Terenci

Hoy tampoco he vuelto del mercadillo con las manos vacías, aunque esta vez el botín obedece más a un gesto piadoso, y a una punzada de curiosidad, que a cualquier prurito de coleccionista o bibliófilo: me traigo, por un euro, un ejemplar de Mundo macho, la novela sadomasoquista de Terenci Moix que reeditó Planeta hace quince años, y sobre cuyo posible valor, así como el de otras rarezas de su autor –las novelas policíacas que publicó con pseudónimo antes de hacerse famoso, por ejemplo, y que también he encontrado en el mismo aliviadero–, me alertó la cumplida biografía que le hizo Juan Bonilla hace unos años, y que me tocó reseñar para El Cultural. Ésa es la clase de huecos que van llenando estas visitas casi compulsivas a los mercadillos y librerías de viejo: todo aquello que uno recuerda que alguien alguna vez le dijo que no estaba mal, que tenía interés, que era divertido o curioso, y que uno no corrió a buscar en ese momento, porque tampoco era para tanto, pero ante lo que no puede pasar de largo cuando le sale tan conspicuamente al paso como en estas ocasiones.

¿Y qué es Mundo macho?, anoto en esta misma página días después, ya leído el libro. He escrito y tachado la palabra “disparate”. Lo es y no lo es. Un viajero europeo en Egipto es secuestrado por una extraña secta y trasladado a una singular civilización exclusivamente masculina –a las mujeres, sucias y degradadas, las tienen recluidas en unas cuevas, a las que los nombres acuden solo cuando toca procrear–, integrada por atléticos guerreros que llevan sus atributos sexuales al descubierto y se endurecen y curten a fuerza de dolorosísimas pruebas. No se trata, desde luego, del mero alarde de exotismo al que se entregará Moix en sus novelas de tema egipcio, claramente concebidas como lecturas de evasión, sino… otra cosa, turbadora e inquietante, que el lector pronto deja de ver como una simple ficción y empieza a entender como una dolorosa exploración del mundo de las fantasías sexuales y sus correspondientes temores, elevados a la condición de vivísima pesadilla. Recuerda a ratos, aunque sea como caricatura, el tono de Jonathan Swift en sus Viajes de Gulliver: una ficción ligada a ciertas zonas oscuras del propio carácter; la misantropía, en el caso de Swift; la propia identidad sexual y su problemática proyección social, en el caso de Moix.

Mencionaba antes que fue la biografía que Juan Bonilla hizo de este autor lo que sembró en mí la curiosidad hacia este libro, aun partiendo del hecho de que, en sintonía con lo que confiesa el propio biógrafo al respecto, Moix no fue nunca un escritor que me atrajera demasiado; con la excepción, quizá, de algún temprano cuento suyo: el titulado “Lilí Barcelona”, por ejemplo, que en su día –a principios de los ochenta, cuando cayó en mis manos la antología Narrativa catalana de hoy de José Batlló, en la que estaba incluido– me pareció que respondía, como tantos otros signos externos del momento, al afán de emancipación personal que estaba a punto de materializarse en la vida cotidiana de quienes accedíamos a la vida adulta en esos años. «Lilí Barcelona», en efecto, es un cuento de los sesenta que se leía muy bien en los ochenta, porque parecía escrito para quienes habíamos de leerlo veinte años después.

En el caso de Moix, ya digo, pronto el personaje mediático y autor de best-sellers eclipsó al autor de aquel cuento revelador. Y aquella biografía de Bonilla, que estaba muy bien escrita y argumentada y se leía con inmenso agrado, se encargaba, no tanto de rehabilitarlo –que tampoco hacía falta– como de explicarlo, a la vez que el biógrafo se explicaba a a sí mismo, como representante de una generación posterior, la clase de fascinación que aquellos hedonistas de izquierdas, aquella gauche divine que floreció en los años previos a la muerte del dictador, lograron ejercer en su día sobre quienes veníamos detrás, como quien dice, lampando… (También existió, por cierto, como ingeniosamente postula el biógrafo, una droite divine, cuyo centro estuvo en la Costa del Sol). Todo esto es ya –también los ochenta– pura arqueología sentimental.

Terenci Moix en una imagen del programa «Imprescindibles» de TVE.

Pero quizá hemos alcanzado ya la edad en la que cavar en ese agujero resulta, como mínimo, clarificador… ¿Vendrá a cuento mencionar aquí una mínima anécdota personal, que me vincula de algún modo con los años de declive del autor de la popular No digas que fue un sueño? La lectura de las páginas finales de la mencionada biografía de Bonilla me trajeron a la memoria, en efecto, cierto episodio intrascendente de mi vida en el que el perfil último de Moix adquirió para mí cierta relevancia personal, particular, anterior a la trascendencia mediática a la que parecían destinados todos y cada uno de los gestos del biografiado. Fue unos años antes de la muerte del personaje. Un conocido periodista catalán me había citado en el Hotel Atlántico de Cádiz para sondear no sé si mi predisposición o mis aptitudes para colaborar regularmente con un periódico del grupo editorial para el que él trabajaba. Yo nunca me había visto en otra igual. Le llevé, por petición suya, un dosier con artículos míos publicados en la prensa andaluza y quedamos en que en unos días se concretaría el resultado de su gestión. Pasamos luego a otra cosa y, no sé por qué, este hombre terminó hablándome de Terenci –lo nombraba así, por el nombre de pila–, con quien le unía una gran amistad, y de su destructiva adicción al tabaco, que lo había convertido en un inválido. Sobre esto último aportó muchos y muy elocuentes detalles. Esto fue meses antes de que el escritor hiciera pública esa circunstancia y se prestara a ser filmado y entrevistado en su penoso estado. Mi interlocutor me hizo la confidencia en un tono de preocupación, que hacía extensiva a un amplio círculo de amigos e íntimos, lo que me dio una visión del autor catalán muy distinta a la que había tenido hasta entonces, que se reducía a su abrumadora presencia mediática.

El único resultado que puedo asociar a esa entrevista fue que, meses después, un fotógrafo catalán me llamó para hacerme un reportaje que tendría como escenario un bello y ruinoso caserón de la calle Beato Diego, en Cádiz, donde una joven pareja amiga del fotógrafo –a ella la conocía yo de mis tiempos de facultad– tenían alquilado un piso. La foto se publicó semanas después en el encarte central del suplemento dominical que ABC compartía entonces con el Periódico de Cataluña, y que en esa ocasión iba dedicado a poetas andaluces “de hoy” –la misma volátil especificación, por cierto, que completaba el título de la antología de cuentos en la que descubrí a Moix–. También, creo recordar, como resultado de ese contacto una novela mía llegó a manos de Ana María Moix, que entonces intentaba resucitar Ediciones B, lo que vino a sumar un tanto a la lista de empresas editoriales que se han hundido en vísperas de publicar o tomar en consideración un libro mío…

Y así se van entreverando las lecturas y la vida.

Imagen de portada: Retrato de Terenci Moix por Albert Pons.
José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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