Diario en la frontera: Distancia social

Cuando no estoy mirando por la ventana deambulo por las enciclopedias que el ordenador pone a mi alcance. Es un callejeo errático, ocioso, que no busca llegar a ninguna parte, menos a concluir nada. Me ha intrigado que llamen distancia social a la distancia física con la que en adelante deberíamos relacionarnos. He leído que, en antropología, es la tercera de las cuatro medidas de nuestro espacio vital, zonas concéntricas en las que nos sentimos invadidos por los demás. Este tercer espacio tiene, para entendernos, más metros que la segunda distancia, donde alcanzan los brazos para saludarse; nos incomoda menos que la primera, esa intimidad donde olemos y sentimos el calor de quienes se nos acercan; y es mucho más comprometido que la cuarta, aliviada ya con la formalidad de la distancia pública. Son medidas culturales, cambian con los países y, supongo, dependen también del mal carácter de quienes colocan su yo en el centro de coordenadas del resto del mundo. Ese cetro de quienes opinan sin equivocarse.

Son pensamientos interrumpidos por el final del centrifugado de la lavadora. En poco tiempo, las azoteas han pasado de ser un anémico lugar de tránsito, como un pasillo sin muebles ni cuadros, a concurrida plaza de pueblo. A la vez, corazón y médula nerviosa de los bloques. Tres azoteas confluyen con la mía, cerrando en altura cuatro edificios. Nos separan unos muretes bajos que los más niños juegan a saltarse. Desde arriba, los limoneros del patio interior parecen recién plantados. He empezado, aquí, a llamar por su nombre a las vecinas, antes desconocidas cercanas con las que intercambiar apenas el cartel de a quien le toca la limpieza de la escalera, los buenos días, los parece que este calor ha venido para quedarse, las buenas tardes. He empezado a saber dónde trabajan, si trabajan, a lo que se dedican los maridos; la que ganó con su divorcio, un mal tipo que vivía antes aquí; la edad de sus hijos, a veces tumbados al sol, poseídos por una música de papito luciferino que debe oírse hasta dentro de los supermercados, cuatro calles más abajo. Son apenas rascaduras de la superficie. Me llaman por mi nombre. En la azotea de al lado, una pareja joven ha subido una palmera enana que busca aquí su trópico. En la otra, una mujer la recorre en círculos, como un ejercicio de salud repetitivo. Cuando subo, ya está aquí; cuando me vaya, seguirá dando vueltas, haciendo kilómetros. En la tercera, otra pareja se refugia detrás de unas sábanas. Cuando el viento las levanta, se atisban retazos de una mesa de playa, muy baja, con latas de cerveza y platos de aluminio. Creo que están sentados en el suelo. En una azotea lejana, parte de otro cuadrado de bloques, un hombre sin camiseta, calzado con guantes de boxeo, golpea un neumático. Un peso pesado, más de ochenta kilos, rapado para ganar fiereza, machacando con los puños una rueda. Una imagen con algo de carcelaria, pienso. Una descarga con algo liberador, también.

En la placita, a los dos indigentes habituales se les une algunos días otro muy mayor, casi siempre cubierto con una mascarilla quirúrgica azulina que se baja para dar caladas a un cigarro que comparte con los otros. Como muchos indigentes, se mueve con un carrito de la compra donde, quizás, lleve su casa. El más serio, quien hablaba poco, se volvió esta semana parlanchín y les explica a voces a sus vecinos de banco lo que sucede. Utiliza un vocabulario rico, preciso, minucioso. De repente interrumpe su discurso y se acerca a la tienda de gominolas para conseguir algo de beber. Puede estar una eternidad absorto, de pie, sin apoyos. Desde mi ventana creo que mira la placita como si fuera un acertijo. Cuando lo descifra desaparece durante muchas horas.

Me intriga el otro, habitualmente más lenguaraz, simpático casi cuando aborda a los paseantes para pedirles algo. Pasa algunas mañanas enteras hablando muy alto por el móvil, arrellanado en el escalón de lo que alguna vez volverá a ser el bar de la placita. Son conversaciones largas, pantanosas, difíciles de descifrar por quienes indecentemente las seguimos desde nuestras casas. Ventanas que se abren y se cierran, con incomodidad, con vergüenza. Él sólo repite un que no, que no a algo. Que no, cariño. Que no, amor. Muchas veces lo mismo. Un que no a ratos quejoso, un que no a veces irritado. Dejo la ventana, vuelvo mucho después. Siguen los retazos de intimidad: que no, que voy a ir, seguro cariño, voy si quieres, arreglo unos papeles y voy, amor. Un tono triste, aporreado, deshecho: que no te engaño, cariño, que esta vez voy. Una entonación que se enciende también hasta la amenaza: si no quieres no voy, dímelo y no voy, si tienes a otro no voy.

Una de estas tardes la policía ha parado en la placita para identificarlos. Les han tomado la documentación y han consultado los datos de todos por el móvil. Han tardado más que otras veces. El que habla mucho por teléfono les ha dicho que espera unos papeles y se va para casa, que se va seguro. El otro, el que desaparece en su seriedad, les ha dicho que es vecino, que vive en esta misma calle. Tienen su documentación, así que debe ser cierto. Desde mi distancia, lo he calificado a partir de un prejuicio. Nunca lo he visto llevar ningún carrito, ningún bulto, nada que pudiera parecer una casa a cuestas.

Manuel Ruiz Torres

Autor/a: Manuel Ruiz Torres

Manuel J. Ruiz Torres es químico y escritor, con doce libros publicados, dos de ellos sobre gastronomía histórica. Autor del blog Cádiz Gusta. Dirigió durante cuatro años el programa de la Diputación de Cádiz para recuperar la cocina gaditana durante la Constitución de 1812.

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