No es nueva esta polémica, pero últimamente ha vuelto a surgir con fuerza en torno a Jennifer Lawrence, una actriz de veinticinco años que triunfa en Hollywood interpretando a mujeres de cuarenta. La pregunta es obvia: ¿no hay actrices de cuarenta que puedan hacerlo?
Las actrices americanas viven con inquietud y desasosiego ese momento en el que una deja de ser fuckable, y pasa a engrosar la lista de actrices que interpretan secundarios de madres, suegras y demás seres poco o nada interesantes, al menos no tanto como para tener un personaje protagonista. De ahí que, de vez en cuando, asistamos con estupor a las salvajadas que se hacen en la cara actrices de cuarenta y cincuenta años para conseguir, sin éxito, parecer veinteañeras.
El trasfondo de este tema es complejo, y muchas veces se entiende desde un lugar muy equivocado. Las propias afectadas se lamentan: ¿por qué una mujer no puede ser fuckable con cuarenta o cincuenta años? Es como esas imágenes de mujeres gordas en ropa interior y actitud provocativa que se nos aparecen de vez en cuando en Facebook: “dale a me gusta si también crees que las gorditas son sexys”. Y a todo el mundo se siente bondadoso porque, efectivamente, piensan que no les importaría follarse a la gorda.
Pero es que ese no es el problema. El problema es que se considere a la mujer, en general, como un elemento fuckable o no fuckable. Tanto vales cuanto más fuckable eres. Los guiones se escriben para mujeres fuckables. Interesan las historias y los desvelos de las mujeres fuckables. Esto se traduce en películas donde abundan primeros planos donde el objeto es captar la belleza femenina, más allá de su capacidad interpretativa (que la hay, desde luego, no es incompatible la belleza y el talento). Pero la mujer, ahora y siempre, salvo excepciones, sigue siendo considerada como un objeto de adorno, como un objeto de belleza, pero un objeto al fin y al cabo.
Pocas mujeres rompen con este duro y terrible esquema. Meryl Streep recuerda perfectamente el momento en el que le dijeron NO en el casting de King Kong por ser fea. Anna Magnani, Giulietta Massina… En España, Carmen Machi y Blanca Portillo también parecen haber superado a golpe de personalidad y talento el hándicap de no ser, a priori, mujeres fuckables. Aún así, en nuestro país, sigue siendo muy importante ser muy joven y brutalmente fotogénica para convertirte en actriz protagonista.

Pocos directores logran resistirse a la tentación de dejarse llevar por la belleza de una actriz y no buscar nada más. Pero ahí está el ejemplo de Woody Allen. Actrices cuyo talento queda normalmente eclipsado por su excepcional presencia, exhiben en las películas del cineasta neoyorkino un talento asombroso. Todos recordamos a Cate Blanchett en Blue Jasmine. Nadie sale de esa película diciendo: “qué guapa es la protagonista”, que es lo que solemos decir cada vez que una actriz nos gusta, reconozcámoslo.
Ni siquiera el cine de autor se salva de esta tiranía de la edad y la belleza. Este verano vi Viaje a Sils María, de Olivier Assayas. En los trailers promocionales me habían prometido una historia sobre una actriz de éxito que, cumplida una edad, ve cómo su hegemonía en el mercado comienza a tambalearse. Ella, que a los veinte años había triunfado haciendo una función en la que una señora mayor se enamoraba de ella, es llamada tiempo después para interpretar justamente el personaje de la mujer madura, con una actriz joven emergente y talentosa. La protagonista de la película era Juliette Binoche. Me interesaba el tema, me interesa mucho Juliette Binoche, y me interesa que se hagan películas sobre mujeres que cuenten algo más que simplemente aparezcan para darle al héroe el beso de la victoria. Así que fui.
Pero a los veinte minutos el suflé se vino abajo. Tardé un poco en comprender, en reaccionar, porque no daba crédito. Lo tuve que comentar hasta con otras personas para asegurarme de que era cierto. En la película, Juliette Binoche interpretaba a una mujer de cuarenta años. ¿Cuarenta años? Perdón: cuarenta años tienen Charlize Theron, Penélope Cruz, Eva Mendes… No es de eso de lo que me dijisteis que ibais a hablarme. Me sentí engañada, y sobre todo me dolió que una película que parecía seria finalmente no lo era más que la más comercial y convencional de todas las películas del mundo.
Queda todavía un largo camino para que, en arte, la mujer deje de ser un mero referente estético. Queda tiempo para que Beyoncé no tenga que salir en bragas y sujetador para que alguien se percate de su inmenso talento. En fin. Lamentablemente, continuará…

