Las películas argentinas de María Teresa León

La biografía de María Teresa León (1903-1988) que acaba de publicar José Luis Ferris aporta, entre otras cosas, la significativa novedad de poner en valor los guiones que la conocida narradora y memorialista escribió para el cine argentino a mediados de la década de los 40, en los años centrales del largo periodo en el que ella y su marido, el poeta Rafael Alberti, vivieron como exiliados en el país suramericano. Es evidente que el famoso y muy citado verso en el que el poeta gaditano proclamó: “Yo nací –respetadme– con el cine” era igualmente aplicable a su esposa: para los escritores de la Generación del 27, en general , el impacto que supuso la irrupción en la vida cotidiana de la imagen en movimiento no se limitó a la esfera del ocio o al hecho de que existiera un referente artístico más, sino que tuvo una influencia clara en el modo en el que todos ellos abordaron su propia labor creativa.

María Teresa León y Rafael Alberti.

María Teresa León y Rafael Alberti.

El arte de vanguardia, del que todos ellos participaron, no podría entenderse sin la existencia de un medio de expresión de fundamento mecánico que permitía manipular el tiempo y yuxtaponer libremente las imágenes. La novela, la poesía y la pintura de la época acusaron de inmediato esa influencia. Y no deja de ser significativo que, como recoge Román Gubern en su libro de referencia Proyector de luna. La generación del 27 en el cine, fueran muchos los escritores del momento que intentaron una aproximación al nuevo arte e incluso lo reivindicaron activamente como parte del marco estético en el que había de entenderse su propia labor. Menos frecuente fue, por supuesto, la implicación directa de escritores en alguna de las distintas fases en las que se articula la producción de una película. En ese aspecto, María Teresa León fue un caso singular: fue una de las pocas figuras literarias de su generación –otros ejemplos serían Manuel Altolaguirre y Max Aub– que firmó guiones de películas comercialmente solventes, destinadas al gran público, y más allá del prurito de curiosidad experimental con el que mucho de los escritores coetáneos se acercaron al nuevo arte. Es llamativo, por cierto, que el libro de Gubern que hemos citado apenas dedique un par de líneas a esta faceta de la escritora, y que en ellas sólo mencione dos de las tres películas a las que ésta aportó su nombre. El “olvido” fue ampliamente compensado con el amplio dosier sobre esta faceta de la autora que se incluyó en el libro colectivo Homenaje a María Teresa León en su centenario (2003) y contaba con aportaciones del propio Gubern, Juan Manuel de Prada y otros.

Más allá del oportuno esclarecimiento erudito de este aspecto de la vida y obra de la autora, lo realmente importante es que al menos dos de esas tres películas son lo suficientemente interesantes como para que el público cinéfilo no las olvide. De la tercera y última, El gran amor de Bécquer (1946), dirigida por Arturo de Zavalía y protagonizada por Delia Garcés, la autora no parecía estar especialmente satisfecha: en una carta dirigida al también escritor Corpus Barga el 17 de abril de 1947, se limita a decir de ella: “También hice, con menor fortuna, un Bécquer”. El trabajo en ese guión le permitió, no obstante, acopiar material para la biografía novelada del poeta sevillano que publicó a continuación.

Amelia Bence, protagonista de 'Los ojos más bellos del mundo'

Amelia Bence, protagonista de ‘Los ojos más lindos del mundo’, en la portada de una revista de los años 50.

Más interés, decíamos, tienen las otras dos películas, ambas dirigidas por el muy competente, a la vez que prolífico, director Luis Saslavsky (1903-1995). Saslavsky tenía un sentido exquisito del ritmo cinematográfico y un buen gusto nato para la composición fotográfica, así como una cierta querencia –al menos, en sus trabajos de esta época– hacia los efectismos escenográficos que había popularizado el cine expresionista alemán. De Hollywood había aprendido la infalibilidad de ciertas fórmulas –el melodrama, especialmente, aunque también la comedia de enredo– que garantizaban el éxito, pero que no eran necesariamente incompatibles con la aspiración a la calidad estética del producto resultante. En eso podía compararse con directores como Frank Borzage o Leo McCarey. Y es precisamente en la estela de este último donde cabe situar la primera de sus colaboraciones con María Teresa León: la película Los ojos más lindos del mundo (1943), que protagonizó la bella actriz Amelia Bence y que se basaba, como la afamada Tú y yo (Love Affair, 1939) del norteamericano, en el reencuentro de dos amantes al cabo de unos años en los que han sucedido imprevistos que condicionan fatalmente sus reacciones. Saslavsky utiliza inteligentemente este argumento extendido a lo largo de décadas para introducir, como subtema,  una reconsideración entre nostálgica e irónica del optimismo biempensante de la generación anterior.

Cabe imaginar que a María Teresa León, quien recibió el cometido de redactar los diálogos, no pudo dejar de resultarle estimulante la recreación de situaciones en las que los protagonistas –dos dinámicos hermanastros, cuya sintonía es simbolizada por el hecho de que el guión los presente, desde la adolescencia hasta la edad adulta, montados en una bicicleta tándem– asumen las ingenuas actitudes deportivas que tanto habían exaltado las vanguardias, así como un igualmente ingenuo entusiasmo por la tecnología, que da lugar a alguna que otra chispa de benevolente ironía en el guión: “Las llevamos a casa. En menos de un cuarto de hora pongo en marcha el automóvil”, se ofrece a las damas del lugar uno de los chicos, ufano por conducir uno de los primeros coches de los que se tiene noticia en la localidad en cuestión.

Afiche de 'La dama duende'.

Afiche de ‘La dama duende’.

Fue, sin duda, la singular competencia mostrada por María Teresa León en la escritura de estos diálogos lo que llevó a Saslavsky a ofrecerle un proyecto mucho más comprometido: la elaboración de un guión a partir de La dama duende, la comedia en verso de Calderón de la Barca. El resultado, estrenado en 1945, puede incluirse sin reservas entre los mejores logros del cine argentino de entonces. Por motivos de conveniencia escénica, el director impuso a la guionista el traslado de la acción al siglo XVIII, en vez del XVII, lo que María Teresa León aprovechó para introducir en los diálogos alguna que otra frase que reflejara que algunos de los personajes es consciente de hallarse en el “Siglo de las Luces” y afronta desde esa perspectiva de optimismo “progresista” los pequeños conflictos de mentalidad que articulan el argumento. También es significativo que el guión, aprovechando la presencia en la trama de una compañía de cómicos, incluya un fragmento de la obra original de Calderón, representada por éstos en un mesón del lugar; y que una frase de esa escena calderoniana –“¿Es dama o es torbellino?”– pase a la trama principal, al ser repetida por el oficial que galantea a la protagonista. El guión, en general, abunda en esta clase de juegos de cajas chinas: lo particular remite siempre a lo general, y viceversa; la situación –la lucha de una joven viuda (la muy fotogénica Delia Garcés) por soslayar el destino que la sociedad le impone: casarse con un viejo o ingresar en un convento– es vista siempre dentro de un dinámico contexto en el que lo individual y lo colectivo están íntimamente relacionados:  la biempensante familia de la viuda, por ejemplo, intenta imponer el luto al pueblo en fiestas, que también se las arregla para soslayar la prohibición. También los diálogos logran el milagro de “airear” el argumento calderoniano, haciéndolo relevante para un público moderno sin incurrir en inoportunos anacronismos o descontextualizaciones.

El guión contó, además, con la colaboración de Rafael Alberti, que aportó al mismo las coplas que el pueblo canta en determinadas ocasiones, a manera de coro que comenta, siempre con gracejo e ironía, las acciones que están teniendo lugar. No puede dejar de mencionarse, por último, la excelente factura visual de la película: desde los decorados –la laberíntica estructura de la casa, de regusto expresionista, que permite a la joven viuda escenificar sus apariciones como “duende” para enamorar a un joven oficial– a la fotografía, entre cuyos logros cabe señalar las composiciones grupales que juegan con el color de la ropa de los personajes: ominosos coros de mujeres enlutadas, por ejemplo, en contraste con animados grupos de campesinas vestidas de blanco.

María Teresa León tenía razones para sentirse orgullosa de su participación en este clásico del cine argentino. Entre los escritores y escritoras de su generación, fue de las pocas que pudo implicarse en esa medida en una producción de tales características. En otros contextos semejante precedente no hubiera pasado desapercibido.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *