Laura Antonelli subida a una escalera

El azar, que es quien dicta el orden y concatenación de los recuerdos, quiso que, unos días antes de que nos enterásemos de la muerte de Laura Antonelli, un canal de televisión emitiese Los años desnudos (2008), la melancólica película de Félix Sabroso y Dunia Ayaso sobre el cine “de destape” español en los primeros tiempos de la democracia. No es que las circunstancias en que se desarrolló este tipo de cine en Italia y en España fueran las mismas: en el primer caso, el aumento de la permisividad obedeció a la pura lógica democrática, que desactiva las normas de censura vigentes en cuanto la sociedad empieza a considerar aceptable lo que antes no lo era; mientras que lo verdaderamente llamativo del caso español, recuérdese, fue que el desnudo cinematográfico hubo de ser autorizado por decreto, todavía en vida del dictador… Con todo, el nuevo acicate ofrecido a la industria no propició, en general, más que la proliferación de un cine ínfimo, que hoy puede verse con cierta simpatía, pero que no deja de provocar sonrojo, cuando no una reconsideración francamente negativa de sus logros y de la mentalidad de sus artífices, así como del coste humano que supuso la explotación del filón. De eso trata la película de Sabroso/Ayaso: de cómo, de tres actrices que intentaron abrirse camino en ese mundo, sólo una llega a serlo de verdad, mientras que la segunda aparca su carrera para casarse con un productor y la tercera cae en la marginalidad y muere de una enfermedad contraída por el consumo de drogas.

Malizia-Buchbox-aLa realidad, que tanto se parece a veces a las malas películas, quiso que la vida de Laura Antonelli fuera una mezcla de todos esos ingredientes: obtuvo reconocimiento como actriz, se casó con otro actor famoso del momento y, como tantos artistas de esos años, tuvo problemas con las drogas, que fueron la causa de su implacable decadencia. Y eso que el medio en que se desarrolló su carrera, el cine italiano, había consagrado cuadrar, en los años de la posguerra, la difícil ecuación que aúna la exhibición descarada de los encantos femeninos con la potenciación de los roles dramáticos interpretados por sus portadoras. Fueron los años de las maggiorate –las “mujeronas” o “reales hembras”, podríamos decir–, cuyos ejemplos más destacados fueron Gina Lollobrigida, Silvana Mangano o Sofia Loren, entre otras. Hay quien incluye a la Antonelli en esta nómina. Pero las maggiorate propiamente dichas eran un producto típico de la posguerra, y venían a ser una especie de reafirmación del espíritu de supervivencia italiano en tiempos de escasez. Venían del agro y tenían algo ellas mismas de madre-tierra nutricia. Y, por esa misma crudeza que parece connatural a todo lo telúrico, la atracción que despertaban no daba lugar casi nunca a estrategias de cortejo y seducción, sino a arranques de pasión desmedida o violenta, o –en situaciones de comedia– a meras artimañas machistas conducentes a la deshonra y humillación de su objeto.

No, no es éste el mundo de Peccato Veniale (1973) o Malizia (1974), películas en las que la Antonelli interpreta a un tipo de mujer moderna y sensual que se adelanta a las maquinaciones de los hombres y se convierte en manipuladora de los deseos elementales de éstos. El secreto del éxito de este tipo de cine era la identificación del público masculino con los atribulados papanatas que sucumben al atractivo de la actriz, y para quienes alcanzar a verle las bragas cuando ésta se sube a una escalera –pienso en el fotograma más célebre de Malizia– era ya un triunfo. Tampoco esos espectadores hubieran querido ver más, porque eso los hubiera sacado de los confortables límites del enredo erótico, tan inmediato y cotidiano, para llevarlos a la deprimente monotonía de la exhibición pornográfica.

Murió una de las actrices que propiciaron ese desahogo visual del hombre reprimido de los años setenta y ochenta. Hoy ya este tipo de cosas son ingrediente habitual de cualquier película, y por ello no llaman la atención de nadie. O de eso presumimos, mientras seguimos atisbando las piernas de las muchachas cuando suben al autobús.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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