Jose Troncoso: «Tratamos al público de manera inteligente, no como la televisión»

Troncoso, no paras… ¿De dónde vienes?

Vengo del ensayo de una función para la que estoy haciendo la ayudantía de dirección. Se llama El lunar de Lady Chatterley. Es un monólogo de Roberto Santiago dirigido por Antonio Gil y protagonizado por Ana Fernández… También estamos con los ensayos del nuevo espectáculo de la compañía.

¿Y qué? ¿Nervioso por la función del próximo fin de semana en Cádiz?

¿Nervioso? ¡Es en la Lechera, Ana, donde me he criado! Al final uno donde quiere gustar por encima de todo es en su tierra.

Y es que este fin de semana, la compañía La Estampida Teatro, que él dirige, representará una función de la cual también es autor: ‘Las Princesas del Pacífico’. Un espectáculo que crearon hace diez años, y que ahora han retomado, con el que están, literalmente, arrasando en Madrid.

¿Cómo empezasteis a crear Las Princesas del Pacífico?

Empezamos con Karl Valentin, a trabajar con textos de él, pero no salía nada… Entonces un día, durante un ensayo, me levanté y me salí de la sala, pero antes les dije a las dos actrices: “Vestiros que no os reconozca”. Y cuando volví al rato, ya estaban los dos personajes tal y como son ahora. Empecé a entrevistarlas, a hacerles preguntas, y mientras respondían, ellas mismas iban descubriendo quiénes eran esos personajes, qué relación les unía… Luego empezamos a poner cosas en contra: ¿Tienen dinero? Obviamente la respuesta fue no. ¿Tienen una casa buena? Tampoco. ¿Qué les podía suceder para que les cambiara la vida? Que les tocara un crucero.

Un crucero es de las cosas más horrorosas que me pueden pasar. Verte ahí en alta mar, con la misma gente todos los días, y la imposibilidad de escapar. Horrible, de pesadilla.

Jose Troncoso.
Jose Troncoso.

¿Qué hay de diferente entre la función que estrenasteis hace diez años y la de ahora?

La edad. La vida. El paso de los años. En aquella época apenas teníamos treinta, no teníamos nada vivido, no ahondábamos en el drama de los personajes, incluso puede decirse que nos reíamos de ellos.

También mi experiencia como actor con Juan Pastor (Director del Teatro Guindalera) ha influido mucho en esta versión. Todo el tema del trabajo con el texto, el análisis de las escenas… he aprendido mucho con él, y ahora lo aplico en mis espectáculos.

¿Qué hay de La Zaranda?

La Zaranda ha influído en mi trabajo, pero sobre todo me une a ella el hecho de compartir un mismo origen geográfico que es muy especial. Cádiz ha sido arrasada por maremotos tres veces, y de ahí esa forma de ser tan particular, que tiene un poco de “Estamos mal, pero estamos aquí”. La capacidad de autocrítica, de reírse de uno mismo. También pienso en las mujeres del barrio del Balón, mi barrio, que se paraban a criticar a las muchachitas que pasaban, y yo pensaba, “Pero mujer, ¿tú te has mirado?”

¿Cuándo te fuiste de Cádiz?

Me fui a estudiar Bellas Artes a Sevilla después de haber intentado hacer Ingeniería Química en Cádiz, que por poco me muero, ya ves, yo, Ingeniería Química. Mi madre me miraba y se daba cuenta de lo infeliz que era. Así que cambié de planes y estudié Bellas Artes. Tenía dieciocho años. Luego estuve en Londres y en París estudiando con Philippe Gaulier, al que considero mi maestro.

Pero en tus espectáculos hay mucho de Cádiz.

Gaulier siempre habla de que para la creación hay que buscar en las raíces, y yo eso es lo que he hecho. Cádiz es inspirador, solo hay que salir a la calle y mirar a la gente, mirar la vida. En Madrid es diferente, se sale a la calle para trabajar, no para relajarse mirando y observando. Las Princesas del Pacífico son un trozo de vida, un trozo de eso que he observado. Yo recuerdo ver a la gente en el Hospital de San Rafael, en la calle, unas conversaciones… Yo los miraba y me reía, pero detrás había un drama horroroso… Yo en Cádiz me alimento, pero no ahora que estoy fuera, ya cuando vivía allí, también la entendía, desde dentro, no necesitaba perspectiva. Si no me hubiera ido, hubiera sido lo mismo. Salir de Cádiz me ha servido básicamente para poder trabajar.

Una escena de 'Las Princesas del Pacífico'.
Una escena de ‘Las Princesas del Pacífico’.

