Clara Obligado, la belleza de contar

Clara Obligado por Manuel Martín Morgado.

Debemos agradecer al silencio de la Pampa, a Borges y a su voracidad lectora —desde pequeña ha leído de todo, sin prejuicios— que hoy podamos disfrutar de esta escritora que se propuso buscar la belleza y la encontró en las palabras.

A Clara Obligado, la autora que arriesga en cada libro, porque «escribir sin arriesgar no parece interesante», le hubiera gustado escribir El Quijote, además de todos los libros que lee y le apasionan: según confiesa, padece una especie de travestismo literario incontrolable. De no haber sido escritora, hubiera querido ser jardinera, echadora de cartas o palmera. Y lo cierto es que no me extraña. La imagino regando jardines con el mismo amor, minuciosidad y honestidad con los que cuida las palabras que pueblan sus libros o ataviada con una túnica de colores y un velo con decenas de moneditas tintineantes, revelando un futuro, que no es más que la proyección de un presente del que es una aguda observadora. Si algún día tengo el placer de volver a coincidir con ella, le preguntaré por su vocación de palmera…

Vino a España huyendo de la dictadura argentina porque se iba o la mataban, como a tantos inocentes que yacen en el fondo del Atlántico o en el Río de la Plata. Y la combatió con lo que poseía: la palabra, instrumento contra el olvido, arma contra la infamia y el horror, consuelo para la nostalgia; una nostalgia como la de Edmund, el conde polaco del relato Porcelana incluido en su libro La muerte juega a los dados, al que le arrebataron, a la vez, la patria y la infancia. Palabras que compartía con los vecinos que le dieron calor en el Barrio de las Letras de Madrid, gente que sabía del exilio, interior, al que las condenó el franquismo, y que la acunó cuando solo era una extrajera que hablaba igual que ellos, pero con palabras que no significaban lo mismo; gente a la que, como a la protagonista de Lenguas vivas que forma parte de su libro Las otras vidas, todo le unía, excepto el idioma.

Esta madrileña bonaerense con aspecto de matrona dulce, bajo el que intuyo que se esconde un carácter recio y una poderosa voluntad de resistir a lo Scarlett O’hara, a veces, sueña que llega a una casa en la que no la dejan entrar, un lugar que no es sino el exilio del que tanto sabe y que tan bien ha reflejado en El libro de los viajes equivocados.

Afirma que si se quedara atrapada en un ascensor le gustaría que fuese con el hombre invisible. Lo siento por ella, porque no podría ver la cara de asombro que pondría el tipo si, para hacer más dulce la espera, le contara la historia de Teo, escondido de los nazis en el apartamento de Le Marais donde «una explosión de pajaritas furiosas que vuelan y se arremolinan en el aire encerrado, se golpean contra las paredes los picos como armas»; la de Lyuba, la que sueña con una cría de mamut atrapada en el hielo, la que clama venganza, pero encuentra piedad; la de la abuela Leonora que «vive separada de todos en su enorme habitación, un reino íntimo y seguro con sus propias leyes, una gran cómoda llena de recuerdos y cuadros en los que se repiten mariposas inquietantes» y la de tantos personajes a los que da vida en sus relatos.

Esta contorsionista de las palabras es uno de mis referentes literarios, alguien que siente que ser escritora es un privilegio, aunque, en verdad, los privilegiados somos quienes podemos disfrutar de esa forma mestiza de contar que encontró entre el silencio de la Pampa y el bullicio de Madrid.

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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