‘La legión invencible’, o algunas razones para saltarse un prejuicio contemporáneo

Se siguen haciendo wésterns y se siguen aplicando las reglas del wéstern a películas no necesariamente ambientadas en el Oeste americano en el siglo XIX. Pero también se constata que ese espacio mítico no goza ya del crédito y el reconocimiento que suscitaba hace décadas; y que promociones enteras de nuevos espectadores no solamente ignoran el legado de un capítulo fundamental de la historia del cine, sino que también declaran, desde esa impostada posición de superioridad moral que parece connatural al hombre contemporáneo, su rechazo a ciertos aspectos del género que no concuerdan del todo con los dogmas de la moderna corrección política: su ambiguo diagnóstico de la relación existente entre justicia y violencia, por ejemplo; su individualismo ajeno a coartadas biempensantes; su postergación de la mujer; y, muy destacadamente, su trasfondo racista, aplicado sobre todo a los indios, pero también a otras razas que tuvieron algún papel en el relato básico de conquista y colonización en el que se sustenta el género. El hecho de que desde tempranamente muchos cineastas hayan intentado invertir o cuestionar estos rasgos arquetípicos no ha librado al wéstern, en su conjunto, de una cierta consideración general de obsolescencia. A lo que hay que unir el hecho, no menos obvio, de que estas películas ya apenas se emiten en las televisiones, y que generaciones enteras de posibles nuevos espectadores no las perciben ya desde la familiaridad que proporcionaba esa circunstancia.

John Wayne como Nathan Brittles en ‘La legión invencible’.

Pienso en todo ello mientras veo por enésima vez La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) de John Ford, una película que todavía ejerce sobre mí la misma fascinación que cuando la vi por vez primera en mi infancia. ¿Cómo recomendarla, no ya a un niño que tuviera la edad que yo entonces, sino a un adolescente o incluso a un adulto joven que se sientan atraídos ya por la magia del cine? ¿Cómo evitar que tuerzan el gesto ante su aparente glorificación del militarismo? ¿O ante la característica exaltación fordiana de un cierto tipo de sociabilidad masculina, en la que las mujeres no tienen parte, y que consiste básicamente en una especie de ruda competencia entre iguales basada en la fuerza, en la lealtad a los valores compartidos, en el desprecio de las convenciones que ablandan el carácter? ¿Cómo, por último, devolver al espectador contemporáneo, acostumbrado a la violencia expresada como inagotable pirotecnia visual, la capacidad de apreciar la sutileza de una película que, pese a estar ambientada en un entorno de guerra abierta entre indios y colonos, consiste apenas en una sucesión de incidentes espaciados que testimonian, no tanto las dimensiones épicas de un gran conflicto armado, como la aspereza de las condiciones de vida en las que han de desenvolverse los personajes?

Imagen promocional de la película. De izquierda a derecha, John Wayne, Harry Carey Jr., Ben Johnson, George O’Brien y John Agar.

Pero me estoy adelantando. La legión invencible narra, recuérdese, los días previos a la jubilación del capitán Nathan Brittles (John Wayne). En ese breve intervalo, el viejo oficial habrá de comandar una patrulla que verifique la situación en el territorio, justo después de que se haya extendido la noticia (histórica) del exterminio del destacamento del coronel Custer en Little Big Horn  a cargo de una hueste de indios. Pero esa última misión, en la que Brittles deberá además escoltar a dos mujeres –la esposa y sobrina de su comandante en jefe– a la casa de postas más cercana, para que tomen la diligencia, acabará en fracaso: la patrulla no evitará que los indios saqueen la casa de postas y destruyan la diligencia, ni que unos traficantes de armas hagan llegar su mercancía a los revoltosos. El propio destacamento será objeto de un hostigamiento abrumador, que lo obligará a emprender la retirada. Tal será el desairado balance de esa última misión. Para compensarlo, Brittles empleará sus últimas horas en el ejército en intentar en vano mediar con los indios levantiscos; y, ante la evidencia de que su interlocutor en el otro bando, también un anciano como él, no puede frenar el ímpetu de los jóvenes, recurrirá a una estratagema un tanto pueril –y repetida en las películas de Ford: espantar los caballos del enemigo– para conjurar el peligro de un conflicto mayor.

Joanne Dru y John Agar en ‘La legión invencible’.

