Tras varios libros de relatos y una novela corta, el escritor Castro Lago publica Reyes de Ítaca (Ed. Tres Hermanas, col. Tierras de la Nieve Roja) para narrarnos la cara oculta de La Odisea.
Decía Carmen Martín Gaite que seríamos incapaces de enamorarnos si antes no hubiésemos leído sobre el amor. Como el mismo amor, la escritura es una construcción cultural que se nutre de la propia literatura. Homero no habría escrito La Odisea si antes no hubiera oído los cantos aédicos que deambulaban de voz en voz por Grecia, y Castro Lago no habría escrito esta novela si antes Homero no hubiera llegado a él a través del tiempo.
La literatura es un murmullo ininterrumpido, los libros (escritos y no escritos) se susurran entre sí, se intercambian secretos, se regalan episodios unos a otros, juegan a encontrar objetos perdidos en rincones de otros libros y de otro tiempo. Es un fluir, como la energía que nos asombraba en la escuela: ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Como escribe Pedro Sevilla en La fuente y la muerte, “la literatura no es más que luz y energía que llegan de días ya pasados, de amores ya olvidados”.
Reyes de Ítaca no es una reinvención de La Odisea, no es una reinterpretación, sino que pertenece a La Odisea, es decir, forma parte de algo que es mucho más grande y más atemporal que los veinticuatro cantos del poema atribuido a Homero. Todos somos escuchadores de La Odisea y algunos (Homero y Castro Lago, entre otros) son los que cincelan ciertos episodios, personajes o escenas, progresivamente incorporados a nuestra memoria cultural. Como el Quijote, La Odisea es un poema imperfecto, un relato en la búsqueda constante de su perfección imposible. Hace poco Muñoz Molina se sumaba a los autores del Quijote con El verano de Cervantes, lo hacía incorporando a la novela un nuevo personaje: el del niño Antonio Muñoz Molina que, en la Úbeda campesina de los años sesenta, reconoce los objetos, las gentes y los animales de su pueblo en las páginas escritas por Cervantes cuatrocientos años atrás. Entrar a formar parte de la literatura es reconocerse.
Reyes de Ítaca cuenta lo que no cuenta Homero. Aquí es inevitable traer a colación la consideración de la literatura como palimpsesto (Gerard Genette): texto que se reescribe continuamente. Una de las opciones es construir un nuevo relato como una continuación lateral del anterior, partiendo de alguna de sus elipsis. Así procede Virgilio en La Eneida, una especie de secuela de La Odisea que narra el viaje de Eneas tras la caída de Troya; o Fénelon, que en la Francia de finales del siglo XVII escribe Las aventuras de Telémaco, intentando resolver otra elipsis de Homero: ¿qué le ha sucedido a Telémaco durante los años de ausencia de su padre?
Al contrario de lo que en primera instancia pudiera pensarse, no creo que actualizar La Odisea sea un atrevimiento, sino todo lo contrario. “La habitación natural del poeta es la tradición”, decía Pedro Salinas, y Machado, por boca de Juan de Mairena, afirmaba que “en literatura, todo lo que no es folklore es pedantería”; en aquellas décadas doradas de principios del siglo XX así se entendía el oficio de autor. “Yo no sé si ésta será la Molinera 38, lo que sí es cierto es que no será la última”, decía Alejandro Casona sobre una comedia en la que recreaba una antigua leyenda ya plasmada en el Decamerón y que tuvo trasiegos tan dispares como una ópera alemana en el siglo XIX, el ballet que Falla estrenó en Londres en 1919 o la película protagonizada por Carmen Sevilla en 1955. Trabajar sobre el cañamazo de la tradición no es, pues, osadía, sino artesanía. Tenemos que luchar por la dignificación de esa naturaleza literaria, la artesanal, porque ningún escritor, absolutamente ninguno, crea ex nihilo.
Uno de los aciertos más gratificantes para la lectura de Reyes de Ítaca es la voz narradora. Los capítulos (los cantos) principian con un narrador-digresor que, a la manera de las novelas populares del Siglo de Oro, detiene al lector por un momento en la reflexión y lo invita así a situarse en un estado mental propicio para saborear y comprender lo que está a punto de leer. Y hay además, de vez en cuando, un narrador-informante, un narrador-guía, situado también fuera del cauce principal de la ficción, muy discreto, pero muy necesario para mantener al lector en los parámetros históricos en los que se desenvuelve la novela. En todos los casos, el narrador se comporta como un verdadero rapsoda que pide el silencio y la atención del oyente y se encomienda a los dioses para que le otorguen la palabra precisa.
Otra elipsis importante que acude a resolver Castro lago es la de Penélope. El personaje se configura no tanto a partir de lo poco que sabemos de ella por La Odisea cuanto por la presencia de la voz de Penélope en Las Heroidas (Ovidio). Las mujeres no tejen sino para destejer, las mujeres no enredan, sino que desenredan, las mujeres explican… En el caso de Penélope y en otros se percibe una verdadera consciencia de estar añadiendo escritura a La Odisea, de estar revelando lo que en el poema de Homero está entre líneas. ¿Y de qué se nutre esta escritura? Los autores escriben de lo que viven, de lo que ven, de lo que les cuentan… La humanidad de ciertos personajes de Reyes de Ítaca hace pensar que la novela no es un mero artefacto literario. ¿Qué compromisos morales hay en la novela, qué proyección de la realidad inmediata del autor? La lectura es reveladora de nosotros mismos, de nuestro aquí y nuestro ahora.


