Al recibir el Premio Nacional de Cinematografía, el cineasta Fernando Trueba ha declarado que en toda su vida “no [se ha] sentido español ni cinco minutos”. Bueno. Frases así llenan diariamente esos absurdos periódicos nuestros que confunden las realidades con las declaraciones de tales o cuales personajes. El problema, quizá, estriba en la actitud acrítica que el periodismo mantiene respecto a su instrumento, que es el lenguaje. ¿Qué significa exactamente “sentirse español”? Ninguna de las definiciones de la palabra “español” que da el diccionario alude a sentimientos o realidades anímicas. Se es español como se puede ser marroquí o tailandés: por haber nacido o haberse criado en un entorno concreto y, por tanto, haber quedado potencialmente expuesto a una cierta herencia cultural más o menos actuante en ese territorio, aunque, por supuesto, diluida también en esa otra cultura global que han hecho posible los modernos medios de comunicación. Se es de un pueblo de La Mancha y se emociona uno oyendo un blues de Chicago. Se ha nacido en la Andalucía profunda y, en cuanto ha podido uno levantar el vuelo, se ha ido a buscarse la vida en Londres o en Berlín. A nadie han de extrañarle estas mezcolanzas, en las que tiene más parte el azar que el sentimiento. Ha de asumirlas uno con humildad. Y tan ridículo resulta presumir de casticismo como de cosmopolitismo impostado.
También en el arte, por supuesto. Una cosa es que el arte no tenga fronteras y otra muy distinta que no tenga nacionalidad. La Ilíada es universal por ser, antes que nada, la esencia misma de lo griego. Lo mismo puede decirse de la mayor parte de las películas que han alcanzado renombre mundial: atañen a toda la humanidad precisamente porque parten de realidades inmediatas extraídas de un determinado entorno muy particular, y por tanto verdadero. Nos gusta John Ford porque, amén de universal, es inconfundiblemente americano –desde sus raíces irlandesas, por supuesto–; y nos gusta el cine americano que hicieron tantos expatriados –el húngaro Michael Curtiz, los alemanes Douglas Sirk y Fritz Lang, el greco-turco Elia Kazan– porque, sin dejar de ser local –es decir, verdadero y universal–, ha sabido enriquecerse con los matices y miradas que le han aportado artistas venidos de todas partes del mundo, todos ellos a su vez insoslayablemente marcados por su cultura de origen. No es una cuestión de patriotismos, sino de sensibilidad. Quien no la tiene para lo inmediato y concreto, difícilmente la tendrá para lo lejano y general.

Si al cineasta Trueba se le reconoce alguna valía en lo suyo, es precisamente porque sus películas más logradas han sabido captar esos matices de lo inmediato en los que se fundamenta la verdad del arte. Por ello, quizá, para muchos espectadores de mi generación la mejor de ellas fue la primera, Ópera prima (1980). Fue la primera película sobre el paisaje humano y social de la Transición en la que no se ensalzaba ningún discurso épico ni se proyectaban hacia el futuro las utopías nacidas de las frustraciones del presente. Su protagonista era un desnortado hombre maduro, pero muchos cuasi-adolescentes de entonces nos reconocimos en su desorientación y su bienhumorado nihilismo. Fue un gran retrato –dubitativo y torpe también, aunque eso no le resta encanto– de un país y un tiempo determinados. Trueba, desde luego, habría sido mejor cineasta de lo que es –y no le negamos méritos– de haber indagado un poco más en esos aspectos del ánimo colectivo. Mientras filmaba esa película podemos decir que alcanzó cierta sintonía sentimental con un público cercano; español, por supuesto, porque toda esa mugre ambiental, esos egos desinflados y esa desinhibición sexual de corto vuelo eran realidades muy españolas. Lo siguen siendo, en fin, aunque ya no dediquemos “ni cinco minutos” a hablar de ello.


Excelente articulo. Como dar caña (merecidísima y más) sin arrugarse el traje. Permitame salvar también «Mientras el cuerpo aguante», por razones sentimentales, las mismas que en el fondo estan detrás de salvar «Opera prima». Por lo demás, siempre que oigo esto de «no me siento español» lo entiendo como entiendo a las pobres anoréxicas que no se sienten delgadas o a los octogenarios que dicen no sentirese viejos o a mi mismo cuando sacudo la cabeza para mover aquel flequillo y es que yo no me siento calvo.