‘El latido y la furia’: la pintura visionaria de Juan Carmona Vargas

Conozco a Juan Carmona Vargas (Jerez de la Frontera, 1965) desde siempre; al menos, desde que trato a un amigo común de ambos, suyo y mío, el poeta José Mateos, a quien conocí cuando los dos rondábamos los veinte años. No supe de su pintura, no obstante, hasta unos diez años después, cuando vi unas ilustraciones que había hecho para un número de la revista Contemporáneos, con la que también yo colaboraba. Me gustaron aquellas ilustraciones: eran evocadoras y delicadas, tenían el aire fresco de las cosas “modernas” que entonces se hacían pero no participaban de los aspectos más superficiales de las modas pictóricas de esos años. El director de la revista, el poeta Francisco Bejarano, era muy quisquilloso al respecto; quiero decir que era exigente y desconfiaba, con razón, de la tendencia de muchos artistas plásticos, de entonces y de ahora, a dar gato por liebre.

Creo recordar que miró con lupa aquellas ilustraciones, como hacía con todas las que le llegaban, incluidas unas que yo pedí en su nombre a una pintora amiga y que no fueron de su agrado, pese a lo cual las publicó… Juan no fue objeto de tantas objeciones: su pintura de entonces podía ser, como es lógico, inmadura o poco original, pero tenía carácter y –esto es lo importante– parecía sujeta a una autodisciplina que se echaba en falta en el atrevimiento exhibicionista de otros pintores. Quiero decir que ya entonces Juan Carmona Vargas era comedido y desconfiaba de la facilidad.

«La noche no lo guarda». Juan Carmona Vargas.

Tal vez por eso, lo siguiente que supe de él fue que andaba empeñado en recrear a los clásicos de la pintura renacentista y barroca en unos cuadros que aunaban la reproducción exacta del original y su recreación en un nuevo contexto: ante la copia se situaba siempre, a modo de elemento contextualizador, el espectador contemporáneo, a veces representado por un simple objeto  antepuesto al cuadro. Aquello recordaba a los “homenajes” a los clásicos que hacía el pintor murciano Ramón Gaya: normalmente, una postal o una foto del cuadro homenajeado, situada entre otros objetos cotidianos, tales como un jarrón o un vaso con agua y una flor dentro. Pero había una diferencia: donde Gaya optaba por el trazo ligero, aéreo, y la transparencia, Juan se decidía por emular pincelada a pincelada a sus modelos, incluyendo la particular densidad de textura de aquellos cuadros antiguos. Era un empeño de casi imposible resolución satisfactoria, aunque no por ello inútil. Todavía hoy se advierte que la pincelada de Carmona Vargas, que tiene ya la ligereza y transparencia que hubiera querido el maestro Gaya, posee también la precisión de los grandes pintores figurativos del Renacimiento y el Barroco. Juan es, por talante y por oficio, un pintor de estirpe barroca, con todo lo que ello implica de dominio de la técnica y de concepción escenográfica de sus cuadros.

«Pasos en la nieve buscan». Juan Carmona Vargas.

Un tercer encuentro con la pintura de Carmona Vargas fue el que supusieron los dibujos y cuadros que hizo en torno al libro Días en claro de José Mateos, que se publicó en 1995. El deslumbramiento ante la poesía del amigo y el grado de cercanía logrado respecto a las intenciones y alcance de aquella obra literaria marcaron profundamente la pintura de Carmona Vargas y le infundieron unas características que aún la definen: su permeabilidad respecto a la palabra poética, su espiritualización, su idea de que la materialidad de la pintura presupone siempre la inmaterialidad de algo que no puede expresarse, pero que, como ocurre con la poesía, sí puede delimitarse y abordarse desde una clara conciencia, por parte del pintor o del poeta, de los límites de su oficio y de los recursos expresivos con los que cuenta, dándose siempre por sentado que la sencillez, la renuncia al recargamiento o al énfasis, la modestia y, en último término, el silencio, son siempre preferibles a la retórica, la pedantería o el ruido.

Creo que la pintura que en la actualidad hace Juan Carmona Vargas, y con la que comparece ante el público en la exposición titulada El latido y la furia, es la decantación última, hasta hoy, del camino emprendido entonces. Es pintura literaria –véase, al respecto, la exquisita formulación literaria de los títulos–; es pintura que busca delimitar lo inefable, y de ahí que con frecuencia tenga como objeto las lejanías indefinidas, los no-lugares abiertos a la imaginación, los parajes que solo terminan de alcanzar concreción en la mente de quienes los contemplan. Es, también, pintura que va más allá de la dicotomía, un tanto simplista, entre lo figurativo y lo que no lo es, y que se reafirma en los valores de la figuración –son paisajes, al fin y al cabo– para explorar mundos intelectuales e imaginativos de imposible plasmación en imágenes extraídas de la realidad cotidiana.

«Que soledad más llena de Prodigio y de Nada». Juan Carmona Vargas.

Quisiera profundizar un poco más en esto último. El espectador de estos cuadros reparará, sin duda, en que muchos de ellos representan lo que podríamos denominar espacios de revelación. Con ello, no estamos aludiendo a ninguna clase de sofisticado artificio, fruto de un arte intelectualizado y difícil, sino a algo mucho más sencillo, que pertenece al mundo de la poesía y los cuentos, al folklore ancestral y al ámbito de los sueños. Cuando el pintor –y, de su mano, el espectador– llegan a los espacios representados en cuadros como los titulados “Qué soledad más llena de Prodigio y de Nada” o “La noche no lo guarda”, o alcanza el destino al que lo conducen los “Pasos en la nieve” representados en el cuadro de igual título, a donde realmente ha llegado es al claro del bosque, al espacio despejado entre árboles demasiado próximos y animado por un rayo fluctuante de sol o de luna, al que la imaginación de los antiguos, que es tanto como decir la de los poetas y la de los niños, se figura llegar después de un recorrido abocado a la confusión o el extravío. Es el espacio de la revelación, en el que comparecen los dioses tutelares del lugar o los trasgos que allí habitan, y en el que lo mismo puede tener lugar una experiencia de iluminación salvadora que la contemplación abierta del horror. En cualquier caso, una vez llegados a este punto del recorrido, no hay vuelta atrás.

Campos del Ruiseñor. Juan Carmona Vargas.

No soy crítico de pintura y ni siquiera creo poseer los rudimentos técnicos necesarios para hacer un análisis de los aspectos formales de estos cuadros. Es obvia su ligereza: el óleo adquiere en ocasiones la transparencia de la acuarela o la precisión simple del trazo a tinta china en las caligrafías japonesas. Se trata, como decía antes, de una simplicidad arduamente conseguida y que presupone haber recorrido toda una tradición. Se trata también, quiero entender, de una coyuntura biográfica, en la cual el pintor maduro no aspira ya tanto a exhibir sus recursos como a que el espectador los dé por supuestos tras una aparente sencillez que refleja las aspiraciones depuradas de un hombre de mediana edad que interroga a la vida y sus misterios y no espera respuestas aparatosas o rimbombantes, sino simples atisbos de una verdad que no se deja formular.

Creo que en ello reside el carácter cenital de esta exposición: no estamos ante una promesa ni ante un despliegue de habilidades admirables, sino ante el logro de una sensibilidad madura que pone sus recursos al servicio de una indagación vital verdaderamente relevante para el pintor y para quienes quieran acompañarlo en su recorrido. Creo que nadie que lo intente se sentirá defraudado.

Imagen de portada: Todo mirar reescribe el texto. Juan Carmona Vargas.
José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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