Constance Dowling, la musa trágica de Pavese

Pocos se acordarían hoy de Constance Dowling (1920-1969) si su nombre no estuviera trágicamente ligado al del escritor italiano Cesare Pavese, que en 1950 se suicidó después de que la actriz norteamericana decidiera poner fin a la breve relación que ambos mantuvieron y regresar a su país. “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, el memorable verso que los albaceas literarios de Pavese convirtieron en título de su póstumo libro de poemas, se convirtió así en un triste emblema destinado a acompañar para siempre la imagen de una mujer cuyos intereses no pasaban, desde luego, por asumir el rol de musa trágica de un escritor suicida. “Se retiró del cine, tuvo hijos, / seguramente la olvidaron todos”, resumió el poeta español Antonio Jiménez Millán estos últimos años de la vida de la ya ex-actriz.

Constace Dowling junto a Cesare Pavese.

Constance Dowling junto a Cesare Pavese.

Se había casado con el productor de la última película en la que intervino, un modesto filme de ciencia ficción titulado Gog (1954), sobre un complejo experimental en el que opera un poderoso robot de cinco brazos que finalmente se volverá contra sus creadores. Algunas de las fotos que se conservan de la vida familiar de la actriz tras su abandono del cine la muestran jugando en el jardín de su casa con la maqueta de la siniestra criatura. Se da la curiosa ironía, por cierto, de que Gog es también el título de un conocido libro de otro italiano, el ultracatólico Giovanni Papini, quien dio ese nombre de raigambre bíblica a un extravagante millonario misántropo que recorre el mundo para conocer de primera mano a algunos personajes prominentes del siglo y constatar la inanidad de sus aspiraciones y logros: todo un alegato contra la modernidad, en el extremo opuesto del compromiso militante asumido por el comunista Pavese; con quien sí es posible que Papini compartiera, si no la opción ideológica, sí un parecido pesimismo vital. Y no deja de ser una curiosa coincidencia que el nombre de Constance Dowling aparezca de un modo u otro unido a estas posturas enfrentadas en un debate intelectual que apenas la concernía. Quizá ni siquiera tuvo tiempo de darse por enterada: murió de un infarto en 1969, a los cuarenta y nueve años de edad.

Era el punto final a una trayectoria que merece la pena rastrear por lo que revela de ese segundo plano en el que transcurrían las vidas y recorridos profesionales de tantos que aspiraron en vano al estrellato y apenas lograron rozarlo. Nacida en Nueva York, fue en los escenarios de Broadway donde la actriz –y también bailarina y cantante– se inició en el mundo de la interpretación. De ahí pasó a Hollywood, donde se estrenó haciendo un papel inane en Rumbo a Oriente (Up in Arms, 1944), la primera película también del entonces muy popular cómico.

La actriz con Danny Kaye en ‘Rumbo a Oriente’.

Ese mismo año intervino en una interesante adaptación cinematográfica de una comedia musical de Maxwell Anderson y Kurt Weill, Pierna de plata (Knickerbocker Holiday), donde tuvo ocasión de lucir ampliamente su fotogenia y cierta vis cómica, al servicio de una trama que trasladaba a la colonia holandesa de Nueva Ámsterdam –la que luego sería la ciudad de Nueva York– en el siglo XVII algunas preocupaciones contemporáneas sobre la corrupción de las clases dirigentes, las arbitrariedades del poder y la necesidad de la libertad de prensa: un ejercicio ligero de pedagogía democrática, a tono con el despliegue propagandístico que el cine de Hollywood estaba haciendo en apoyo del esfuerzo bélico de su país. También Rumbo a Oriente, por cierto, era una película de propaganda, aunque de orientación muy distinta: más que mostrar los elevados ideales que justificaban la intervención en la contienda, lo que hacía era banalizar cínicamente las crudas realidades de la guerra, hasta el punto de que en algunas de sus escenas cabe percibir hoy una especie de involuntario sarcasmo, resultado de la pura exageración: entre los suministros que se embarcan en la flota a punto de partir para Asia vemos cajas de puros y de caviar; y el cuerpo expedicionario incluye un hermoso plantel de bellas enfermeras que se solazan en traje de baño en las cubiertas de los barcos. A Danny Kaye le bastará con hacer un par de payasadas para rendir a toda una guarnición japonesa.

Dowling en una escena de ‘Ángel negro’.

