De qué hablo cuando hablo de ciruelas pasas

Incluso la persona de apariencia más serena,

si toma una pluma y se sienta a escribir algo

que merezca la pena, lo hace porque en alguna medida,

y aunque sea en el plano inconsciente, siente que

el mundo necesita de ese acto, necesita ese texto;

que hay algo que debe ser corregido, algo que falta”.

Tamara Tenenbaum

Escribir un artículo sobre este orden político, fundacional, que supone el patriarcado y sus mandatos sin caer en el victimismo, el resentimiento o, incluso –lo que es mucho peor–, la demagogia y el discurso vacuo y manoseado, parece una tarea más propia de una equilibrista que de una escritora. Tratar de articular un texto honesto y veraz que aborde el problema de la subordinación de las mujeres sin que más de la mitad de la población se sienta ofendida, no representada o recriminada, me resulta una tarea tan farragosa e irritante que me hace cuestionarme si realmente vale o no la pena. Aun así, creo profundamente que la vale, que hay que seguir hablando y escribiendo sobre este tema, que es necesario hacer visibles situaciones que nos incomodan, que nos violentan, que nos restan libertad. Hablando, escribiendo, recorremos la mitad del camino.

Y en estas estoy desde que volví de Madrid hace un par de meses, después de presentar mi último libro y asistir a varias ponencias en un congreso sobre sexualidad humana –o sexología, como la llaman los expertos–, donde más que oír hablar de cómo mejorar la calidad de vida de las personas en lo que respecta al sexo, sigo oyendo a doctores/médicos/científicos centrados en su propio yo, discutiendo en mesas redondas sobre sensaciones femeninas que jamás podrán entender o descifrar enredados en un círculo vicioso que comienza y acaba en el falocentrismo. Dos actividades, la presentación de un poemario y un congreso médico, muy distintas, que dan pie a muchas reflexiones, pero que están situadas ambas en el plano intelectual, por contextualizarlas. Ciertamente, y en el escaso plazo de un sólo día, las dos me han proporcionado suficiente material como para hacer una tesis por compendio que bien podría titularse, como la novela de Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer (subordinada).

Durante el trayecto en el tren, comencé a leer un ensayo fabuloso de Tamara Tenenbaum, “Un millón de cuartos propios”. Un libro que me ha resultado bastante honesto y luminoso y donde encuentro lo siguiente: “El resentimiento es la más literaria de las emociones: más que estar enamorado, más que la nostalgia, más que la tristeza o el placer. El resentimiento es literario porque precisa de un relato para ponerse en funcionamiento: uno que conecte casualmente con otra persona que tiene la culpa de dicha desventaja (y no la sufre)”. Esta afirmación me pone en alerta, porque no quiero caer en ese tópico que se da cuando las ganas de protestar y de escribir sobre algo van por encima del texto y terminan por apropiárselo. No quiero que la realidad del argumento se vea opacada por la emoción o, en este caso, el malestar y el asombro que siento. No quiero victimizarme, tampoco lo contrario. No quiero ser agresiva, pero tampoco condescendiente. Lo que quiero es ser clara y, si es posible, concisa.

Escribe Tenenbaum que cuando Virginia Woolf habla en Una habitación propia de las ciruelas pasas –«esos vegetales despiadados»– y de las galletas «secas hasta la médula», que le dieron de comer en la universidad de mujeres después de un almuerzo pobre y sin sustancia, es evidente que no estaba hablando solamente de un alimento poco convencional para servir en un comedor de estudiantes, sino de la precariedad de la universidad de mujeres y del trato de desigualdad recibido con respecto a los hombres en el ámbito académico, intelectual y científico. En contraposición, describe, con todo lujo de detalles, el almuerzo servido en la universidad de los hombres: lenguado, perdices, coles de Bruselas, ensaladas y salsas variadas, y un «postre, todo azúcar, que surgía de las olas». En las primeras páginas de este ensayo escrito hace casi cien años, Virginia pone de manifiesto el tremendo contraste en el que viven hombres y mujeres su etapa universitaria en los años veinte. Ella, que tiene renta y cuarto propio, que desafía las prohibiciones e intenta entrar allí donde sabe que no puede, empuña la primera persona del singular y alza la voz, haciéndose eco y poniendo sobre el atril la brecha de género, plasmando en estas conferencias eso que todavía viciaba el aire en 1929 –y lo sigue viciando en 2026–, la subordinación de las mujeres y las dificultades que hemos tenido en todos los tiempos para desarrollar una faceta intelectual y creativa.

‘Eleven a.m.’. Edward Hopper.

Me gustaría escribir que lo he tenido fácil, que no he sufrido discriminación por ser mujer en el mundo de la literatura, pero estaría mintiendo. Mi primera novela –en realidad, una biografía novelada de carácter histórico– vio la luz en 1996. Yo tenía entonces 25 años y me sumergí durante unos meses en una aventura que me llevó a investigar y consultar en bibliotecas –no existía internet tal como lo conocemos hoy– muchísimos libros, documentos y legajos del siglo XVI para lograr construir una historia que interesara a un público más amplio, menos erudito. Encontré mucha bibliografía sobre el tema que me ocupaba y descubrí que su tono, en general, era rancio, arcaico y desfasado, y que no se había cuidado nada la parte gramatical y literaria –por no decir la estética– y que toda ella estaba escrita por hombres. Esto, no sólo no me extrañó, sino que me sirvió de acicate para construir mi propia versión. Quería conseguir un tono interesante y dinámico en el relato, fiel a los hechos, por supuesto, pero no quería esconder mi lado femenino y permití que se dibujara entre las líneas del texto con ciertas descripciones más poéticas, más fluidas y menos académicas.