Tales son los hechos. Pero cualquier espectador de Ford sabe que la anécdota argumental, con ser importante, es lo de menos. De lo que realmente habla esta película es del balance vital, de cómo la vida no suele prodigar grandes satisfacciones, más allá de las que el empeño individual le pueda arrancar; y de que la valía de una persona se traduce en la cuenta de sus actos moralmente dignos. Tal es el empeño del personaje que interpreta Wayne: allegar a esa cuenta un precario logro más, antes de abandonar la partida. Y no está solo: la remota guarnición en la que ha ido a terminar su carrera es todo un muestrario de individualidades parecidas, porque tal es –parece decirnos Ford– la condición humana. Está, por ejemplo, el sargento Quincannon (Victor MacLaglen), irlandés, que ha acompañado a Brittles en su larga trayectoria militar –en algún momento se mencionan episodios compartidos en la guerra contra México y la de Secesión– y que, como él, está a punto de jubilarse. Quincannon es un dechado de rudeza: para reducirlo en una trifulca tabernaria, no basta el concurso de cinco hombres; aunque también derrocha bonhomía y es fuente de incontables ocasiones de humor.

Nathan Brittles visita a su esposa en el cementerio.

Lo que no se le escapa al espectador, a la vista de este desaforado personaje, es la evidencia de que, fuera de la reglamentada rutina en la que se desenvuelve, Quincannon no sabría qué  hacer con su vida. En eso es una proyección extrema del propio Brittles, que tampoco sería nada fuera de la vida militar, a la que arrastró incluso a una esposa que ahora yace enterrada en el cementerio del fuerte, donde su marido la visita y le cuenta las últimas incidencias… Los personajes de Ford, en general, soportan  mal la compañía femenina, pero no sabrían conducirse sin tener a sus mujeres como referentes, símbolos de un orden añorado y quizá inalcanzable. Algunas, como la de Brittles, se dejan literalmente la vida en el intento: podemos imaginar la sucesión de penalidades que la ha llevado a la tumba. Otras reaccionan antes: así, la del oficial protagonista de Río Grande (1950) –la tercera de las películas que forman, junto con Fort Apache (1948) y la que comentamos, la “Trilogía de la Caballería” fordiana– ha optado por vivir separada de su marido –aunque eventualmente parezca que logra reconciliarse con él–. Algunas, por último, característicamente legan su espíritu antes de morir a una nueva figura femenina tutelar: en el caso de la del también viudo oficial (Henry Fonda) que protagoniza Fort Apache (1948), una hija. Un célebre plano de La legión invencible certifica visualmente esta especie de transmigración de las almas femeninas: mientras Brittles perora ante la tumba de su esposa, la sombra de una mujer se dibuja sobre la lápida. Pero no es un fantasma: es, simplemente, la sobrina del comandante, que ha venido a acompañar al viejo oficial y a confirmarle que la estirpe de mujeres capaces de inspirar a los hombres –en su caso, a un joven teniente al que tiene encandilado– va a tener continuidad.

Nathan Brittles y Big Tree en una escena de la película.

Podríamos extendernos indefinidamente sobre la densidad de valores y la cargazón de circunstancias de las que Ford y sus guionistas dotan incluso a sus personajes más secundarios. También a los antagonistas por antonomasia, los indios; que no son solamente “dignos”, como suele repetirse hasta la saciedad, sino que son también poseedores de un mundo moral e imaginativo propio, y quizá no menos ilusos, pero tampoco más, que sus oponentes blancos: a pesar de su evidente desvalimiento, se entiende que crean que la derrota de Custer y la vuelta de los búfalos a la región –un hermoso “milagro” de la naturaleza del que Ford se complace en hacernos testigos– son señales de que ha llegado el momento del deseado levantamiento general contra el hombre blanco.

También sería largo extenderse sobre los valores formales de la película: su espléndida fotografía en tecnicolor de parajes naturales, en declarada emulación de las composiciones del pintor paisajista y costumbrista Frederic Remington (1861-1909); su elegante montaje, abundante en elipsis que evitan la exhibición sensacionalista de la violencia; el excelente pulso con el que alterna escenas dramáticas y humorísticas; o su fisicidad, su innegable impresión de realidad, fruto del hecho palpable de que parte del rodaje se llevó a cabo en localizaciones naturales en el desierto de Arizona y el equipo se vio obligado a soportar condiciones de vida en gran medida similares a las que padecían los personajes.

Tales son, en apretado esbozo, algunos de los méritos de esta compleja y fascinante película de John Ford. Los espectadores de mi generación no tuvimos que esforzarnos mucho por acceder a ella: podía salirnos al encuentro en cualquier sobremesa televisiva. A los de hoy se les ha enseñado a fruncir el ceño ante un género en general malquisto del gusto contemporáneo. La cultura heredada es infinita y, por tanto, cabe pensar que algunas generaciones renuncian a una parte de ese legado en beneficio de otras que consideran más cercanas o relevantes. En el caso de la postergación de la que hoy es objeto el wéstern, quizá el juicio haya sido precipitado: el mundo de cuyos turbulentos orígenes se ocupa es el nuestro.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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