Tu padre y tu madre, ya jubilados, tenían una tienda de lencería en la calle Concepción, al lado del ya mencionado Hospital de San Rafael. Imagino que eso ha sido también una fuente potentísima de inspiración…

Mi padre es actor. La tienda, el mostrador de la tienda, era como un escenario. Mi padre era Marcello Mastroianni, y mi madre Giulietta Masina. Yo he visto a mi padre sentado, malísimo, y de pronto entrar un cliente, y levantarse corriendo, para “hacerle el artículo”. Me encanta ese concepto. Vender era toda una ceremonia, una obra de teatro en sí. Y el que se iba de la tienda con la compra se iba feliz, contento por haber adquirido ese artículo. A través del negocio de mis padres, en pequeña escala, he visto el final de todo un mundo, el adiós a la manufactura artesanal, la llegada de los productos de China, la pérdida de la “poética de comprar”. Vivimos en la cultura de lo efímero, de la deshumanización. Un día fui con mi padre al H&M de la Gran Vía, y la niña metía los artículos en la bolsa casi sin mirarlos. Mi padre sacó la camisa que se había comprado, la dobló cuidadosamente y la volvió a meter en la bolsa. Yo busco en mi teatro eso, lo que hacía mi padre, lo auténtico. En Las Princesas del Pacífico todo, todo está medido y cuidado.

¿Cómo recibe el público tu teatro?

El espectador hace suya la experiencia. Es un teatro abierto, cada persona interpreta la obra desde su punto de vista. Eso sí, para ello el mensaje tiene que estar bien lanzado. Pero tratamos al público de manera inteligente, no como la televisión. Para mí el teatro es todo lo contrario a la televisión.

¿Cuáles son tus proyectos futuros?

Afianzar la compañía, trabajar en ella. Tenemos ahora mismo dos montajes en mente, uno es Lo nunca visto, con el elenco de Princesas, más una nueva actriz, Anna Turpin, y un espectáculo unipersonal interpretado por José Bustos, que se llama Igual que si en la luna.

¿Qué pretendes con tu teatro?

No quedarme en la anécdota. Intentar apuntar a lo Universal. Pienso en la posteridad, en hacer cosas que perduren, que permanezcan en el recuerdo del espectador. El teatro como experiencia modificadora que cambie sus vidas. No trabajar nunca desde lo banal. Siempre con verdad y con honestidad. Quiero gustar a la gente de teatro, pero también quiero gustarle a mi madre. Con Las Princesas del Pacífico lo hemos conseguido.

¿De qué hablaréis en Lo nunca visto?

Está inspirado por esa gente que ves por la calle y piensas “¿Cómo ha llegado esta persona a estar así?” Detrás de esa yonki hay un bebé que un día estuvo en brazos de alguien que la quería mucho… O “¿En qué momento una mujer maltratada empieza a permitir que alguien le ponga la mano encima?” El tema de la niñez, importante siempre para mí, los indigentes, aquellos a los que la sociedad da la espalda…

Seguimos hablando, divagando, nos pedimos otra cervecita, y mencionamos la palabra “arte”:

El arte salva, el arte mata. Hay gente que se empeña en ir por donde no tiene que ir, y lo cierto es que no da para más.

Alicia Rodríguez y Belén Ponce, en 'Princesas del Pacífico'.
Alicia Rodríguez y Belén Ponce, en ‘Princesas del Pacífico’.

Entonces, la ilusión sin talento no va a ningún lado.

Hay gente que tiene… no sé. Yo pienso en la semilla… Si tú tienes semilla de melocotonero, nunca vas a ser una orquídea. El talento está en la semilla.

Ahora todo el mundo quiere ser un Hugo Silva. Se confunden los términos. Todo se resuelve a golpe de gracejo. Pero a mí me gusta comparar el trabajo del actor con el de un bailarín. Trabajar todos los días, cada día un poquito, hasta conseguir levantar la pierna hasta el sitio que quieres. La gente piensa que cualquiera puede ser actor, y de eso tiene mucha culpa la telerrealidad, Gran hermano… No quieren ser artistas, quieren ser famosos. El teatro se está empezando a contagiar de todo eso. Ya nos piden segundas y terceras partes de Las Princesas, nos piden que repitamos la fórmula que tan bien se nos ha dado. Pero no, no es lo que queremos hacer. No solo hay que entretener a la gente. El entretenimiento debe ser productivo.

El concepto del “Microteatro” es un poco producto de todo esto. La gente puede decir que ha ido al teatro porque ha visto una función de 15 minutos. Y ya está.

¿Por qué la comedia?

Hay que tener al público con la boca entreabierta por la sonrisa, porque así le entra todo mejor. Piensa que las que están en el escenario están peor, se ríe, y luego llega a su casa y dice: “¿Qué me han contado esta gente?”

¿Qué hay de ese Troncoso que se vino a vivir a Madrid?

Todo lo que nos dijeron que iba a ser, no ha sido nada. Pero con la edad nos pasa una cosa estupenda: cada vez somos más nosotros.

¿Piensas volver a Cádiz?

Volver no, porque ¿qué hago en Cádiz? Aquí no hay posibilidad de trabajar. Pero sí quiero pasar temporadas más largas.

Nos despedimos con un beso, con un abrazo, con todo el cariño que da una amistad bien forjada en largas tardes tumbados en el sofá de la casa que compartíamos en Conde de Casal. Con la solidaridad y la complicidad de quienes se saben subidos en el mismo barco, contra viento y marea, con un mismo origen y quién sabe qué destino.

Tronkis, suerte para el viernes y el sábado en la Lechera.

¡Ay, Cabesi!…

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