‘El ojo de cristal’ o la mirada de la imaginación

La cámara enfoca un hondísimo pasillo de cuyo fondo, que apenas vemos, nos llega lo que parece un grito apagado. Luego se oyen pasos y en un momento dado entra en nuestro campo visual un hombre corpulento con sombrero y gabardina que se nos acerca apresuradamente y al que luego seguimos en su marcha por los descampados de una Barcelona espectral, entre depósitos herrumbrosos e instalaciones de telegrafía sin hilos. Adivinamos que el hombre –encarnado por el actor mexicano Carlos López Moctezuma– acaba de cometer un crimen y que el propósito de la película será su desenmascaramiento y detención. Pero, de momento, el director parece más atento a mostrarnos el atolondramiento de su personaje y nos hace ver cómo mete el pie en un charco y cómo luego deja atrás lo que ya reconocemos como el entorno de la Barcelona portuaria y avanza hacia el centro de la ciudad hasta llegar a su pensión en la plaza de Ramón Berenguer, a la mitad de Vía Layetana.

Tal es la primera secuencia de El ojo de cristal (1956), una coproducción hispano-mexicana –lo que explica la presencia de López Moctezuma– dirigida por el hoy casi olvidado Antonio Santillán y basada en un relato de William Irish, pseudónimo del afamado Cornell Woolrich, autor de las historias en que están basadas películas tan conocidas como La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) de Alfred Hitchcock o La novia vestía de negro (La mariée étair en noir, 1968) y La sirena del Mississippi (La sirene du Mississippi, 1969), ambas de François Truffaut. Woolrich, como se puede deducir del argumento de las películas mencionadas, no era un simple especialista en relatos policíacos, sino un escritor de raigambre romántica que utilizaba sus historias, como Poe, para articular una visión del mundo en la que jugaba un papel esencial la idea de que las cosas nunca son lo que parecen y que la intuición, o lo que los románticos de fuste llamaban la Imaginación, es la instancia llamada a suplir la insuficiencia de nuestras primeras percepciones. Y de eso precisamente trata el relato “Through a Dead Mán’s Eye” (“A través de los ojos de un muerto”), que Santillán y sus guionistas, Joaquina Algars e Ignacio F. Iquino –este último también coproductor de la película– trasladan magistralmente a la Barcelona contemporánea.

La ciudad, en efecto, tiene especial protagonismo en esta película; y son sus luces y sombras las que marcan las fases sucesivas en las que se alterna la estrechez de la lógica convencional –la que dicta los calculados movimientos del asesino y guía los pasos del policía que lo persigue– o se deja llevar a las zonas de relativa oscuridad o deslumbrante claridad donde los márgenes morales y sus consiguientes limitaciones de visión desaparecen. La mera razón, de hecho, no parece servir de mucho a sus dos opuestos valedores, el asesino y el policía: el uno, desde el momento en que, en su huida, se embarra los pantalones y decide llevarlos a una tintorería del barrio Gótico, sin imaginar que este inocente gesto pondrá en manos de sus perseguidores un indicio que a la larga determinará su suerte; el otro, por su obsesión por examinar una y otra vez una serie de detalles nimios que le impiden hacerse una idea cabal de lo que pudo suceder: por ejemplo, el hecho de que el periódico que el sospechoso decía estar leyendo no fuera el mismo que un camarero recordaba haber visto en su bolsillo; lo que los guionistas, por cierto, aprovechan para mencionar a uno de los cronistas más populares de esos años, Sebastiá Gasch, y sus afamados artículos sobre el mundo del circo que publicaba en el semanario Destino.

Carlos López Moctezuma

Carlos López Moctezuma en una secuencia de ‘El ojo de cristal’.

A Woolrich seguramente no le serían desconocidos los versos de Wordsworth que afirman que “el Niño es el padre del Hombre” y aventaja al adulto por la intensidad de su imaginación. Mientras el policía fracasa, hasta el punto de que el guión lo presenta como un hombre amargado por su ineficiencia y temeroso de perder la confianza de sus superiores, su hijo, que se reúne con otros chicos frente a la fachada de la Catedral de la Santa Creu –un espacio diáfano, frente a los opresivos y mal ventilados despachos de la comisaría presididos por los reglamentarios retratos de Franco–, inicia casi por casualidad un juego destinado a averiguar por qué uno de sus amigos, el hijo del tintorero, ha encontrado en las vueltas de un pantalón un ojo de cristal. Puede parece forzado el hecho de que en un mismo grupo de chicos que juegan en la calle coincidan el descubridor de este detalle accidental y el hijo del policía que investiga un crimen en el que está involucrado el propietario del pantalón en cuestión. Pero lo importante, como sabía Poe cuando urdía los enigmas que había de resolver su protodetective Auguste Dupin, no era tanto mantener el principio de verosimilitud como plantear correctamente situaciones que permitieran la limpia confrontación de los dos opuestos métodos de conocimiento de los que se vale el hombre: la mera lógica deductiva y la intuición superior. No adelantaremos más detalles del argumento: baste decir que el niño, como sugería el poema de Wordsworth, demuestra ampliamente la superioridad de su mirada imaginativa sobre los pobres procedimientos deductivos de los adultos.

José Sazatornil, el tintorero de la película.

José Sazatornil, el tintorero de la película.

El resultado fue una de las películas españolas más fascinantes de su tiempo y una especie de vuelta de tuerca a los desolados argumentos del cine policíaco barcelonés, género al que la productora de Iquino había de aportar algunos títulos importantes. Como otras películas de este género considerado entonces menor, El ojo de cristal no se recata de mostrar aspectos de la realidad que otros filmes de su tiempo más bien rehuían, como, por ejemplo, el hecho de que el asesino y su cómplice femenina vivan claramente amancebados y posiblemente hayan urdido sus lamentables planes para poder mantenerse en un ambiente de lujo fuera de su alcance. Santillán, en efecto, nos hace ver que el asesino se gana la vida como vendedor de coches de lujo, presume de conocer a “gente importante” y seguramente sufraga el lujoso apartamento en el que vive su querida: no es necesario ahondar más para explicar por qué este hombre se ve abocado al crimen. Otras son las aspiraciones del hijo del policía: tener, de mayor, el oficio de su abrumado padre, aun a costa de vivir tan modestamente como él y asumir sus mismas preocupaciones, que son las de la clase media-baja asalariada.

Para ello, como sin duda no ignoraban ni Santillán ni Woolrich, deberá sacrificar su bien más preciado: su limpieza de mente, la despejada mirada imaginativa que le permite ver lo que no ven sus mayores. Será cuestión de tiempo: como decía el poeta, este niño intuitivo está llamado a convertirse en un simple adulto acosado por las limitaciones de la realidad. A no ser que, como el protagonista de La ventana indiscreta, un afortunado accidente le quiebre las piernas y lo obligue a recuperar, en su forzosa inmovilidad, ese don perdido.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *