Otra primavera en el horizonte. Marzo en los labios. Uno va cavilándose. Escoge el paseo vespertino por la ciudad antigua. Todos los días la misma senda en busca del mar infinito. La vida avanza con sus rutinas, a veces a trompicones y con alguna noche de insomnio de por medio. Será la edad. ¿Cómo fue aquello de dormir de un tirón o a pierna suelta? Mientras tanto se esboza el poema que nunca llega. En la cincuentena recién estrenada uno se siente como más frágil que de costumbre, pero todo lo consuela esta lluvia de marzo que me gusta contemplar desde mi ventana.
Pasó el Carnaval. Cuanta demagogia, dogmatismo y lugares comunes se vierten en las tablas del Teatro Falla a mayor gloria de los panegiristas de un concurso plúmbeo. El tema estrella fue la turistificación, que es denunciable, pero al tratarse a veces con tanta inquina parece que los carnavaleros no fueran turistas en otra parte. Hay un Cádiz profundo, endogámico y pernicioso que se mira al espejo cual Narciso de pito y caña que cree que el botellón es foráneo porque en Cádiz somos abstemios por naturaleza. En fin…
Entre tanta novelería el cine salva. Vuelvo a Eric Rohmer, La rodilla de Claire, película de 1970. ¿Sería cancelada en nuestros días la mano que el protagonista posa sobre la rodilla de la lacrimosa muchacha en cuento moral de verano? Cuanta delicadeza en Rohmer bañada en la fotografía solar de Néstor Almendros, capaz de asomarse a la luz más exultante y también a una oscuridad salida de un cuadro de Georges de La Tour.
De Rohmer a Bob Dylan. Voy al cine y disfruto de A complete unknown que firma James Mangold y que desentraña al primerizo Dylan que se miraba en el espejo folk de Woody Guthrie y deambulaba por el Village neoyorkino en busca de su libertad personal y eléctrica. Mejor película, indudablemente, que la oscarizada Anora de Sean Baker, pero el cine y los tiempos están cambiando, y quizá uno empiece a sentirse fuera de toda esta onda de puritanismo salvaje donde todo se ideologiza.
Marzo en el calendario. Llueve sobre mojado. Se atisba la Semana Santa donde volveré a entregarme a la estética de un paso de palio doblando una esquina en la ciudad antigua. Todo lo que Cernuda fijó en su poema “Luna llena en Semana Santa”. Sorteando la desolación y entre quimeras seguiremos siendo el tiempo que nos queda.
Leo a Carmen Palomo Pinel y su poemario Ramas de mirto en la ciudad eterna. Celebro estos poemas que merecieron el accésit del Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma a quien Luis Antonio de Villena se encomienda en su poemario Miserable vejez. Los poetas y la primavera naciente y fulgurante. Paloma Pinel escribe y yo subrayo: “O no digas nunca primavera/ o dilo de tal modo/ que incluso de tu lengua escapen flores”. La leo y la releo, ubicándose entre Virgilio y José Emilio Pacheco. Me detengo en su poema “Contra los museos” que no comparto porque me gusta perderme en los museos donde uno se siente en paz consigo mismo, buscando respuestas en los lienzos que se habitan. Eso sí, no es mala idea imaginar al Cristo de Velázquez al margen del Museo del Prado en una iglesia de puertas siempre abiertas, incluso por la noche.
La vida fluye o tratamos de que fluya. Marzo avanza. Entre Trump y Putin el mundo es un lugar hostil. Palestina y Ucrania, tristes guerras. Sufrir por aquello que es irremediable, por lo que no está en nuestra mano. Vivimos tiempos instalados en la tiranía del pensamiento único. La lectura es una forma de huida. Otro regreso al que me entrego en estos días es a Muerte en Venecia de Thomas Mann. El eterno Tadzio, deseo impronunciable en una Venecia apestada.
En uno de mis paseos me encuentro con mi librero de toda la vida, el amigo Juan Manuel Fernández, jubilosamente jubilado. Le abrazo y le confieso lo mucho que le añoro hasta el punto de no poder regresar a la librería Manuel de Falla que vinculo a su presencia, a su amistad entre libros. Uno ha de asumir las pérdidas que la vida acarrea. Lo bonito que hubiera sido una medalla de Andalucía para un librero que cambia una vida o muchas como Juan Manuel. Pero claro, mucho mejor, donde va a parar, la medalla de Andalucía para María del Monte, que representa mejor los valores de esta tierra empecinada en el tópico y en personajes de fama sobrevenida como el tal Montoya de la infame Isla de las Tentaciones de la infame Tele 5. Todo está bien. Para qué quejarse…
Y mientras sorbo el café matinal en mañana de marzo repaso las anotaciones imprecisas en un dietario y siento las muertes cotidianas, la de Pedro Zarraluki del que leo su última novela, la ibicenca y sesentera La curva del olvido, la del poeta Andrés Sánchez Robayna, fino estilista del verso profundo, o la de Nadia Consolani, viuda de Fernando Quiñones con el que mi padre cruzó un tiempo de ensoñaciones literarias. Cada cual deja un hueco y un vacío íntimo, profundo, insustituible. Al menos ya se intuyen las horas primaverales y ese florecer del mundo que nos convida a vivir la vida y a no pensar en la muerte. No es poco consuelo.


