Cultura, espectáculo y pandemia

La antropología y la sociología nos han explicado que la cultura no solo se escribe con mayúscula; que los modos culturales son eso precisamente: modos, prácticas y hábitos con los que una comunidad social expresa su representación del mundo, su imaginario, sea este a título individual o colectivo, sirva como una forma de levantar el dedo y salirse de la fila o como un ritual de cohesión y de igualdad con los otros.

De lo que también deberíamos habernos enterado es de que cultura no es igual a espectáculo, es más: una de las grandes amenazas para la naturaleza identitaria de la cultura es que se convierta en espectáculo. Cuando eso ocurre se produce lo que llamamos aculturación, que es la principal patología de la cultura, su cáncer maligno, la enfermedad social que tratan de combatir organismos de tanta credibilidad como la Unesco y, en general (se supone), todas las administraciones públicas de los países con régimen democrático. La aculturación es a la cultura lo que un zoológico urbano es a la Sabana africana, una especie de jibarización destinada al gozo turístico más grosero y a la satisfacción espuria de los próceres del mercantilismo. La aculturación interrumpe los procesos culturales, despoja a las sociedades de su memoria y de su identidad y, transformando en espectáculo de pago lo que fue patrimonio colectivo, divide definitivamente el mundo entre ricos y pobres, es decir, entre quienes tienen acceso al espectáculo y quienes no lo tienen. Es un arma política (de la mala política) sumamente eficaz porque vende el alma de una sociedad al demonio capitalista mientras hace creer a esa misma sociedad que le está devolviendo su alma con intereses lucrativos muy elevados. Hay innumerables ejemplos: piensen en el flamenco, sin ir más lejos.

Colas para ver el ‘Rey León’ en Madrid, antes de la pandemia.

Esta pandemia nos ha cogido del todo inmersos en un proceso de aculturación que arrancó, muy inteligentemente, con la dictadura que quiso borrarnos la memoria y prosiguió, muy torpemente, con la democracia que no se atrevió a devolvérnosla. Por eso la crisis del Coronavirus ha desmantelado la cultura: porque, a estas alturas, ya no hay procesos culturales, solo productos, y porque lo que fueron imaginarios colectivos o expresiones identitarias hace tiempo que solo subsisten como espectáculo. De ahí que las editoriales (hasta ahora volcadas en superventas) teman la quiebra, de ahí la pobreza que amenaza a buena parte del mundo del teatro, de la música, de la literatura… Profesionales que trabajaban para un país pacientemente deseducado por sus políticos, para un país que, si no puede comprar cultura, cree que ha perdido el derecho a la cultura, cuando en realidad lo que ha perdido es la capacidad de expresarse culturalmente.

Para demostrarnos que ni la antropología ni la sociología llevaban razón y que, por tanto, la cultura es solo y únicamente lo que unos cuantos pueden pagar están las corridas de toros, el fútbol, Canal Sur, MasterChef Celebrity, las diez temporadas de El Rey León en la Gran Vía madrileña, el estreno de la programación musical de otoño del Teatro Real de Madrid y hasta el Festival de Cine de San Sebastián… ¿Que no? Veamos: cientos de centros de enseñanza secundaria de este país han gastado su presupuesto extracadémico en llevar a sus alumnos a Madrid a ver el espectáculo de Disney, y otro tanto puede decirse de muchísimos ayuntamientos pequeños que se alimentan con los votos de unos ancianos que quedan emocionados y agradecidos por ver en la capital semejante espectáculo de luz y color; la televisión pública nacional recogía hace unos días el único y acreditado testimonio de Carmen Lomana (hagan una búsqueda en la Red para saber quién es) para celebrar la reapertura del Teatro Real de Madrid tras el confinamiento: “Hay que defender la cultura”, decía ella muy convencida; y el colmo: en el Festival de Cine de San Sebastián la alfombra roja ha estado un día entero protagonizada por Tamara Falcó, Eugenia Martínez de Irujo y la familia propietaria de la firma de joyería Tous, que presentaba (supongo que fuera de concurso) un documental sobre su heroica empresa… También la hija pequeña de la Duquesa de Alba habló para los medios y justificó la importancia cultural de la ciudad: “Mamá y yo pasamos muchos veranos felices en Sansebas” –dijo ella.

Cartel del documental sobre la firma Tous.

Imagen de portada: Anselm Kiefer.
María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

Comparte en
468 ad

Envía un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *