Capítulo 13. González (2).
No hablaban de otra cosa. En las teles, en las radios. Los tertulianos a sueldo del poder alertaban, como siempre, extendiendo miedos que quizá hasta hoy carecían de fundamento. Daba siempre la impresión de que eran pirómanos contratados únicamente para esparcir incendios. En realidad, González estaba convencido de que esa era su función: para eso cobraban.
El tipo gordo, de las gafas de montura y corbata azul, con los cuellos de la camisa casi extendidos en horizontal hacia la solapa de la chaqueta, como era la moda, acusaba a ETA. Es el lobo, es el lobo, tanta insistencia en la misma cantinela conseguía el efecto contrario de que las ovejas no le hicieran ningún caso.
Luego aquella muchacha refinada, como salida de un convento. El plano medio de la tertulia nunca permitía ver sus piernas, ni su falda, pero González estaba seguro de que era plisada, un monumento al recato. Y, sin embargo, quién sabía si no llevaría ropa interior de encaje de Victoria’s Secret y, en los encuentros furtivos con alguno de los que le pagaban, liguero a juego y hasta látigo y botas. Ríete tú de las modosas. También Hitler tenía un regimiento de muchachas sanas y robustas, aprendizas de santa, dispuestas a entregarse a los recios guerreros de corazón de hierro para procrear hijos para la causa aria.
Y aquel otro, calvo, de dientes torcidos y gesto despectivo que parecía capaz de salpicar con su saliva más allá de la pantalla. Otro estómago agradecido que, sin duda, pagaba los estudios de sus hijos en el extranjero (suponiendo que tuviera hijos) o el sobresueldo necesario para mantener a queridas en áticos de lujo.
Todos estaban de acuerdo en una cosa: era intolerable. Una mujer indocumentada (los tres coincidían en llamarla una y otra vez “la individua”) no podía agredir de aquella manera a un hombre que acababa de ser declarado inocente de los pufos que se le imputaban. Estaba, sin duda, a sueldo del terrorismo internacional. Era, por supuesto, la prueba de que el movimiento indignado no era pacífico, sino que escondía en su manga el recurso a la violencia. Era, de nuevo coincidían los tres, un fallo de los servicios de seguridad: Trajano Roldán había confiado en los servicios de seguridad del estado y no en una escolta privada, y ahora lo había pagado sufriendo aquella agresión que le había costado un ojo y quién sabía qué otras secuelas.

Frente a los tres buitres, un muchachito solidario que intentaba, con voz queda, recordar que la agresora no tenía antecedentes penales y que, en todo caso, la reacción policial había sido inmediata. Aquel actor bocazas, retirado a la fuerza de las pantallas por su activismo político (y su poca capacidad histriónica, todo había que decirlo) en vano trataba de soltar boutades como que ahora el señor Trajano podría ponerse por fin el parche de pirata que revelaría lo que era y seguiría siendo.
Nadie, ninguno de los miembros de la tertulia, ni el presentador que normalmente tenía fama de ecuánime, indagaba en las causas del atentado. Así lo llamaban. Quizá eso era. Una mujer sin nada que perder, que lo había perdido ya todo, aislada, avergonzada, apartada del mundo y de la posibilidad de engancharse al mundo, había actuado sin pensar, en consecuencia.
Y, González lo tenía cada vez más claro, era eso justamente lo que había que hacer.
Actuar dejándose llevar por las tripas.
Actuar por impulso, pero controlando con la razón.
Pronto aparecerían datos comprometidos de aquella mujer que había terminado su gesto irreflexivo con un tiro descerrajado entre ceja y ceja. Se sabría de dónde venía, qué debía a los bancos, cuál era su filiación política. Y, si no había nada comprometedor, se inventaría.
González sabía que cuando los medios quieren sacar mierda, la encuentran o la inventan. Todo por vender unos productos. Todo por quedar bien con la maquinaria del estado.
Ni el muchachito solidario ni el actor bocazas, tras salir del plató, harían tampoco nada. Eran, a su modo, iguales que las otras tres barracudas que soltaban carnaza para morder hasta el fondo.
González, sin embargo, sabía que ya no se podía esperar más.
Había un camino.
Y no bastaría la punta de un bolígrafo en un ojo para configurarlo.

