Destellos de Praga

Escribía Baltasar de Castiglione en El Cortesano que para enamorarse de alguien no hace falta el don de la belleza física, bastan “las buenas costumbres, el saber y el hablar, los ademanes y aquel no se qué del gesto y mil otras cosas, las cuales quizá por alguna vía las podríamos llamar hermosas”. Cualidades, me parece, que pueden aplicarse igualmente a otros escenarios, como un paisaje o una ciudad. Rememoro estas palabras del conde a la vuelta de una breve estancia en Praga estas últimas Navidades.

Praga es una hermosa ciudad abatida por el turismo de masas,  esa “enfermedad” que afecta a tantas ciudades bellas, y que va camino de convertirse en epidemia de nuestro tiempo. La belleza de sus plazas, calles, palacios, iglesias, puentes, se marchita, se esconde detrás de tiendas de recuerdos con escaparates de dudoso gusto, puestos callejeros que exhiben las mismas bagatelas que pueden encontrarse en cualquier otra ciudad del mundo, y una multitud más ávida de selfies que de contemplar y disfrutar las maravillas que los rodean, más preocupados parecen de dejar constancia del “allí estuve yo”, que de visitar la ciudad, en cualquiera de las acepciones de este verbo que recoge el diccionario. Se necesitan fuertes dosis de paciencia, entusiasmo y abstracción, para disfrutar de los lugares y monumentos más emblemáticos tras las interminables colas bajo el frío, o inmersos entre empujones y en la ruidosa algarabía de una multitud que se conduce obediente de calle en calle tras los paraguas de colores chillones de los guías locales, convertidos en modernos flautistas de Hamelín.

Conjunto escultórico ‘Comenius despidiendose de su patria’ de František Bílek.                  Foto: Gonzalo Durán.

Es el tributo que hay que pagar en esos lugares que constituyen una visita obligada como el Castillo, el barrio judío de Josefov, o las emblemáticas plazas de Wenceslao y de la Ciudad Vieja y sus espacios adyacentes.  En el resto de la ciudad, en cambio, en cada calle, en cada parque, en cada punto a lo largo del Moldava, es fácil encontrar esas mil otras cosas —la arquitectura, la luz, el silencio, el sosiego, el olor de una taza de café recién hecho, …— que nos transportan a ese estado de ánimo del que hablaba Castiglione. Cualquier observador curioso que camine sin prisas y escuche el pulso de la ciudad, descubre a cada paso, a veces donde menos se espera, los intensos destellos de la deslumbrante belleza arquitectónica de esta ciudad.

Durante los días que pasé en ella me alojé en un apartamento en el barrio diplomático, una zona tranquila en la periferia del distrito de Hradcany, no lejos del centro pero fuera de los circuitos habituales y donde la única cámara fotográfica que se veía era la mía. Al salir del apartamento iniciaba mis paseos por la ciudad bajando por una de las calles que ocupan la cerca de las antiguas murallas que defendían el Castillo de Praga. Allí se disponen un grupo de viviendas inspiradas en los proyectos de ciudad-jardín que tanto éxito alcanzaron en Inglaterra y Alemania en el nacimiento del siglo XX. Bajo el aspecto descuidado y modesto que presentan hoy la mayoría de ellas, asoman relieves en bronce y en piedra, arcos, ventanas…, detalles de un pasado refulgente, propio del gusto y las aspiraciones de las acomodadas familias que las habitaron, y que nos enseñan cómo estaban al tanto de las novedades artísticas que se iban introduciendo. En una de ellas, por ejemplo, vivió Charlotte Garrigue Masaryková, esposa del primer presidente de Checoslovaquia e impulsora de la igualdad de género en la primera constitución que se dio el país tras alcanzar la independencia. Un busto del escultor Vojtěch Sucharda (1884-1968) nos lo recuerda.

Villa Bílek.                                                                                                                                      Foto: Gonzalo Durán.

Al final de la calle están las dos viviendas más notables: Villa Procházka y Villa Bílek, contiguas una a la otra y diseñadas ambas por František Bílek (1872-1941) entre los años 1910 y 1911 siguiendo los postulados del art nouveau, que dejó en Praga algunas de las muestras más sugestivas del estilo. Bílek es conocido sobre todo como escultor, por lo que estas dos residencias constituyen una de sus contadas incursiones en el diseño arquitectónico y un claro ejemplo del simbolismo que caracteriza su trabajo, imbuido de un peculiar misticismo, mezcla de sus fuertes convicciones religiosas y un fuerte apego por la naturaleza.

Bílek diseñó primero la vivienda de su amigo el Doctor Procházka, concebida como una alegoría del otoño con sus columnas que recuerdan las formas de los árboles. Actualmente la casa presenta un aspecto deslucido, con las paredes blancas agrisadas por el paso del tiempo y la desidia de sus ocupantes, que resta brillantez al espléndido relieve en piedra con figuras y motivos florales tan del gusto art nouveau que enmarca la ventana principal que asoma hacia la calle.

