podía meterse contigo. Y, además, que podías meterte con todos a menos que fuese un miembro” (Henry Hill).

La confianza en los desconocidos suele apreciarse como peligrosa o, en el mejor de los casos, reveladora de una inocencia loca, temeraria y ególatra (“Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos” suspira Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo). En cualquier caso y por lo general, la confianza en los desconocidos emerge de una moral agudamente individualista, ajena a los consejos en los que nos han educado. Una hermosa película de la que no recuerdo el título y que trata de encuentros y desencuentros azarosos en una terminal de aeropuerto culmina con esta cita: “Si te encuentras con un desconocido, sé amable con él, puede venir de un profundo sufrimiento”.

Marlon Brando en una escena de 'El Padrino'.

Marlon Brando en una escena de ‘El Padrino’.

En muchos países europeos las personas que comen en un restaurante no tienen reparos en compartir mesa con desconocidos y cuando esto ocurre las conversaciones entre los conocidos se desenvuelven suaves y acalladas, sin superponerse ni mezclarse con las otras conversaciones. En otros países menos europeos tal práctica difícilmente se tolera y hasta se hace ostentación de ello, argumentando que no habría inconveniente en hacerlo si el que se ha quedado sin mesa fuera conocido. Esto último, claro está, ocurre en países donde se predica popular y casposamente que “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.

Las sociedades más incultas están gobernadas por políticos que procuran tener conocidos entre sus asesores y que procuran también poner por delante a conocidos en las bolsas de empleo y en las baremaciones de exámenes destinados a ocupar un puesto de trabajo. Es un argumento que se esgrime como indiscutible y con el que se suele poner en un compromiso al correspondiente jefe (normalmente conocido), apelando al dislate que supondría incluir a un desconocido en la empresa o institución.

El poder, en las sociedades menos cultas, suele medirse por la cantidad –y calidad– de conocidos que cada uno tenga, a despecho del ideario o de los principios. Conocí a un poderoso catedrático de universidad que se decía republicano y exhibía en su despacho una fotografía suya acompañado de Juan Carlos I que te mostraba con orgullo mientras te advertía que tu carrera académica –a la vista de las evidencias– estaba, primero, en sus manos y, en un segundo término, en tus méritos.

Quizás sirva de baremo, sí, esto del uso y trato de los conocidos y desconocidos. Probemos a aplicarlo, a ver en qué clase de sociedad vivimos.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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1 Comentario

  1. María Jesús Ruiz

    LO QUE ME QUEDA EN EL TINTERO
    -¿Y de qué trata su libro?- Preguntó Don Quijote a Ginés de Pasamonte. –Pues de qué va a tratar: de mi vida.- respondió el galeote. -¿Y está terminado? / – Cómo ha de estarlo, si no está acabada mi vida…
    Éste de Los conocidos es mi último artículo de la primera etapa de CaoCultura, ésta que ahora –según nos ha comunicado Mariángeles Robles- finaliza.
    La Directora Robles nos ha agradecido a los colaboradores de Cao la fidelidad al hecho de escribir en libertad. No sé los demás; en lo que a mí respecta, debo hacer algunas aclaraciones:
    1. En los comienzos de 2015, y luego semana a semana, CaoCultura me ha enseñado que se podía escribir en libertad y que se podía escribir para los de verdad interesados. Supongo que eso sonará a perogrullo, pero crecer intelectualmente en la universidad española –como ha sido mi caso- no te permite reconocer ese derecho así como así… Tienes que tener mucha suerte para advertir que la escritura académica, hermética y servil (la universitaria) no es la única opción. Yo he tenido esa suerte siendo invitada a CaoCultura por su Directora.
    2. En los comienzos de 2015, y luego semana a semana, CaoCultura me ha permitido liberarme de ciertos roles sentimentales -anclados en mi alma por la edad y la inercia- que me asfixiaban y no me permitían volar. Sigo sintiendo un cierto peso, pero tengo claro que hay un antes y un después de Cao con respecto a eso.
    3. Ni de la universidad ni de mis asfixias sentimentales me he atrevido a hablar en estos dos años y pico. Me responsabilizo de no haber alcanzado todas las posibilidades de libertad que me ha brindado Cao y me llamo cobarde por ello. Suplico al tiempo, no obstante, que permita que CaoCultura regrese en algún momento, cuando todos –yo al menos- estemos definitivamente preparados para escribir en libertad.
    Por último, muchísimas gracias a Mariángeles Robles y un grito de alegría: ¡Viva San Pedro Mártir de Verona!

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