Más entidad tenía el breve papel que Constance Dowling interpretó en Ángel negro (Black Angel, 1946), dirigida por el también malhadado –moriría de un infarto poco después– Roy William Neill: una cantante en horas bajas que ejerce de pupila de varios hombres, a alguno de los cuales chantajea, y cuyo asesinato, del que es culpado un inocente, desencadena la trama. La breve aparición de la actriz en las escenas iniciales bastará para que su presencia se haga sentir a lo largo de todo el metraje: de hecho, puede decirse que el argumento de la película consiste en cómo una modesta y recatada ama de casa, la mujer del falso culpable, se va metamorfoseando a lo largo de la misma en un personaje similar a la asesinada, hasta el punto de que el verdadero asesino acabará viendo en ella el rostro de su víctima.

Fue, sin duda, el mejor papel de Constance Dowling en el cine americano. Lo que no fue óbice para que en 1947 decidiera trasladarse a Italia en busca de mejores oportunidades. Huía también, quizá, del halo de escándalo que la rodeaba por la larga relación que había mantenido con el director Elia Kazan. En Italia, como haría luego Ingrid Bergman, puso rostro a mujeres de origen centroeuropeo o anglosajón que aportaban un punto de exotismo y desenvoltura –sexual, sobre todo– a las historias dramáticas en las que se veían implicadas. Tal fue el papel que interpretó, por ejemplo, en la hoy olvidadísima La città dolente (1949) de Mario Bonnard, sobre el drama que supuso la forzada cesión de la península de Istria, hasta entonces italiana, a la Yugoslavia de Tito tras la Segunda Guerra Mundial. Ni el marcado anticomunismo de la película ni las tristes circunstancias que evocaba –e ilustraba con elocuentes imágenes documentales– favorecieron que alcanzara, en el enrarecido clima político de la Italia de la inmediata posguerra, la estima que sin duda merecía. Todavía hoy puede constatarse que es una película de la que apenas se han ocupado la crítica y los historiadores; lo que no se entiende, porque lo primero que salta a la vista a cualquier espectador desprejuiciado es su excelente factura formal –la fotografía, por ejemplo, es del afamado Tonino Delli Colli; y en el guión intervino el propio Fellini–, así como la calidad de las interpretaciones.

Constance Dowling jugando con el robot de 'Gog'.

Constance Dowling jugando con el robot de ‘Gog’.

Entre ellas destaca la breve pero decisiva intervención de la Dowling –cuya hermana Doris, por cierto, también se haría ese mismo año un hueco en el cine italiano por su importante papel en Arroz amargo (Riso amaro) de Giuseppe de Santis– encarnando a una oficial de propaganda del ejército yugoslavo. Alojada en un apartamento contiguo al que ocupa el protagonista –un obrero italiano que, convencido de las bondades del comunismo, decide permanecer en la ciudad de Pola bajo la nueva administración–, se siente atraída por él, a la vez que se compadece de las duras condiciones en las que transcurre la vida de su familia. Por ello, consiente en tramitar un permiso de salida para que la mujer del obrero acuda a la ciudad italiana de Trieste en busca de tratamiento para su bebé enfermo; lo que dará ocasión para que, en una noche en la que los ocupantes celebran una fiesta, el italiano y la eslava terminen compartiendo lecho, en una hermosa y desoladora escena que refleja como pocas el desarraigo y el sentimiento de desorientación existencial que caracterizaba a tantos personajes del cine y la literatura de entonces. “¿Arrepentido?”, le preguntará ella al día siguiente, lo que dará ocasión a que él confiese sin ambages su decepción ante el nuevo estado de cosas. La agente comunista, consiguientemente, procederá a ordenar su “reeducación” –que no es otra cosa que el internamiento del disidente en un campo de trabajo–.

Aquí, de nuevo, como ocurría en Black Angel, acaba el papel de la actriz, reducido a una especie de sombra en la conciencia del protagonista. Es curioso que el escritor Pavese, enamorado de la Dowling, se empeñara en verla también de ese modo: como el rostro de una obsesión. Ya sabemos qué ocurrió cuando la actriz decidió volver a los Estados Unidos. Nadie es responsable, por supuesto, del lugar que ocupa en las fantasías de otro; aunque quién sabe si la opción final de Constance Dowling por la privacidad y el anonimato pudo ser, quizá, un intento de conjurar el malentendido que desde entonces pesa sobre ella.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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