A las puertas del cielo

El cuerpo quedó atrás. Hace apenas un par de días que lo dejé allá abajo, en manos de mis familiares y amigos. Para que ellos lo devolviesen al polvo del que surgió, antes de que las bacterias se pusieran de lleno a su labor de descomposición y eliminación de residuos orgánicos. No llevo todavía ni cuarenta y ocho horas aquí, en esta sección que llaman Zona de Tránsito, por más que hablar en términos horarios en el ámbito del infinito temporal pueda resultar bastante ridículo. Una especie de pabellón de desinfección donde al alma, sea esto lo que sea, es sometida a los últimos procesos de desprendimiento de las adherencias corporales. Lo del Purgatorio no deja ser una leyenda urbana. Como se ve aún no he superado esta fase de desnudamiento del alma, no en razón de un extraño pudor que ya no viene a cuento, sino porque siento todavía mucha añoranza de mi consistencia anatómica, algo así como lo que al parecer les ocurre a aquellos que pierden un miembro y mucho tiempo después siguen percibiendo su existencia fantasmal.

Pero voy a lo que voy. Lo dicho, no llevo aquí ni cuarenta y ocho horas de desinfección de la ilusión corpórea, que ya me han pasado una encuesta sobre mi grado de satisfacción con respecto a mi existencia terrena. Como cuando abandonas un hotel y te entregan un formulario para que señales de forma anónima las deficiencias observadas en el servicio a fin de poderlas subsanar. Por supuesto, este formulario celestial también acaba siendo de carácter anónimo, porque otra de las cosas de las que has de desprenderte, para pasar con éxito este severo fielato y acceder a lo que se conoce propiamente como Cielo, es de tu identidad, de ese falso pellejo del yo con en el que te has estado arropando durante toda tu vida de carne y hueso.

‘Frontera mental’. Manuel Ortiz.

El formulario, hasta donde puedo recordar, una vez que los circuitos de la memoria también han entrado ya en un irreversible proceso de desguace, estaba estructurado en dos secciones. Una primera con una serie ítems banales a los que podías responder marcando, con la sola ayuda de tu conciencia, dada la lógica imposibilidad de agarrar un lápiz, la correspondiente casilla de SÍ o del NO a las preguntas planteadas: ¿Volvería a vivir si se le ofreciese la oportunidad? De haber contestado que sí a lo anterior, ¿repetiría la misma línea existencial? ¿Elegiría otras circunstancias históricas a las vividas? Y así un largo etcétera sin sentido, pues que se sepa, al menos en nuestra cultura occidental, nadie ha sido premiado ni penado con eso que denominan reencarnación. Yo he marcado las casillas a voleo, como quien rellena una quiniela sin esperanzas de acertar.

La otra sección requería respuestas más amplias aunque no demasiado extensas. ¿Qué es lo que más ha echado en falta durante su existencia somática? Mayor libertad humana para seguir los caminos humildes del corazón antes de que los hombres se vean sometidos a los dictados implacables de las circunstancia, ha sido mi respuesta sin palabras. ¿Qué es lo primero que cambiaría en el diseño integral del ser humano si estuviera en su mano llevarlo a cabo? Aquí he titubeado durante unos instantes, no sé exactamente cuánto porque ya he dicho que es difícil plantar mojones cronológicos en la sustancia continua de este tiempo donde me siento como una gota en medio del océano. La verdad es que no encontraba nada que no resultase sobrecargado de ingenuidad. Pero como me sospechaba que la pregunta rezumaba un orgullo de creador omnisciente que inducía a responder que lo dejaría todo tal como está, en su inmejorable perfección, al final, como para hacer la puñeta, he dicho que lo despojaría de la conciencia de sí mismo, porque en realidad es muy poco lo que tal mecanismo aporta a una vida feliz en comparación a todo el sufrimiento que entraña.

Otra de las preguntas versaba en torno a aquello que me había perturbado más en relación con los comportamientos globales de la sociedad humana. A bote pronto he estado a punto de responder que las guerras, o los holocaustos programados, o las hambrunas y las pandemias provocadas por la ambición acaparadora de los que con ello se convierten en los más poderosos. A la postre he decidido dejarla en blanco, no fuera a ser que la agresividad tácita de la respuesta pudiera acabar poniendo alguna traba a mi inminente entrada al Cielo, ahora que ya guardo cola en la puerta de embarque a ese ámbito en el que dicen, al menos en la tierra, que mi alma pura se diluirá en la pureza de las almas de nuestros semejantes.

No sé qué sensaciones producirá ese extraño estado de mezcolanza en el que no creo que pueda sostener mi ya mermada capacidad de seguir dando cuenta de tal metamorfosis.

Imagen de portada: Frontera mental. Manuel Ortiz.
Ramón Pérez Montero

Autor/a: Ramón Pérez Montero

Ramón Pérez Montero es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Cádiz. Novelista, poeta, articulista y profesor, publicó su primera novela, ‘Mi nunca dicha razón de amor’, en Sevilla (editorial Castillejo, 1996). Tras títulos como ‘Tarde sin orillas’ (Algaida) y ‘Princesa en la red’, su última novela, ‘Eras la noche’, ha sido publicada este año por Libros de la Herida. En 2012 vio la luz su primer libro de poemas, ‘La mirada inclemente’. En 2016 ha publicado su segundo poemario, ‘Palabra de Adán’, con la editorial sevillana Renacimiento. También ha escrito un libro de investigación histórica, ‘Crónica del desarraigo’, editado por Puerta del Sol en 2014. Actualmente, es colaborador de la ‘La Voz de Cádiz’.

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