El Exorcista (1973), la película más terrorífica de todos los tiempos, quizás lo sea porque actualiza un horror sin fronteras cronológicas ni geográficas: el del demonio, llamado de mil maneras y expresado en mil rostros, pero siempre presente en el imaginario colectivo de cualquier cultura. Y porque actualiza además un terror privado y universal a la vez: el del demonio en el cuerpo, a saber: la locura que todo ser humano siente o presiente en algún momento de su vida.
La película aparece en un momento de crisis del mundo occidental que, a partir de los años sesenta, comienza a dudar de la infalibilidad de sus progresos y conquistas. El movimiento hippy y, con él, las primeras iniciativas ecologistas y la valoración de las culturas primitivas denuncian la insuficiencia de la tecnología, de la medicina moderna y de la racionalidad para procurar la felicidad del ser humano. En este estado de cosas, la película pone en juego la eficacia de tres terapias: la medicina, la psiquiatría y la oración, cuestionando que el conocimiento esté indisolublemente ligado a la racionalidad.
Ni la medicina ni la psiquiatría consiguen sanar a la protagonista, la adolescente Regan, habitada por una inexplicable pasión irracional. Visto el fracaso de la civilización para ayudar a la niña, la narración se instala en la órbita de lo primitivo, y el exorcismo transita por la iconografía folklórica más pura. En tal sentido, el film reproduce dos mitos primordiales comunes a toda la cultura occidental: el que alude al paso de la edad impúber a la adulta -rito de tránsito-, que en el caso de Regan se actualiza como posesión demoníaca y posterior conversión a la fe; y el de la ancestral expulsión del paraíso como consecuencia de haber cedido a la tentación del Demonio.
Despedirse de la niñez y prepararse a ingresar en el mundo adulto se interpreta en la cultura tradicional como el conocimiento del sexo y del amor. Hay (o ha habido) una múltiple ritualidad en todo el folklore europeo y americano básicamente referida a este significado, y exclusivamente centrada en la figura de la mujer. Tales usos, prácticas y costumbres despliegan una serie de ceremonias en la que la niña-mujer toma un primer contacto simbólico con la vegetación, con el aire o con el agua, elementos que simbolizan la sexualidad y la procreación a ella asociada. El ritual traumático de Regan se materializa en el descubrimiento que la niña hace de su propio sexo, que protege agresivamente ante el médico (“¡Quita tus sucios dedos de mi coño!”), así como en la masturbación violenta que lleva a cabo ante su aterrorizada madre. Tales indicios llevan a suponer que la puerta de entrada al cuerpo de Regan es su vagina y que el Demonio, en alguno de los momentos en que está la ventana abierta y la habitación invadida por el aire, ha penetrado por ahí.

Invadido el cuerpo de la niña por el Maligno, la única posibilidad de expulsión del mismo es la boca, ventana del cuerpo tradicionalmente interpretada como espacio de comunicación entre el alma humana y lo sobrenatural. En la tradición cristiana europea, por ejemplo, bostezar ha sido durante siglos un gesto que implicaba el peligro de que el alma se escabullera por la boca en ese momento, o de que el Demonio aprovechara para entrar, de ahí que el bostezo haya estado acompañado secularmente del rito de trazar una cruz sobre la boca con el pulgar derecho. Al respecto, el escritor aragonés Ramón J. Sender trae a colación este testimonio en su novela El verdugo afable (1970): “Los campesinos de mi tierra tienen miedo al aire, por eso cuando bostezan se hacen con la mano una cruz sobre la boca; hay quien dice que es una superstición medieval, pero yo creo que eso lo hacían ya antes de la era cristiana, y que la cruz no es cruz, sino un signo cabalístico».
Las imágenes de Regan vomitando una sustancia demoníaca son idénticas a una larguísima tradición iconográfica de exvotos que representan sujetos endemoniados (en realidad enfermos epilépticos) milagrosamente curados por la divinidad que, al interceder, consigue que de la boca del “poseso” salgan disparados los pequeños demonios que invadían su alma. Regan, además, participa en su metamorfosis del principal indicio con el que el cristianismo reconoce el contacto íntimo del ser humano con el Diablo: la animalización. Así lo evidencia en su estremecedora bajada por las escaleras a la manera de una araña.
¿Cómo se articula esta narración fílmica en la historia de la moral española de los últimos cuarenta años? Que yo recuerde, la película se estrenó en España en 1975, el año de la muerte de Franco, en un momento en que este país trataba también de abrir la boca para expulsar sus demonios. A las niñas que por entonces teníamos la edad de Regan, las monjas del colegio nos prohibieron explícitamente ir al cine, a la vez que nos recomendaban (lo recuerdo bien) que durmiéramos con las piernas cruzadas. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué ha pasado desde entonces?

