La simbiosis perfecta

La poeta Mercedes Escolano acaba de sumar a su amplia trayectoria el libro Sol y Sombra, en el que se funden su amor a la naturaleza y a los libros y con el que ha obtenido el  XXVIII Premio de Poesía Ciudad de Salamanca. La propia escritora es la autora de la ilustración de portada e interior en una delicada edición de Reino de Cordelia.

Sol y sombra es un libro que yo hubiera querido escribir. En él podemos rozar la piel de las palabras, sentir los libros y la escritura como un cuerpo que respira, experimentar la íntima relación que guardan las hojas amarillas del cuaderno con las del bosque que con el paso del tiempo adquieren el mismo color. Participamos de un ejercicio de supervivencia con métodos vegetales de forma que casi sentimos el roce de la humedad  y de la savia vivificadora. Mercedes Escolano siembra, alimenta y hace crecer estos versos como algo vivo, vegetal, convencida de que «los libros tienen alma de árbol:/ crujiente sonido de ramas,/canción de pájaros y nido protector,/savia oculta, temblor de raíces».

Escritura, libros y lectura se funden con la naturaleza mientras que asistimos al esfuerzo de construir la casa del poema, ladrillo a ladrillo, verso a verso, sin escatimar sufrimiento, para lograr al fin ese espacio que nos sirve como refugio y protección. Mientras, la aliteración «Texturas, textiles, textos» indaga en la comunión de la vista y el tacto para intentar atrapar un instante de ese hilo de la vida que se va tejiendo a la vez que las mujeres, eternas  contadoras, van relatando esa vida y convirtiéndola en acogedoras prendas con las que cubrirnos, como los poemas que nos reconfortan: «Ninguna mujer de mi familia imaginó/ que yo sería aguja e hilo,/ la mano que enhebrara y cosiera/ hebras desgastadas de la literatura,/ capaz de zurcir sueños y bordar pasiones», nos dice Escolano, que en este y otros poemas maneja con exquisita destreza y ternura los términos de la tela y la costura como cauce de expresión de sentimientos y experiencias. Así el tiempo «es un hilo/ de algodón, torzal o poliéster/ Atraviesa las diferentes telas del corazón/ y las cose con esmero [….] Sabe enhebrar con aguja afilada todos los sucesos de la vida/ y sobrehilar las costuras, esos flecos/ de alegría y dolor que fueron alternándose».

En realidad este libro es la historia de un renacer en el que la naturaleza ha actuado como bálsamo sanador frente al cuerpo cansado, la negra noche y los negros sueños alimentados por la depresión y la melancolía que se reflejan en algunos de estos poemas de «la mujer que antes luchaba/ y ahora se deja vapulear por las mareas,/ sin fuerzas para oponerse a la ola que choca/ insistente, cruel, y aplasta su deseo./ El mundo dejó de ser un lugar agradable/hace tiempo, cuando dejé caer el cuerpo/sobre las sábanas y, exhausta,/ apoyé los labios sobre la almohada». La misma que nos cuenta el duro «Ascenso» para «llegar sin aliento, empujada por las ráfagas/a lo más alto del día» y que nos invita a adentrarnos en la intimidad del hogar en el que la noche, la cama, acogen la amargura, la angustia y el temblor, a la vez que «las felices horas /en las que la mente se evade».

Y la alondra que canta al final de un poema se erige en todo un símbolo de la transformación operada a través de la identificación de lo vivo y natural con  el libro que «se abre como pulpa de fruta/ para saciar una sed antigua/ y deja en mi lengua explosión de sabores». Esa comunión queda expresada plásticamente en el poema «Parque de los Toruños», que concluye: «Naturaleza y Poesía/ se miran de frente,/ tienen que hacerse hueco en el mismo banco,/ acomodar sus cuerpos de manera/ que encajen cómodamente.»  Así el aliento vegetal da paso a  la celebración de la vida frente a la tristeza y la adversidad; la poeta, tras la oscura travesía, se reconcilia con la vida, y, después de un aguacero repentino, invita al sol a tomar café y abrazarla. Se congratula de cuanto le ha dado la vida, a pesar de los días nublados, y hace recuento de lo que ha amado y vivido, concluyendo  con la aceptación del sosiego que impone el paso del tiempo al atrevido arrojo de los años jóvenes: […]«Amé con la tenacidad/ que el pájaro pone en su vuelo […] Y ahora que no puedo/ hacer largas travesías,/ observo mis alas viejas, mis plumas desgastadas/ con emoción secreta». Y con la misma plácida emoción juega a imaginar su propia muerte: «Moriré con un libro en las manos/ una apacible tarde de otoño,/ mi manta de terciopelo sobre las piernas,/ mi taza de café ya vacía. Algunos jilgueros me mirarán desde los árboles […..]».

En este desvelar su propia intimidad Mercedes Escolano comparte generosamente con el lector su proceso de creación, la búsqueda de esa voz interior que «intenta apresar lo misterioso/a medida que lo nombra»; o su concepción de este extraño milagro que llamamos Poesía: «Consiste en juego de antinomias, /  en tensión expresiva y choque de electrones./ Intuir lo impalpable y palpar la intuición». E, inquieta, se pregunta: «¿Qué pensará el lector cuando se adentre/ en este jardín y, rodeado de plantas y pájaros,/ toque mi alma temblorosa? / ¿Sentirá pudor, sorpresa, ternura, armonía?». 

El amor y la veneración por la palabra, la lectura y la escritura, que impregnan cada página de este libro, vienen a resumirse en uno de los poemas más hermosos del  volumen, «Palabras en el telar», en el que Mercedes Escolano rinde tributo a «el sagrado temblor del lenguaje».

Autor

  • Ana Rodríguez-Tenorio

    Ana Rodríguez-Tenorio Sánchez (Cádiz 1953) es periodista, licenciada en la Universidad Complutense de Madrid, y ha desarrollado su labor profesional en Diario de Cádiz desde la década de los 70 hasta 2005, con especial dedicación a la cultura. Una actividad que sigue ejerciendo, con la participación en libros colectivos, impartiendo talleres y colaborando con diversas publicaciones. Como miembro de la Asociación Qultura, coordinó entre 2007 y 2012 el ciclo de conferencias Voces en el Museo, encargándose de la edición y prólogo de los dos volúmenes de mismo título que recogen dichas conferencias.

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