A continuación, y por las mismas fechas, abordó para él mismo el proyecto de Villa Bílek, con el doble uso de vivienda familiar y estudio de trabajo, y que en la actualidad alberga un pequeño museo con algunas de sus obras. Allí vivió el artista con su familia hasta 1939, cuando la ocupación alemana le obligó a salir de Praga. Aquí el simbolismo que se busca es el del verano y la recogida de la cosecha. El edificio, de ladrillo rojo, se inspira en un campo de trigo. La forma curva de sus muros simula el corte de la guadaña sobre la hierba, y las poderosas columnas que la rodean, inspiradas en la arquitectura egipcia, recuerdan los tallos y las espigas del trigo. En el jardín, frente a la fachada principal, se colocó en 1926 uno de sus grupos escultóricos, Comenius despidiéndose de su patria, que a pesar de esta prominente posición no luce como debiera entre el arbolado y los cables del tranvía, que afean la perspectiva frontal.

Pabellón Hanavsky (1891).                                                             Foto: Gonzalo Durán.

Al otro lado de la calle, sobre una de las colinas que rodean la ciudad, se extiende el Parque Letná, donde enseguida nos encontramos con el Pabellón Hanavský (1891), un pintoresco y encantador edificio neobarroco convertido hoy en restaurante. Toma su nombre del príncipe Guillermo Hanavský, dueño de unas importantes fundiciones de hierro en Komárov, quien vio en la celebración de la Exposición Nacional de 1891 una magnífica oportunidad para dar a conocer los logros de su industria. Ese fue el principal motivo del encargo que hizo al arquitecto Otto Hieser (1850-1892), que concedió un gran protagonismo al hierro fundido, y acertó al compartirlo en la proporción adecuada con otros materiales como el cristal y el estuco. Los elementos decorativos los aportó el escultor Zdeněk Fiala, que supo entender la mezcla de art nouveau e historicismo que predomina en la obra de Hieser. Al clausurarse la exposición, el edificio se donó a la ciudad, y las autoridades decidieron trasladarlo a su emplazamiento actual, un emplazamiento privilegiado, poco frecuentado en invierno, desde el que pueden admirarse unas de esas vistas de Praga que te dejan sin palabras.

El camino a través del parque desciende colina abajo hasta dejarnos en las orillas del Moldava, para cruzarlo a través de la elegante estructura de hierro del Puente Čech (1905-1908), de los arquitectos Jan Koula y Jiří Soukup, el más corto de los que cruzan el río en la capital checa. Caminar a lo largo de sus 169 metros nos permite admirar la hermosa decoración que componen sus rejas, farolas y las esculturas que decoran los potentes pilares de piedra que soportan la estructura.

Facultad de Derecho (1924-1931).                                                           Foto: Gonzalo Durán.

Resulta curioso que tras esta joya del art nouveau, en la otra orilla del río nos reciba el edificio de la Facultad de Derecho (1924-1931), diseñado por Jan Kotěra (1871-1923), considerado como el padre de la arquitectura moderna checa, y uno de los primeros en repudiar al que por entonces era el estilo de moda que cautivaba a la sociedad praguense. Formado en Viena como discípulo de Otto Wagner, la arquitectura de Kotěra concede una gran importancia a la estructura, la función y al aspecto moderno que deben tener los edificios; de todo ello hace gala en éste, de clara inspiración neoclásica y dotado de la claridad y monumentalidad que caracteriza el conjunto de su obra, aunque no vivió lo suficiente para verlo, ya que su construcción no comenzó hasta un año después del fallecimiento del arquitecto.

A escasos metros de allí encontramos otro ejemplo interesante de la arquitectura moderna de Praga, el edificio de viviendas de la Cooperativa de enseñanza en la calle Elišky Krásnohorské (1919-1921), de Otokar Novotný (1880-1959), uno de los discípulos más notables de Kotěra, que se atreve a esta incursión en la arquitectura cubista, una corriente que pronto abandona. Entre los rasgos que le distinguen está la monumentalidad de las fachadas que acompaña del uso de formas geométricas básicas, como triángulos, cuadrados y rectángulos, elementos que le permiten jugar con los volúmenes, cuya presencia destaca aquí con un discreto, pero importante, uso del color.

A partir de este punto se abre  el barrio de Josefov y la calle Pariszká con sus tiendas de moda y suntuosas mansiones donde despliegan sus encantos el art nouveau y el eclecticismo de comienzos del siglo XX. Las calles empiezan a llenarse de gente, el tráfico se intensifica y es momento para dejarse llevar por otras sensaciones.

Imagen de portada: Praga desde Parque Letna. Foto de Gonzalo Durán.
Gonzalo Durán

Autor/a: Gonzalo Durán

Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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2 Comentarios

  1. María Jesús Ruiz

    Qué bonito paseo, muchas gracias

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    • Gonzalo Durán

      Muchas gracias, me alegro que te guste.

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