‘La raíz de la memoria’ o el arte de enfrentar la vida

‘La raíz de la memoria’. Purificación García. Ediciones del Genial. Málaga, 2020. 173 pp.

Siempre que termino un libro, me pregunto qué me ha aportado su lectura. Con algunos, tengo que pensar más, pero con La raíz de la memoria me ha resultado fácil: aparte de unas reflexiones magníficas sobre el dolor, la culpa, la muerte, el desarraigo, la dignidad frente a la adversidad, los silencios que pudren los cimientos de la existencia, las relaciones filiales o el amor (siempre es el amor…), este libro me ha enseñado cómo escribir sobre todo ello sin caer en estereotipos, en clichés manidos que suenen a lo mismo de siempre. Porque de eso, Purificación García huye con una maestría admirable.

Porque este es un libro grave, qué duda cabe, un libro que habla sobre el peso de vivir y la responsabilidad de soportarlo, o aligerarlo, como un voluntarioso ejercicio de supervivencia. Todos sus personaje arrastran de uno u otro modo este peso: Alda, la del «chubasquero amarillo» bajo el que se resguarda del dolor, la tenaz y resiliente Alda a la que ni el cáncer la despoja de esperanza, la que fluye con la vida, con lo bueno y lo malo: «Alda dice que las tormentas de verano siempre nos cogen desprevenidas, con sandalias y sin paraguas, pero que a ella le encanta mojarse»; una mujer capaz de aferrarse a todas esas pequeñas cosas que dan luz a la existencia en los trances oscuros: pintar pañuelos, tomar una cerveza en la plaza cuajada de jacarandas mientras contempla la vida fluir por sus venas, seguir creyendo en el amor a pesar de todo… Su cuñada, —aunque más bien es su hermana, así la siente, así la cuida: «Mi memoria está repleta de momentos indelebles que hemos pasado juntas y quiero recordarlos a su lado, aunque esté dormida»—, la que narra la historia; una mujer que intenta sobrevivir: «Preparo las clases prácticas, resuelvo algunos problemas con unos documentos de mi madre, los envío correctamente, cambio la ropa de los armarios, pongo unas cuantas lavadoras y llego agonizando a preparar la cena. […] Mientras yo entrego mis días a un mundo de esperanzas encogidas», que hace magdalenas como una especie de exorcismo mientras lucha por seguir ignorando las señales que su marido, otra víctima de las circunstancias —«en la casa de Alda, de mi marido, del hermano de mi marido, en la de mis padres y en muchas otras, sin darnos cuenta hemos aprendido a vivir primero el futuro que el presente»— va lanzando; señales que transformarán su existencia, profundamente marcada por la relación con su madre: «Siento que los dolores de mi madre atenúan los míos por medio de lo que queda de cordón umbilical entre las dos». El hermano de su marido, el agorero, el anunciador de infortunios, un hombre que se ha sentido expulsado de la vida desde la muerte de su madre, el extremo opuesto de Alda, la negación de la vida: «Siento que soy un fantasma, que no soy parte de este mundo real…» Y Mildred, la deliciosa Mildred a la que conocimos en su anterior libro Actrices secundarias y que en este hace algunos cameos que son determinantes: «Me ha allanado el trayecto con un abrazo cálido, como alimento. De esos que curan las úlceras abiertas».

Purificación García.

Pero La raíz de la memoria no es solo un libro profundo que invita a pensar, sino, también, un universo repleto de pequeños detalles que confieren a la historia un sello intimista, como de hogar en una tarde lluviosa, como de abrazo cálido que envuelve y reconforta: las magdalenas y esas latas que las contienen; la casa azul de Alda, refugio, vida, calor…; «una ducha junto a mis recuerdos»; las jacarandas de la plaza y el afilador cruzándola sobre su bicicleta… Y un compendio de frases que se quedan prendidas en tu cabeza para viajar luego, despacito, silentes, casi acariciando las arterias, hasta el corazón y quedarse allí alojadas: «A saber esperar se aprende con los años, hasta a esperar el fin. Sin memoria no seríamos nadie; seríamos muerte. Me digo: es verano, pero ¿dónde? Me está doliendo el corazón y, aunque ellos dicen que el corazón no duele… no sé entonces qué es lo que tengo yo aquí, en su lugar».

«Algunas personas no saben que el cariño es una siembra lenta y constante», dice la protagonista. Sin duda, la autora ha sabido sembrar en esta esta novela intensa, valiente e íntima, semillas que germinarán en el corazón de los lectores. Gracias por ello, Purificación. Como ya te dije en una ocasión: de mayor quiero escribir como tú.

 

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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