El libro, que fue acogido como agua de mayo, apareció primero en una traducción en italiano y tuvo un éxito de ventas impredecible que yo no había ni siquiera imaginado. Posteriormente, en su versión en castellano, pasó lo mismo y se decidió traducirlo también al alemán. Eran tiempos en los que los derechos de autor se respetaban –incluso para autores noveles como yo– cobré una buena suma por adelantado, que después seguí recibiendo dos veces al año casi durante una década. Un éxito, a todas luces, mi primera aventura en el mundo editorial. Y también mi primer encontronazo con el patriarcado y sus mandatos en lo que iba a ser mi oficio, la literatura.

Al experto oficial en el tema, que lo había, y pertenecía, además, al mundo eclesiástico, no le hizo ninguna gracia que una mujer joven escribiera un nuevo libro sobre el personaje que consideraba suyo, que además tuviera tan buena acogida y que se editara en otros países. Sufrió un ataque de soberbia y me insultó en público con una furia desatada, menospreciando mi trabajo y alegando que tenía que haberle pedido permiso. Aquello quedó en una anécdota, aunque menoscabó mi autoestima y llegué a considerar que quizá debería haberle consultado antes de escribir el libro –obediencia al mandato, subordinación y sometimiento, el mismo patrón de culpa–. Lo que no me imaginaba es que este gesto iba a repetirse con frecuencia, de manera más o menos soterrada y por razones diversas, por escritores y compañeros de oficio a lo largo de mi carrera, que quieren ocupar algo más que su propio espacio público en lecturas, presentaciones conjuntas o actos compartidos, que se sienten amenazados o ensombrecidos absurdamente, o que sus engordados egos les juegan malas pasadas por no sentirse las reinas de la fiesta.

Creo que todas nosotras, en mayor o menor medida, hemos sufrido lo que daré en llamar gracias a mi querida Woolf, el síndrome de las ciruelas pasas, que nos ha hecho sentir incómodas, violentadas o simplemente en una posición de subordinación con respecto a algún hombre en alguna ocasión en nuestros ámbitos profesionales. Sin grandes aspavientos –¿sin darse cuenta?–, han ejercido sus microviolencias sin que se les mueva una pestaña y nos hemos tenido que comer las sobras de una comida que no era lo suficiente buena para ellos. Esa esfera pública literaria y académica que, en esta era de la modernidad y la presunta igualdad, compartimos, sigue teniendo hechuras machistas y un tufillo rancio y casposo que desprenden aquellos que aún no se han enterado de qué va esto de la igualdad de oportunidades, que no se han enterado de que acabar con esos comportamientos que la masculinidad hegemónica ha empoderado es un bien para toda la humanidad, no sólo para nosotras. Y mientras lo escribo, me sorprendo. Y mientras lo escribo, sigo sintiendo vergüenza ajena. Sí, porque a estas alturas de siglo, mujeres y hombres ya sabemos que no es necesario hacer sombra para brillar y ocupar el espacio que a cada cual le corresponde en lo público, y ya no me refiero a espacios de poder, sino a espacios culturales, científicos o académicos. Espacios donde también se ha construido la profusa literatura de la Historia. De una Historia incompleta. Mientras, nosotras, nos hemos conformado con la intrahistoria que nos ofrecía nuestro espacio privado y ahí hemos ido escribiendo la Historia paralela. La otra historia que, al final, siempre confirma que somos nosotras las que sostenemos la estructura, con nuestro rol del cuidado, con el sacrificio de nuestras profesiones en la mayoría de las ocasiones, y con la carga mental que supone conciliar, ese verbo abstracto que es todo menos conciliador.

Y, en el fondo, las mujeres, nos hemos callado demasiado durante mucho tiempo. Ahora se nos tacha de excesivas y hay un victimismo exacerbado con la nueva era del feminismo. Los hombres –y muchas mujeres– ven exagerado que protestemos, que nos quejemos y que no permitamos; que la línea que delimita nuestra libertad se haya vuelto menos difusa. La triste realidad, por más que nos duela, es que seguimos permitiendo para no incomodar. Pues se nos educó para darle el protagonismo a los hombres, para no ocupar demasiado espacio público, para no protestar si algo nos molestaba o nos hacía sentir inferiores.

Siempre hemos sido –y seguimos siendo– sensibles a comportamientos coercitivos y alzamos más la voz frente a lo que consideramos injusto, no sólo para nosotras mismas. Somos las que salimos a la calle, las que reivindicamos. Tal como afirma Rita Segato en esta bellísima frase- “somos las mujeres, con nuestro activismo, quienes mostramos el rumbo y hacemos la historia, que es de nuestra mano que la historia camina y ha caminado, dejando a la vista el gran equívoco del arrinconamiento y la parcialización”.

Y no, esta reflexión no es victimismo, ni queja, ni reproche, tampoco soberbia; hombres y mujeres nos hemos beneficiado –y seguimos haciéndolo– de la pedagogía de la masculinidad, instaurada a fuego en una sociedad reacia a los cambios que supongan una pérdida de privilegios, tanto los que vienen dados por el sexo como aquellos que vamos adquiriendo también en función del género. Una sociedad cada vez más cerrada, moralizante y conservadora. Y, pese a ser conscientes de que estamos en nuestro pleno derecho de parar comportamientos abusivos, algunas nos seguimos comiendo, de vez en cuando, de postre, ciruelas pasas.

Lecturas recomendadas:
Tenenbaum, T. Un millón de cuartos propios. Paidós. Barcelona, 2025.
Segato, R. La guerra contra las mujeres.Traficantes de sueños. Madrid, 2016.
Woolf, V. Un cuarto para ella sola. Edición bilingüe. Cuadernos de Langre. Madrid, 2022.

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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