La editorial Huerga y Fierro suma a su frondosa colección de ensayos Carne y alma (Imágenes de la corporalidad), de Jochy Herrera, una lectura sanadora para lectores que no teman al saber
Del ensayista dominicano Jochy Herrera hay que adelantarse a decir que la dedicación a sus dos oficios (cardiólogo y escritor) lo ha dotado de una rara sensibilidad humanista, casi inexistente en la literatura occidental desde el siglo XX, y que por otro lado nos advierte de la precariedad cultural que empieza a retratar al siglo XXI. Ensayos como Extrasístoles y otros accidentes (el corazón como metáfora), Fiat Lux, sobre los universos del color (Premio Nacional de Ensayo de la República Dominicana, 2024) o De fugas y visiones, nos regalan textos extraordinariamente lúcidos en los que la filosofía, la poesía, la ciencia y el arte se explican mutuamente y nos desvelan significados ocultos bajo tópicos y superficialidades automatizadas.
Por empezar con un ejemplo, en Carne y alma, el capítulo titulado «Umbilicales» nos asombra en apenas siete páginas sumando a la perspectiva médica (“las venas y arterias del ombligo son intimísimo nexo entre nuestro origen y lo que seremos”) la mística (“según el Rig Veda del hinduismo el germen del mundo descansaba sobre el ombligo de lo increado”), la semiótica (“Occidente siempre sospechó el potencial del ombligo transformado en fetiche…, el dictador Franco prohibió a las actrices enseñarlo en la pantalla, así como en periódicos y revistas”), y la pictórica (“¿Era posible pintar a Adán con ombligo si este vino al mundo gracias a la creación divina que prescindió de un embarazo?”).
Si Montaigne, con sus Essais, vino a reclamar la libertad en la exposición fragmentaria del saber y del pensamiento, la subjetividad en la asimilación personal de esos saberes, la heterogeneidad y la duda como forma de conocerse a uno mismo… Si desde ahí creó el canon del ensayo humanista, modelo de claridad y de rechazo a la retórica de los pedantes, pocos fueron los que a partir del siglo XX supieron seguirle. El caso excepcional de Jochy Herrera nos devuelve la esperanza en el ensayo no como exhibición erudita u ostentación de saberes, sino como esa opción vital que Ana María Matute nos aconsejaba como insoslayable: ante el caos del mundo, ante el drama de la propia vida, lo único que puede salvarnos es aprender.
Carne y alma se abre con unos espléndidos capítulos dedicados al cuerpo desnudo (desde todas esas apasionantes perspectivas de las que he hablado): cómo miramos el cuerpo en esta civilización de hiperapariencia, cómo se comporta la “industria de la envoltura a través de la infalible lógica del consumismo”, cómo y para qué construyó Pessoa sus disfraces-heterónimos: “Creyeron que yo era el que no era, / nos los desmentí y me perdí…”. Prosigue en sucesivas calas que traspasan la piel y se adentran en la reflexión científica, filosófica y poética de partes y órganos corporales (rostro, cabeza, ojos, boca, pies, umbilicales, pezones, clítoris, etc.). Y culmina, claro está, abordando el corazón, el tiempo y la muerte. Un recorrido por el cuerpo-paraíso, el cuerpo-pecado, el cuerpo vejado, el cuerpo torturado por los genocidas oficiales y también por la estética quirúrgica, el cuerpo afrentado por la modernidad y el cuerpo incomunicado por la telecomunicación.
Más allá de un ensayo heterogéneo y sabio, sólo puedo pensar en Carne y alma como un poema proseguido de Walt Whitman, una extensión reflexiva del sentido divino y natural y humanista que para el cuerpo reclamara el poeta: “Creo que la articulación más pequeña de mi mano / avergüenza a las máquinas”.


