Joselito, amado de los dioses

Aquella tarde de sábado de primavera, a las siete de la tarde, el rumor empezó a circular por Madrid entre susurros y exclamaciones de incredulidad, rápido como una exhalación. En un par de minutos, —“no hay hipérbole en ello” escribe un periodista de la época—, la noticia se propagaba de boca en boca por cafés y teatros, al tiempo que los telegramas llegados de Talavera confirmaban la tragedia. Aquel 16 de mayo, un estruendo retumbó en las calles de la capital y del resto de España. No se hablaba de otra cosa.A las seis y veinte, José Gómez Ortega, Joselito, vestido de grana y oro, pisó  el albero de la plaza de Talavera de la Reina para matar al quinto toro de la tarde, un negro mulato de nombre “Bailaor”. Un bicharraco de 21 arrobas, pequeño, burriciego y cornicorto, pero afilado de cuernos. Un toro bronco y avisado, duro de patas, que embistió con furia toda la lidia sin siquiera abrir la boca. Un robusto cinqueño, divisa azul y blanca de la modesta ganadería de la Viuda de Ortega, cruce de Veragua y Santa Coloma, que iba a llevarse por delante de dos certeras cornadas a la figura más grande que había dado —que dio dirán algunos— la fiesta. Tenía veinticinco años, la edad de los elegidos —“el amado de los dioses muere joven” reza una sentencia griega—,  y estaba en la cima del mundo, de su mundo.

Detalle de la tumba de Joselito en Sevilla.              Foto: Gonzalo Durán.

Joselito no tenía que estar en Talavera, no estaba previsto. El día anterior había cuajado una mala faena toreando en Madrid. “¡Qué se vaya!, ¡Qué se vaya!”, escuchó gritar desde la grada mientras caían las almohadillas a sus pies, lo que ocurría a tantos toreros, a otros, pero no a él. Dolido por las críticas rompió el contrato que tenía para torear en la plaza madrileña al día siguiente y pidió que se le incluyera en el cartel de Talavera, un mano a mano con su cuñado Ignacio Sánchez Mejías, que fue testigo del lance. Una plaza pequeña y modesta donde no había toreado antes y que, caprichos del destino, había inaugurado su padre Fernando Gómez “el Gallo”.

“No, que no se vaya; pero que se arrime, que dé al público todo cuanto sabe, todo cuanto tiene el deber de dar”, podía leerse en El País la misma mañana de aquel sábado trágico. “A José le quedan muchos años, por fortuna, de torear”, añadía más adelante en su crónica el periodista, palabras que pocas horas después de escribirse iban a convertirse en angustioso presagio de la fatalidad que acechaba a la vuelta del día, cuando la diosa Fortuna, voluble y caprichosa, subió a Joselito aquella tarde a un barco sin mástil, ni timón, con las velas rotas, y arribó en Talavera, donde esperaba la Muerte.

Aclamado en los ruedos desde que tomara la alternativa con solo diecisiete años, aquel niño prodigio heredero de la estirpe taurina de los Gallo, dejaría pronto de aparecer en los carteles como Gallito III o Gallito Chico, para adquirir dimensión propia y convertirse en Joselito. Su rivalidad en la plaza con Belmonte adquirió tintes épicos haciendo de aquellos años la Edad de Oro del toreo, y de ambos, dos toreros de leyenda; uno, Joselito, el último torero clásico; el otro, Belmonte, el primer torero contemporáneo.

Monumento de la tumba del torero realizado por Mariano Benlliure.                                Foto: Gonzalo Durán.

Al repasar los periódicos de aquellos días se da uno cuenta del aura de inmortalidad que parecía rodear la figura del diestro sevillano. Basta ver los adjetivos con que adornan su figura: el Grande, el Único, el Papa, el Sabio, Faraón, Rey de los toreros… Nadie parecía pensar, curiosamente, que pudiera morir en la plaza, como si no fuesen conscientes que la liturgia de la lidia requiere que público y torero —elevado éste último a la categoría de héroe literario y popular—, esté preparado, siempre, para el combate de Eros y Thánatos sobre la arena. En ese espléndido libro (no sé si llamarlo biografía o novela) que escribió sobre Belmonte el escritor sevillano Chaves Nogales —vilipendiado por comunistas y fascistas, exiliado, olvidado y ¡al fin! recuperado—, el torero sevillano le confiesa al recordar la muerte de su amigo y rival en la plaza: “Habíamos llegado ya a un cierto dominio en nuestro arte que nos permitía dar una sensación de seguridad y dominio tales que el riesgo del toreo parecía no existir”.

Solo así se entiende, por lo imprevisible, cómo la muerte de Joselito se convirtió en una tragedia nacional que conmocionó al país entero. Todo lo que aconteció a partir de aquel momento fue extraordinario y singular. Hubo periódicos incluso, como El Liberal, que se atrevieron a desafiar la prohibición de trabajar en domingo para publicar un número extraordinario e informar el primero de todos los detalles del suceso. Para llevar el cuerpo a Madrid se dispuso un tren especial desde Talavera. Una multitud esperaba su llegada en la estación de las Delicias y en las inmediaciones de la calle Arrieta, donde vivía el torero y se dispuso la capilla ardiente.  Fue tal el gentío que se congregó  que hubieron de cortarse los accesos, y la policía tuvo que cargar varias veces para evitar las avalanchas. Por allí desfilaron, el conde de Heredia Spínola, que acudió a dar el pésame en nombre del rey; el presidente del gobierno, Eduardo Dato; políticos como Antonio Maura; aristócratas, toreros y numerosos personajes públicos; “el todo Madrid”, como se lee en alguna crónica.

