La vuelta de Rocky, o un género puesto del revés

En la lista de las diez mejores películas de boxeo de todos los tiempos que publicó The Telegraph en enero de 2014, cuando la novedad más reciente en el género era La gran revancha (Grudge Match) de Peter Segal, figuraban nada menos que dos títulos de la serie Rocky: la que dio origen a la saga, de 1976, dirigida por John G. Avildsen, y Rocky IV (1985), dirigida por el propio protagonista y creador del personaje, el actor Sylvester Stallone. Merece la pena recordar el dato al hilo del estreno de la última entrega de la serie, Creed, la leyenda de Rocky, dirigida por Ryan Coogler. A tenor de lo que va diciendo la crítica a propósito de esta última, no parece que vaya a figurar en ninguna otra lista de mejores películas, de boxeo o de cualquier otro tipo. Pero sí merece la pena destacar la insistencia de Stallone y su equipo en lo que ha sido siempre la nota distintiva de la saga: su mensaje positivo, su casi insolente alegato a favor del esfuerzo y la superación personal.

Los tiempos cambian y ese mensaje no significaba lo mismo en 1976 que en 1985, por ejemplo. En sus inicios, Rocky era uno de los muchos personajes que, en los fatídicos años que siguieron a la derrota norteamericana en Vietnam, reafirmaban desde el cine el mensaje de que, si el sistema había fallado, la salvación residía en el individuo. En eso, el boxeador neoyorquino hubiera estado de acuerdo con el inspector Harry Callahan, también conocido como “Harry el sucio”, y protagonista de otra controvertida serie, esta vez de thrillers, que atraviesa toda la década; y también con Frank Serpico, el policía que hizo historia por haber declarado en contra de sus compañeros corruptos, cuya historia quedó recogida en una película de Sydney Lumet protagonizada por Al Pacino.

Años más tarde, ese individualismo rebelde adquiriría un nuevo sesgo. El presidente ultraconservador Ronald Reagan se esforzaba por devolver a la nación su menoscabado orgullo y lanzaba a la hoy extinta Unión Soviética lo que, al parecer, fue el órdago definitivo en la batalla de faroles en que consistió la Guerra Fría: la llamada “iniciativa de defensa estratégica” o –en término sacados también del cine de la década precedente– “Guerra de las Galaxias”, una propuesta de instalar sofisticados sistemas de detección de misiles en el espacio, que el rival comunista no pudo emular. Casi a la vez que Reagan lanzaba su órdago armamentístico, recuérdese, el boxeador de ficción Rocky Balboa noqueaba en la pantalla a un peligrosísimo púgil soviético. Rocky IV se alineaba, así, con otra de las corrientes características del cine ínfimo de la época: la revancha contra las humillaciones sufridas en la desastrosa década precedente, que llevaría a Stallone, en las películas en las que encarnó al excombatiente Rambo, a regresar al sudeste asiático e infligir, incluso en contra de los deseos de sus timoratos o corruptos superiores, aparatosas derrotas a las dictaduras comunistas de la zona.

Sylvester Stallone caracterizado como Rocky Balboa.
Sylvester Stallone caracterizado como Rocky Balboa.

Si ese sombrío triunfalismo vindicativo vino a ser el reverso exacto del espíritu autocrítico que predominaba en el recién nacido género de películas sobre la guerra de Vietnam, desde Apocalypse Now (1979) en adelante,  las de Rocky apuntaban más allá: venían a rectificar todo un género histórico del cine americano, el de las películas de boxeo, caracterizado por ofrecer una negrísima visión de los entresijos de la sociedad estadounidense. La fotogenia y el dramatismo del boxeo habían sido utilizados por el cine desde sus inicios: al parecer, la primera película de boxeadores podría datar de 1903. También Chaplin y Buster Keaton encarnaron a boxeadores en The Champion (1915) y Battling Butler (1926) respectivamente. Pero sería en la década de los cuarenta cuando el género adquiriría su definitivo sesgo. Las historias de boxeo devendrían metáforas de una sociedad despiadada: al ascenso rápido del héroe, sustentado por una corrupta trama de intereses creados, seguirá siempre la crónica de su caída, desde el momento mismo en que esas tramas le vuelven la espalda y se desembarazan de su víctima. Como el thriller, con el que a veces está emparentado, el cine de boxeo reflejaba la violencia y las tensiones de una sociedad escindida y dominada, en último extremo, por la desesperanza o el miedo. Podrían citarse decenas de títulos, desde Cuerpo y alma (1947) de Robert Rossen a Fat City (1972) de John Huston. Paradigmático es el caso de Más dura será la caída (The Harder They Fall, 1956), de Mark Robson, con guión del reputado Philip Yordan, que poco después sería incluido en las tristemente famosas “listas negras” que propició la histeria anticomunista del senador Mccarthy, y forzado a dejar los Estados Unidos y trabajar en Europa. Lo interesante de esta película, que fue también la última de Humphrey Bogart, es que cuenta los hechos desde el punto de vista de un periodista deportivo que, a la vez que es cómplice de la trama de manipulación urdida en torno a la carrera de un desgraciado boxeador, experimenta compasión hacia su víctima y se redime en un gesto final. Pese a ello, el desenlace no es optimista. Lo que se describe, parece decirnos, no es más que un ejemplo de cómo funciona el sistema, y de la dependencia que las partes presuntamente sanas del mismo tienen de las más corruptas. El periodismo, desde luego, no queda a salvo, así como tampoco la volubilidad del público o la indiferencia de las autoridades.

Ése es el mundo del que el cine de boxeo quiso ser metáfora. El éxito de las películas de Stallone no ha invertido la tendencia: con posterioridad al estreno del primer Rocky, películas como Toro salvaje (Raging Bull, 1980) de Martin Scorsese, Ali (2001) de Michael Mann o Million Dollar Baby (2004) de Clint Eastwood siguen incidiendo en lo que el mundo de boxeo tiene de oscuro marco en el que encauzar la rabia de los desposeídos, en medio de todo tipo de asechanzas y manipulaciones, cuando no de infundados cálculos de las propias fuerzas y del peso de la realidad. Todas dejan maltrecho al espectador, como si le hubieran dado una buena paliza. Incluso, a su manera, las bienintencionadas películas de Rocky.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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