El bolso de Soraya

Una de las informaciones sobre el caso del master de Cifuentes me ha estremecido: la declaración ante el juez de una de las profesoras implicadas, quien asegura que recibió amenazas del director del master para que falsificara el acta y que tales amenazas llegaron hasta ponerle en entredicho su futuro profesional. Como digo, me estremece, pero no me extraña.

Mientras que en las escuelas de primaria y secundaria el acoso, el bullying y otras formas de abusos de poder están cada vez más frenadas por un saludable protocolo que ha logrado que la sociedad interiorice la intolerancia hacia tales comportamientos, en la universidad pública (no sé qué ocurre en la privada) sigue habitando una sorda moral de castas que encuentra en el consenso social un apoyo indudable para su supervivencia.

Hay, por una parte, una mirada admirativa hacia el profesor universitario, a quien se le supone a salvo de la mediocridad general, instalado en un sistema en el que la transmisión del conocimiento y la reflexión científica impiden dar cabida a ciertas actitudes abyectas que sí se dan fuera de los muros de la universidad. Y hay, por otra, una creencia de que el profesor universitario, por serlo, campea a sus anchas por el libre albedrío, protegido por la impunidad que le otorga su pertenencia a la élite educativa y protegido también por una situación económica y laboral que la mayoría de la sociedad mitifica imaginándola privilegiada.

Ante estas falsas apariencias el profesorado universitario no suele rebelarse. Siendo uno de los gremios más vapuleado económicamente en las últimas décadas y estando sometido, en muchísimos casos, a las decisiones interesadas y torticeras de la cúpula académica (léase catedráticos con derecho de pernada), lo más habitual es que —como esa profesora del master— los universitarios callen y otorguen, convencidos de que si se muestran respondones serán expulsados de inmediato del reino de la sabiduría. Impera entre ellos, efectivamente, un síndrome de Estocolmo que los lleva más allá del sentimiento de benevolencia hacia sus superiores, para quienes preparan ponencias, escriben artículos y libros y a los que hasta defienden belicosamente si alguien pone en duda su decencia. E impera también el anhelo de alcanzar la cúpula algún día para mostrarse, entonces, tan protectores y verdugos de sus discípulos como sus maestros lo fueron con ellos. En la universidad pública reina el silencio, el silencio de los corderos.

En las postrimerías del franquismo, mientras que los estudiantes de la Universidad Complutense corrían huyendo de los “grises”, un famoso catedrático entraba en el aula y anunciaba: “Hoy la clase la va a impartir mi doctorando porque yo no puedo hacer esperar a un italiano que tengo en la bañera de mi casa”. Innumerables anécdotas similares, murmuradas en los corrillos universitarios, se recuerdan como las últimas supervivencias de un sistema jerárquico de tufo medieval al que la democracia parecía que iba a poner fin. No ha sido así. La universidad, enferma de sí misma, se niega patológicamente a desterrar el orden impuesto por un explícito sistema de castas, algo debilitado —es cierto— en los años ochenta y noventa del pasado siglo, época de incertidumbre a la que felizmente puso fin el ministerio de Wert, que vino a recuperar la jerarquía férrea y a restablecer toda la capacidad de amenaza de los mediocres poderosos.

Hace unos días, durante el debate de la moción de censura, algunos de los que intervenían se quejaban de dirigir su discurso a un bolso (el bolso que Soraya Sáenz de Santamaría había dejado sobre el asiento de Rajoy). No me pareció cómico, me estremecí otra vez ante el servilismo, la esclavitud, la defensa penosa que de su jefe y mentor hacía la vicepresidenta. Vi a Soraya con la dignidad perdida porque me temo que en la política, como en la universidad, la supervivencia sigue siendo un asunto de castas.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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