-Buenos días. Me gustaría leer poesía. ¿Me podría recomendar algún libro?
El viejo librero no se inmutó. Tras el curtido mostrador de madera, observó atentamente a la adolescente que tenía delante. Apenas catorce años. El pelo largo, recogida la cortina del flequillo a ambos lados de la cara gracias a dos pequeñas horquillas. Se aferraba firmemente a la carpeta escolar, la misma que la defendía de las miradas hostiles de los vendedores de carnada para pescar que la asaltaban diariamente con sus soeces comentarios cuando iba de camino al instituto. Miguel Bosé sonreía a la altura de su pecho. Al otro lado, pegado a su corazón, que latía acelerado en ese momento, un paisaje de ríos y montañas, un campo cuajado de amapolas que competían con el rubor que la situación le provocaba.
Bata azul, las manos abiertas apoyadas en el tablero encerado, el librero aguardaba pensativo durante un instante que parecía eterno. Se volvió lentamente hacia el interior en penumbra de la librería, la honda cueva, en la que ocurría la maravilla, que ella atisbaba de camino a clase. Sopesó que la joven escapara en ese momento. No lo haría. Había ensayado largamente qué diría y esa mañana se había armado de valor, arriesgándose levemente a llegar tarde a primera hora – ¿Historia?–. La propia inquietud que la hazaña implicaba la paralizaba por completo, las piernas temblando.
El librero cano, adusto mostacho, pequeños ojos tras las lentes, volvió pronto con un pequeño libro entre las manos. Lo depositó en el mostrador sin decir nada. Una flor amarilla ilustraba la portada blanca, suave, maleable… La joven soltó por primera vez la carpeta y abrió el libro al azar: “Este hijo mío siempre ha sido díscolo”. Recontó las monedas que llevaba en el bolsillo para pagar el libro y salió veloz a la calle. Levantó su mirada castaña –el cielo se escapaba entre las altas azoteas–, ya lejos para siempre, ya dentro para siempre, con el miedo aún palpitando, palpitando también la recompensa.

