El nido

He leído en algún informe que las mujeres emplean el doble de tiempo que los hombres en el cuidado de la casa porque, entre otras razones, desarrollan una inercia patológica que les impide hacer solo una tarea. Sí, ese “pues ya que estoy” que nos murmuramos a nosotras mismas cuando, camino de poner una lavadora, nos detenemos a limpiar el lavabo o cuando, antes de recoger la tabla de la plancha (que habíamos desplegado solo para alisar nuestra camisa de seda favorita), le damos un repasito a cuantas camisetas, pantalones, jerseys y hasta cortinas encontramos a nuestro paso.

El mal se acentúa peligrosamente en las mujeres que no tienen un empleo fuera del hogar, claro está, casos en los que la psiquiatría empieza a hablar de TOC (trastorno obsesivo-compulsivo), y llega a hacerse extremo en períodos de reclusión hogareña, como esta cuarentena que estamos viviendo.

Que nadie me lo niegue. He hecho una encuesta entre amigas y conocidas lo suficientemente amplia y fiable como para saber que, en más o menos medida, casi todas estamos vencidas estos días por la obsesión enfermiza por la limpieza. ¡A nosotras nos van a venir aconsejando que nos lavemos las manos! María, Begoña o Leonor –ni de lejos sospechosas de micromachismos– me han asegurado respectivamente que el suelo de su cocina “está tan limpio que sobre él se podría hacer una operación a corazón abierto”, que en su inodoro “dan ganas de comerse un menudo” o que se ha pasado toda la mañana “arreglando el dobladillo de una cortina a la que hacía años miraba diariamente reconcomiéndome las entrañas porque me parecía un poco corta”.

Es así. Mis amigas y yo nos defendemos diciendo que todo esto es un homenaje a nuestras madres y así revestimos de memoria sentimental lo que no deja de ser memoria cultural y –en la proporción que corresponda– instinto de supervivencia.

Ya lo dijo Alfonso X en su General Estoria: las mujeres están más cerca de la naturaleza que el hombre, más vinculadas al cielo y al infierno y, por tanto, más expuestas al desatino. Reaccionamos como cigüeñas en primavera cuando estamos embarazadas y, viendo próximo el momento de dar a luz, nos ataca el síndrome del nido y hacemos unas limpiezas hogareñas demoledoras, que naturalmente acaban acarreándonos el parto; reaccionamos como leonas melancólicas cuando nuestros hijos se hacen mayores y se van de casa y caemos entonces en el segundo síndrome del nido, el del nido vacío.

Dice la prensa que en estos días difíciles que atravesamos las mujeres asumen los cuidados y la exposición al virus en proporción considerablemente mayor que los hombres y que, aun siendo así, ellas enferman menos. En fin, como viene siendo habitual en los últimos siglos, en tiempos de guerra las mujeres sostienen la mitad del cielo y garantizan, más allá de sus fuerzas, que la vida en la tierra continúe. Qué desastre.

 

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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