Episodios similares se vivieron en Sevilla, donde se declaró luto oficial. El comercio cerró sus puertas aquel día. Ya desde primeras horas de la mañana aguardaba un enorme gentío  en la estación la llegada del tren con el cuerpo de Joselito, y a medida que el cortejo recorría las calles sevillanas se hacía cada vez mayor, dificultando el avance camino del cementerio. Los balcones llenos de gente y adornados con mantones y crespones negros, igual que las columnas de la Alameda de Hércules, lugar de cita habitual de las tertulias de toreros en aquella época y donde el diestro tenía su casa sevillana. El momento de mayor emoción, no obstante, se vivió cuando el féretro de Joselito, ferviente hermano de la Esperanza Macarena, entró en  el templo de San Gil, llevado a hombros por su cuadrilla, familiares y amigos con los rostros demudados de dolor y las miradas perdidas. Dentro esperaba la Macarena, vestida de luto por primera y única vez, lo que hizo del acontecimiento un momento excepcional.

Una imagen tan impactante que ni artistas ni poetas fueron capaces de sustraerse a ella al evocar la muerte del torero, como Alberti, que escribe, “Niño de amaranto y oro, / cómo llora tu cuadrilla / y cómo llora Sevilla / despidiéndote del toro”, en un vibrante poema elegíaco que llamó “Joselito en su gloria”. Esa  misma imagen fue la que inspiró también a Mariano Benlliure para el majestuoso y dramático mausoleo que vemos en el cementerio de San Fernando, el más imponente de todos cuantos alberga el camposanto sevillano. El escultor fue testigo directo de aquel momento, y él mismo confiesa la conmoción tan profunda que le causó la emotividad popular desatada en las calles.

Detalle de la tumba de Joselito.                                                              Foto: Gonzalo Durán.

Benlliure recibió el encargo de Ignacio Sánchez Mejías pocos meses después de producirse la muerte de Joselito. La elección del artista valenciano nos da una idea de la dimensión del torero. Benlliure no solo era el escultor de más prestigio de la España que se asomaba al siglo XX —se acordaron por el trabajo 125.00 pesetas de las de entonces, aunque finalmente se pagaron 90.000—, sino también el que más devotamente se había entregado a las representaciones taurinas. Tardó cuatro años en concluirlo, realizando en este tiempo numerosos dibujos y bocetos en barro, pero la espera bien valió la pena. La obra fue uno de sus trabajos más ambiciosos y, sin duda, es una de las obras más importantes de su carrera, por la que más se le recuerda.

El artista optó por una composición horizontal en la que diecinueve imponentes figuras de bronce de tamaño natural acompañan y sostienen el féretro con la efigie en mármol del torero, tomado de las fotografías que se hicieron a Joselito en la enfermería de Talavera. El esquema compositivo básico, dice Blanca Ramos, está tomado de La muerte del torero un lienzo pintado diez años antes por Vázquez Díaz; mientras que Fátima Halcón, sin embargo, apunta como principal inspiración hacia el conocido grupo de Los burgueses de Calais, de Rodin.  Tampoco le son ajenos los modelos de los monumentos funerarios góticos, como el del caballero borgoñón Philipe Pot, en el Louvre, en cuyos teatrales y efectistas pleurants es imposible no pensar al contemplar el mausoleo sevillano.

El cortejo lo abren tres gitanas, una niña y dos mujeres, portando una de ellas una pequeña imagen de la Virgen Macarena con ropas de luto. Tras ellas los hombres cargan el féretro sobre sus hombros. Acompañando el féretro, a ambos lados, niños y mujeres llevando flores, acaso “oscuras flores de duelo”, como en el poema de Lorca. Ellas buscan el consuelo entre sí y liberan las emociones en el llanto; los hombres, en cambio, las contienen, solos en su propio desconsuelo. El realismo de Benlliure alcanza cotas muy notables en el tratamiento de todas ellas, así como el virtuosismo y precisión, casi de orfebre, con que acompaña los detalles de las figuras.

Cuando el monumento estuvo terminado se expuso en el Palacio de Bellas Artes (actual Museo Arqueológico de Sevilla), hasta que en 1926 se decidió su instalación en el cementerio, sobre el sepulcro del diestro. Muy cerca de ella se encuentran también las de otros célebres toreros como El Espartero o el propio Juan Belmonte. La decisión no estuvo exenta de cierta polémica, ya que se plantearon alternativas como la Alameda de Hércules. El cielo de Sevilla, tan alto, tan azul, tan luminoso, tan alegre, no es el mejor escenario para destacar la emotividad trágica y doliente que buscó Benlliure, y quizá no hubiera sido mala idea un espacio que protegiera el monumento y, sobre todo, diera más protagonismo a la puesta en escena, al recogimiento, a la teatralidad del mausoleo, como la iglesia de San Bernardo, que alguien propuso y donde estaban enterrados los restos del torero Curro Cúchares.

Gonzalo Durán

Autor/a: Gonzalo Durán

Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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